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– Tengo un desayuno de trabajo en la ciudad -gritó Keith desde el otro lado de la puerta cerrada.

– ¿Un domingo por la mañana?

– Era el único día en que él podía verme. Ese hombre ha venido especialmente en avión desde Brisbane.

– Pero íbamos a pasar el domingo navegando, ¿o es que también se te había olvidado eso?

– Claro que no lo había olvidado -contestó Keith, que salió del cuarto de baño-. Precisamente por eso acordé un desayuno de trabajo. Regresaré antes de que estés preparada para salir.

– ¿Como sucedió el domingo pasado?

– Eso fue diferente -intentó explicar Keith-. El Perth Monitor es un periódico dominical, y si voy a comprarlo, ¿de qué otra forma puedo descubrir cómo es si no estoy allí el día que sale?

– ¿De modo que lo has comprado? -preguntó Susan.

Keith se puso los pantalones y se volvió a mirarla tímidamente.

– Sí, hemos llegado a un acuerdo legal. Pero el periódico cuenta con un equipo directivo de primera clase, de modo que no habrá razones para que vaya a Perth con tanta frecuencia.

– ¿Y el personal editorial? -preguntó Susan mientras Keith se ponía una chaqueta deportiva-. Si éste sigue la misma pauta que todos los demás periódicos de los que te has apoderado, vivirás encima de ellos durante los seis primeros meses.

– No, las cosas no serán tan malas, te lo prometo -le aseguró Keith-. Tú procura estar preparada para marcharnos en cuanto regrese. -Se inclinó sobre ella y la besó en la mejilla-. No debería ser más de una hora, dos como máximo.

Cerró la puerta del dormitorio antes de que ella tuviera la oportunidad de hacer ningún otro comentario.

Una vez que Townsend se instaló en el asiento delantero del coche, el chófer hizo girar la llave de contacto.

– Dígame, Sam, ¿le incordia mucho su mujer por las horas que tiene que trabajar para mí?

– Sería muy difícil decirlo, señor, ya que últimamente ha dejado de hablarme.

– ¿Cuánto tiempo llevan casados?

– Once años.

Decidió no hacerle a Sam más preguntas sobre el matrimonio. Mientras el coche se dirigía a la ciudad, trató de apartar a Susan de sus pensamientos, y procuró concentrarse en la reunión que estaba a punto de celebrar con Alan Rutledge. No lo conocía, pero todos los que trabajaban en el mundo del periodismo conocían la fama de Rutledge como periodista ganador de premios, y como un hombre capaz de tumbar a cualquiera bebiendo. Para que la última idea de Townsend tuviera posibilidades de éxito necesitaba a alguien con la capacidad de Rutledge para hacerla despegar.

Sam giró por Elizabeth Street y se detuvo ante la entrada del Town House Hotel. Townsend sonrió al ver el Sunday Chronicle situado en lo alto de la estantería del quiosco de prensa, y recordó su artículo de fondo de esa mañana. Una vez más, el periódico les decía a sus lectores que había llegado el momento para que el señor Menzies abandonara el cargo y dejara paso a un hombre más joven y más en sintonía con las aspiraciones de los australianos modernos.

– Tardaré aproximadamente una hora. Dos como máximo -dijo Townsend al detenerse el coche junto a la acera.

Sam sonrió para sus adentros mientras su jefe bajaba del coche, empujaba las puertas giratorias de entrada al hotel y desaparecía en su interior.

Townsend cruzó rápidamente el vestíbulo y entró en la sala de desayunos. Miró a su alrededor y vio a Alan Rudedge sentado a solas en una mesa situada junto a la ventana. Fumaba un cigarrillo y leía el Sunday Chronicle.

Se levantó en cuanto Townsend se dirigió hacia la mesa. Se estrecharon la mano formalmente y Rutledge dejó el periódico a un lado.

– Veo que sigue llevando al Chronicle hacia la parte más baja del mercado -le dijo con una sonrisa. Townsend miró el titular: «Cabeza disecada encontrada en lo alto de un autobús de Sydney»-. Yo diría que no es un titular que siga la tradición de sir Somerset Kenwright.

– No -admitió Townsend-, pero tampoco lo son los beneficios. Ahora vendemos cien mil ejemplares diarios más de los que se vendían cuando él era el propietario, y los beneficios han aumentado en un 17 por ciento. -Levantó la mirada hacia la camarera que acababa de llegar-. Sólo café para mí, y quizá una tostada.

– Espero que no pensará pedirme que sea el próximo director del Chronicle -dijo Rudedge, que encendió otro cigarrillo marca Turf.

Townsend miró el cenicero que estaba sobre la mesa, y observó que éste era el cuarto que fumaba Rutledge desde que llegara a la mesa.

– No -dijo Townsend-. Bruce Kelly es el hombre adecuado para el Chronicle. Lo que tengo en mente para usted es algo mucho más apropiado.

– ¿Y qué sería eso? -preguntó Rudedge.

– Un periódico que ni siquiera existe todavía, excepto en mi imaginación -contestó Townsend-. Pero le necesito para que me ayude a crearlo.

– ¿Y en qué ciudad ha pensado para ello? -preguntó Rudedge-. La mayoría de ellas ya tienen demasiados periódicos, y en las que no los tienen se ha creado un monopolio virtual. Ningún ejemplo mejor de ello que Adelaida.

– No puedo estar en desacuerdo con eso -admitió Townsend mientras la camarera le servía una taza de café humeante-. Pero lo que este país no tiene por el momento es un periódico nacional para todos los australianos. Quiero crear un periódico que se llame Continent, que se venderá desde Sydney a Perth y en todas las ciudades intermedias. Quiero que sea el Times de Australia, y que todo el mundo lo considere como el periódico de mayor calidad de Australia. Y, lo que es más importante, quiero que sea usted su primer director.

Alan respiró profundamente y no dijo nada durante un rato.

– ¿Dónde tendría su sede? -preguntó al fin.

– En Canberra. Tiene que partir de la capital política, donde se toman las decisiones que afectan al país. Nuestra principal tarea será contratar a los mejores periodistas disponibles. Es ahí donde entra usted en juego, porque es mucho más probable que acepten participar si saben que va a ser usted el director.

– ¿En cuánto tiempo cree que se puede organizar todo? -preguntó Rudedge, que aplastó su quinto cigarrillo.

– Espero tenerlo en la calle dentro de seis meses -contestó Townsend.

– ¿Y qué tirada espera alcanzar? -preguntó Rutledge, que ya encendía un nuevo cigarrillo.

– Entre doscientos y doscientos cincuenta mil ejemplares durante el primer año, para aumentar a cuatrocientos mil.

– ¿Durante cuánto tiempo seguirá adelante con el proyecto en el caso de que no se alcancen esas cifras?

– Dos años, quizá tres. Pero mientras no pierda dinero, lo mantendré siempre.

– ¿Y en qué clase de salario ha pensado para mí? -preguntó Alan.

– Diez mil al año, junto con todos los extra habituales.

Una sonrisa apareció en el rostro de Rutledge, pero Townsend ya sabía que eso casi duplicaba lo que ganaba con su trabajo actual.

Una vez que Townsend hubo terminado de contestar a todas sus preguntas, y Rudedge hubo abierto otro paquete de cigarrillos, ya casi era la hora de pedir un almuerzo temprano. Cuando Townsend se levantó finalmente de la mesa y ambos se estrecharon nuevamente la mano, Rudedge le dijo que reflexionaría sobre su propuesta y le daría una contestación al final de la semana.

Durante el trayecto de regreso a Darling Point, Townsend se preguntó hasta qué punto le entusiasmaría a Susan la idea de que él viajara entre Sydney, Canberra, Adelaida y Perth cada siete días. No abrigaba muchas dudas acerca de cuál sería su reacción.

Al enfilar el coche el camino de entrada, pocos minutos antes de la una, lo primero que vio Keith fue a Susan que bajaba por él llevando un gran cesto en una mano, y una bolsa llena de ropa de playa en la otra.

– Cierra la puerta -fue todo lo que dijo al cruzarse con Keith, antes de seguir caminando hacia el coche.