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Al dirigirse hacia el mostrador de recepción por segunda vez, preguntó inmediatamente:

– ¿Por qué no me dijo que su tío estaba aquí?

– Porque no me lo preguntó -contestó la joven, sin molestarse en levantar la mirada de su labor de punto.

– Bien, ¿dónde está exactamente? -preguntó Townsend pronunciando lentamente las palabras.

– En su despacho.

– ¿Y dónde está su despacho?

– En el tercer piso.

– ¿De este mismo edificio?

– Desde luego -contestó ella mirándolo como si estuviera tratando con un estúpido.

Al no encontrar la menor señal de ascensor, Townsend subió la escalera hasta el tercer piso. Miró a uno y otro lado del pasillo, pero no encontró nada que le indicara dónde podría estar el despacho del señor Ampthill. Tuvo que llamar a varias puertas antes de que una voz le contestara.

– Pase.

Townsend empujó la puerta y se encontró con un hombre grueso y calvo, que llevaba una camiseta y tenía los pies apoyados sobre la mesa. Escuchaba los últimos minutos del partido que Townsend había seguido a primeras horas de la tarde. Se giró en redondo, miró a Townsend y le dijo:

– Siéntese, señor Townsend. Pero no diga nada todavía, porque sólo necesitamos otra carrera para ganar.

– Yo también apoyo a Nueva Gales del Sur -dijo Townsend.

Ben Ampthill sonrió cuando la siguiente bola fue golpeada. Sin mirar a Townsend, se inclinó hacia atrás y le tendió una botella de Resch's y un abridor.

– Un par de bolas más serán suficientes, y entonces estaré con usted -le dijo.

Ninguno de los dos dijo nada hasta que no se anotaron los tantos de las siete últimas carreras. Luego, el señor Ampthill se inclinó hacia adelante, levantó un puño al aire y exclamó:

– Eso será suficiente para asegurarnos la Ensaladera Sheffield. -Bajó los pies de la mesa, se giró, extendió una mano hacia él y añadió-: Soy Ben Ampthill.

– Keith Townsend.

– Sí, sé quién es usted -asintió Ampthill-. Mi esposa me llamó para decirme que había estado en la casa. Pensó que podría ser una especie de vendedor, con ese elegante traje y llevando corbata un domingo por la tarde.

Townsend hizo un esfuerzo por no echarse a reír.

– No, señor Ampthill, no soy…

– Llámeme Ben, como todo el mundo.

– No, Ben, no soy un vendedor. Soy un comprador.

– ¿Y qué espera usted comprar, joven?

– Su emisora de radio.

– No está a la venta, Keith. No, a menos que quiera en el lote un periódico local, un hotel sin ninguna estrella y un par de minas de carbón. Porque todo eso forma parte de la misma compañía.

– ¿Quién es propietario de la compañía? -preguntó Townsend-. Es posible que los accionistas puedan considerar…

– Sólo hay dos accionistas -explicó Ben-. Pearl y yo. De modo que aunque yo quisiera vender, tendría que convencerla a ella.

– Pero si es usted el propietario de la compañía… -Townsend vaciló un instante-, junto con su esposa, está en su mano el venderme la emisora de radio.

– Desde luego -asintió Ben-. Pero no voy a hacerlo. Si quiere usted la emisora, va a tener que comprarlo todo.

Después de tomar varias botellas más de Resch's y de otra hora de regateo, Townsend terminó por darse cuenta de que la sobrina de Ben no había heredado ningún gen de esta parte de la familia.

Cuando Townsend salió finalmente del despacho de Ben ya había oscurecido, y la recepcionista se había marchado. Se dejó caer en el asiento del coche y le dijo a Sam que lo llevara de nuevo a casa de los Ampthill.

– Y, a propósito -le comentó mientras hacía girar el coche-, tenía usted razón con respecto a las minas de carbón. Soy ahora el orgulloso propietario de dos de ellas, así como de un periódico local y un hotel. Pero lo más importante de todo es que soy propietario de una emisora de radio. El trato, sin embargo, no quedará ratificado hasta que no haya cenado con el otro accionista, sólo para estar seguros de que ella da su beneplácito.

A la una de la madrugada, al entrar en la casa, a Keith no le sorprendió encontrar dormida a Susan. Cerró en silencio la puerta del dormitorio y se dirigió a su despacho, en la planta baja, donde se sentó ante la mesa y empezó a tomar notas. No tardó mucho en preguntarse cuál sería la hora más temprana a la que podría llamar a su abogado. La estableció en las seis treinta y cinco, y ocupó el tiempo que le quedaba en tomar una ducha, cambiarse de ropa, preparar una maleta, desayunar algo y leer las primeras ediciones de los periódicos de Sydney, que le dejaban siempre a la puerta de su casa a las cinco de la mañana.

A las siete menos veinticinco salió de la cocina, regresó al despacho y marcó el número de la casa de su abogado. Una voz soñolienta contestó al teléfono.

– Buenos días, Clive. Me ha parecido conveniente informarle que acabo de comprar una mina de carbón. Dos, para ser más exactos.

– ¿Y por qué demonios ha hecho usted eso, Keith? -preguntó una voz ahora mucho más despierta.

Townsend tuvo que emplear otros cuarenta minutos para explicarle a qué había dedicado la tarde del día anterior y el precio acordado por la transacción. La pluma de Clive no dejaba de tomar notas en el bloc que tenía sobre la mesita de noche, que siempre estaba preparado por si acaso llamaba Townsend.

– Mi primera impresión es que todo parece indicar que el señor Ampthill ha hecho un buen negocio -dijo Clive una vez que su cliente dejó de hablar.

– Desde luego que sí -admitió Townsend-. Y si hubiera querido demostrarlo, también me habría podido tumbar con la bebida.

– Bien, le llamaré a lo largo de esta mañana para fijar una reunión, de modo que podamos darle sustancia a este acuerdo.

– No puedo hacerlo -dijo Townsend-. Debo tomar el primer vuelo a Nueva York si quiero que este acuerdo valga la pena. Tendrá usted que concertar los detalles con Ben Ampthill. No es la clase de hombre que deja de cumplir la palabra acordada.

– Pero voy a necesitar la información que usted me proporcione.

– Acabo de dársela -dijo Townsend-. Asegúrese de tener el contrato preparado para la firma en cuanto regrese.

– ¿Cuánto tiempo estará fuera? -preguntó Clive.

– Cuatro días. Cinco como máximo.

– ¿Cree que podrá conseguir todo lo que necesita en cinco días?

– Si no pudiera, tendré que dedicarme a la minería del carbón.

Una vez colgado el teléfono, Townsend regresó al dormitorio y tomó la maleta. Decidió no despertar a Susan; marcharse a Nueva York tan de improviso le exigiría muchas explicaciones. Le escribió una nota y se la dejó sobre la mesa del salón.

Al ver a Sam esperándole al final del sendero, Townsend no pudo evitar el pensar que él tampoco había dormido mucho aquella noche. Ya en el aeropuerto, le dijo que estaría de regreso en algún momento, a lo largo del viernes.

– No olvide que se casa el sábado, jefe.

– Ni siquiera yo podría olvidarme de eso -dijo Townsend-. No hay necesidad de preocuparse. Estaré de regreso por lo menos veinticuatro horas antes.

Ya en el avión, se quedó dormido momentos después de haberse abrochado el cinturón de seguridad. Al despertar, varias horas más tarde, ni siquiera recordaba adónde iba o por qué. Entonces, lo recordó todo. Él y su equipo de radio habían pasado varios días en Nueva York durante sus preparativos para presentar la oferta anterior para la franquicia de la red de radio, y ese año había efectuado otras tres visitas a la ciudad para llegar a acuerdos con redes y agencias estadounidenses que se habrían convertido inmediatamente en una programación en el caso de haber conseguido la franquicia. Ahora, pretendía aprovechar todo ese trabajo realizado previamente.

Un taxi le llevó desde el aeropuerto hasta el Pierre. A pesar de que estaban bajadas las cuatro ventanillas, Townsend ya se había quitado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa mucho antes de llegar al hotel.