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La recepcionista le dio la bienvenida como si hubiera hecho cincuenta viajes a Nueva York en ese año, y dio instrucciones a un mozo para que acompañara al señor Townsend a «su habitación habitual». Otra ducha, un nuevo cambio de ropa, un desayuno tardío y varias llamadas telefónicas fueron suficientes para que Townsend empezara a desplazarse por la ciudad, de un agente a otro, de una red de radio a otra, de un estudio a otro, en un intento por cerrar acuerdos durante los desayunos, almuerzos y cenas y, a veces, incluso a altas horas de la noche.

Cuatro días más tarde, había adquirido los derechos australianos para la mayoría de los mejores programas radiofónicos estadounidenses para la temporada, con opciones sobre ellos durante otros cuatro años. Firmó el último acuerdo apenas un par de horas antes de que su vuelo despegara de regreso a Sydney. Hizo la maleta, llena de ropa sucia, ya que no estaba de acuerdo en pagar facturas innecesarias de lavandería, y tomó un taxi al aeropuerto.

Una vez que despegó el avión se dedicó a redactar un artículo de quinientas palabras, a revisar sus párrafos y cambiar frases, hasta que quedó satisfecho con el resultado final para la primera página. Al aterrizar en Los Angeles, buscó el teléfono público más cercano y llamó a la oficina de Bruce Kelly. Le sorprendió no encontrar al director en su despacho. El subdirector le aseguró que todavía tenía tiempo para llegar a la edición final, y le dictó rápidamente el texto a una taquimecanógrafa. Mientras dictaba el artículo, se preguntó cuánto tiempo tardarían en llamarle por teléfono Hacker y Kenwright, rogándole llegar a un acuerdo, ahora que les había roto su querido cártel radiofónico.

Oyó su nombre, anunciado por los altavoces, y tuvo que correr para llegar a tiempo de tomar el avión, cuya puerta se cerró en cuanto él subió a bordo. Una vez instalado en su asiento, sus ojos no volvieron a abrirse hasta que el avión aterrizó en Sydney a la mañana siguiente.

Al llegar a la zona de recogida de equipaje, llamó a Clive Jervis mientras esperaba a que apareciera su maleta. Miró el reloj al escuchar la voz de Clive en el otro extremo de la línea.

– Espero no haberle sacado de la cama -le dijo.

– En absoluto, me estaba preparando para asistir a la boda -contestó el abogado.

Townsend ni siquiera le preguntó a qué boda se refería, ya que sólo le interesaba saber si Ampthill había firmado el contrato.

– Permítame decírselo antes de que me lo pregunte -empezó a informarle Clive-. Es usted ahora el orgulloso propietario del Wollongong Times, el Grand Hotel de Wollongong, dos minas de carbón y una emisora de radio conocida como la 2WW, que puede sintonizarse hasta Nowra por el sur y hasta las afueras meridionales de Sydney por el norte. Sólo espero que sepa en qué anda metido, Keith, porque yo no tengo ni la menor idea.

– Lea la primera página del Chronicle de esta mañana -le dijo Townsend-. Eso le permitirá comprenderlo.

– Nunca leo los periódicos el sábado por la mañana -dijo Clive-. Creo que tengo derecho a un día libre a la semana.

– Pero hoy es viernes -le recordó Townsend.

– Quizá sea viernes en Nueva York -replicó Clive-, pero le aseguro que aquí, en Sydney, es sábado. Me estoy preparando para verle en la iglesia dentro de una hora.

– Oh, Dios mío -exclamó Townsend.

Colgó el teléfono, echó a correr hasta la aduana sin preocuparse por recoger su maleta, y salió finalmente a la acera para encontrarse con Sam, que esperaba junto al coche, con aspecto ligeramente agitado. Townsend se metió de un salto en el asiento delantero.

– Creía que era viernes -dijo por toda explicación.

– No, señor, me temo que hoy es sábado -dijo Sam-. Y tiene usted previsto casarse dentro de cincuenta y seis minutos.

– Pero entonces no tengo tiempo de regresar a casa y cambiarme.

– No se preocupe -le tranquilizó Sam-. Heather se ha ocupado de dejarle todo lo que necesitará en el asiento de atrás.

Keith se volvió y encontró un montón de ropa, un par de gemelos de oro y un clavel rojo, todo perfectamente dispuesto para él. Se quitó rápidamente la chaqueta y empezó a desabrocharse los botones de la camisa.

– ¿Llegaremos a tiempo? -preguntó.

– Llegaremos a St. Peter cinco minutos antes de la hora prevista -contestó Sam, mientras Keith dejaba caer al suelo del asiento trasero la camisa del día anterior. Tras una pausa, el chófer añadió-: Siempre que no se produzca ningún atasco en el tráfico y encontremos en verde todos los semáforos.

– ¿De qué otra cosa debería preocuparme? -preguntó Keith haciendo un esfuerzo por introducir el brazo derecho en la manga de la camisa almidonada.

– Creo que entre Heather y Bruce se han ocupado de pensar en todo -le aseguró Sam.

Keith consiguió finalmente introducir el brazo por la manga correcta, y luego preguntó si Susan se daría cuenta de que acababa de regresar de viaje.

– No lo creo -contestó Sam-. Ha pasado los últimos días en casa de su hermana, en Kogarah, desde donde acudirá directamente a la iglesia. Ha llamado un par de veces esta mañana, pero le dije que estaba usted en la ducha.

– Me vendría bien una ducha.

– Habría tenido que llamarla por teléfono si no hubiera llegado usted en ese vuelo.

– Seguro, Sam. Esperemos que la novia llegue unos minutos tarde, como sucede tradicionalmente.

Keith se inclinó hacia atrás y tomó un par de pantalones grises a rayas, con los tirantes ya colocados, y que no se había puesto nunca.

Sam trató de ocultar un bostezo y Keith se volvió hacia él.

– ¿No me diga que ha estado esperándome en el aeropuerto durante las últimas veinticuatro horas?

– Treinta y seis horas, señor. Al fin y al cabo, dijo usted que regresaría en algún momento del viernes.

– Lo siento -dijo Keith-. Su esposa debe de estar muy enojada conmigo.

– A ella no le importa un pimiento, señor.

– ¿Por qué no? -preguntó Keith, mientras el coche tomaba una fuerte curva a noventa kilómetros por hora y él trataba de abotonarse los botones de la bragueta.

– Porque me dejó el mes pasado y ha iniciado los trámites del divorcio.

– Lo siento mucho -dijo Keith con voz serena.

– Oh, no se preocupe por eso, señor. En realidad, nunca estuvo de acuerdo con el estilo de vida que se ve obligado a llevar un chófer.

– ¿De modo que fue por culpa mía?

– Desde luego que no -contestó Sam-. Las cosas todavía estaban peor cuando yo conducía un taxi. No, la verdad es que yo disfruto con esta clase de trabajo, pero ella no puede soportar los horarios irregulares.

– ¿Y tardó once años en descubrirlo? -preguntó Keith, inclinándose hacia adelante para poder ponerse el frac gris.

– Creo que los dos lo sabíamos desde hacía algún tiempo -contestó Sam-. Pero al final ya no pude soportar sus recriminaciones acerca de estar segura de cuándo regresaría a casa.

– ¿No estar segura de cuándo regresaría a casa? -repitió Keith, que tuvo que sujetarse al tomar el coche otra curva cerrada.

– Sí. Ella seguía sin comprender por qué no terminaba yo mi trabajo a las cinco de la tarde, como un marido normal.

– Comprendo muy bien esa clase de problemas -asintió Keith-. No es usted el único que tiene que vivir con eso.

Ninguno de los dos dijo nada más durante el resto del trayecto. Sam se concentró en elegir el carril menos congestionado de tráfico que pudiera permitirle ganar unos pocos segundos, mientras Keith pensaba en Susan, al tiempo que se hacía la corbata por tercera vez.

Keith se sujetaba el clavel en el ojal de la solapa cuando desde el interior del coche se divisó ya el camino que conducía a la iglesia de St. Peter. Escuchó el sonido de las campanas, y la primera persona a la que vio, de pie en el centro del camino de acceso a la iglesia, mirando hacia el coche, fue a Bruce Kelly, que mostraba una expresión de indudable inquietud. Al reconocer el coche, la expresión de su cara cambió por completo y fue de alivio.