– Tal como le prometí, señor -dijo Sam, que redujo la marcha a tercera-. Hemos llegado con cinco minutos de antelación.
– O con once años que lamentar -dijo Keith con voz tranquila.
– ¿Cómo ha dicho, señor? -preguntó Sam, que ya apretaba el freno, reducía a segunda y aminoraba la marcha.
– Nada, Sam. Simplemente, me ha hecho usted caer en la cuenta de que éste es un juego que no estoy dispuesto a jugar. -Guardó un momento de silencio y justo antes de que el coche se detuviera del todo, ordenó-: No se detenga, Sam. Continúe conduciendo.
17
– Capitán Armstrong, le estoy muy agradecido por haber venido a verme tan rápidamente.
– No hay de qué, Julius. Cuando surgen problemas, nosotros, los judíos, debemos permanecer juntos -le aseguró Armstrong, que dio unas palmaditas sobre el hombro del editor-. Dígame en qué puedo ayudarle.
Julius Hahn se levantó y se puso a recorrer el despacho de un lado a otro, mientras informaba a Armstrong de toda la serie de desastres que habían afectado a su empresa durante los dos últimos meses. Armstrong le escuchó con atención. Hahn se sentó finalmente tras su mesa y preguntó:
– ¿Cree usted que puede hacer algo para ayudarme?
– Me gustaría, Julius. Pero como usted mismo conocerá mejor que nadie, los sectores estadounidense y ruso son dos mundos aparte.
– Me temía que ésa pudiera ser su respuesta -dijo Hahn-, pero Arno me ha comentado muchas veces que su influencia se extiende mucho más allá del sector británico. No habría considerado siquiera la idea de molestarle si mi situación no fuera tan desesperada.
– ¿Desesperada? -preguntó Armstrong.
– Me temo que ésa sea la única palabra adecuada para describirla -asintió Hahn-. Si los problemas continúan durante un mes más, algunos de mis clientes más antiguos perderán su confianza en mi capacidad para efectuar las entregas, y es posible que me vea obligado a cerrar uno, o quizá incluso dos de mis talleres.
– No sabía que las cosas estuvieran tan mal -dijo Armstrong.
– Están peor. Aunque no puedo demostrarlo, tengo la sensación de que quien está detrás de todo esto es el capitán Sackville. Como sabe, nunca nos hemos llevado demasiado bien. -Hahn hizo una pausa, antes de preguntar-: ¿Cree usted que se trata, simplemente, de antisemitismo?
– No se me habría ocurrido mirarlo de ese modo -dijo Armstrong-. Pero la verdad es que no le conozco tan bien. Veré si puedo utilizar a algunos de mis contactos para descubrir si se puede hacer algo por ayudarle.
– Es muy amable por su parte, capitán Armstrong. Si pudiera usted ayudar, le estaría eternamente agradecido.
– Estoy seguro de que así sería, Julius.
Armstrong abandonó el despacho de Hahn y ordenó a su chófer que lo llevara al sector francés, donde intercambió una docena de botellas de Johnnie Walker etiqueta negra, por una caja de clarete que ni siquiera el mariscal de campo Auchinleck había probado en su reciente visita.
De regreso al sector británico, Armstrong decidió pasar a ver a Arno Schultz y tratar de descubrir si Hahn le decía toda la verdad. Al llegar al Telegraf se sorprendió al ver que Arno no estaba en su despacho. Su ayudante, cuyo nombre nunca lograba recordar, explicó que el señor Schultz había obtenido un permiso de veinticuatro horas para visitar a su hermano en el sector ruso. Armstrong ni siquiera sabía que Arno tuviera un hermano.
– Ah, capitán Armstrong -dijo el ayudante-, le complacerá saber que anoche tuvimos que imprimir de nuevo cuatrocientos mil ejemplares.
Armstrong asintió con un gesto y salió, convencido de que todo empezaba a encajar. Hahn tendría que estar de acuerdo con sus condiciones dentro de un mes, si esperaba mantenerse en el negocio. Comprobó su reloj y le ordenó a Benson que le dejara en el despacho del capitán Hallet. Al llegar, dejó la caja de doce botellas de clarete sobre la mesa de Hallet, antes de que el capitán tuviera la oportunidad de decir nada.
– No sé cómo lo consigue -dijo Hallet, que abrió el cajón superior de su mesa y extrajo un documento de aspecto oficial.
– Zapatero a tus zapatos -dijo Armstrong, por utilizar un tópico que le había oído decir al coronel Oakshott el día anterior.
Durante la hora siguiente, Hallet explicó a Armstrong todas y cada una de las cláusulas del borrador del contrato, hasta que estuvo seguro de que él comprendía por completo las implicaciones, y de que todo concordaba con sus exigencias.
– Y si Hahn está de acuerdo en firmar este documento -dijo Armstrong una vez que llegaron al último párrafo-, ¿puedo estar seguro de que será apoyado en un tribunal inglés?
– De eso no cabe la menor duda -contestó Stephen.
– ¿Y por lo que se refiere a Alemania?
– Puede decirse lo mismo. Le puedo asegurar que es absolutamente estanco, aunque me sigue extrañando… -el abogado vaciló un momento antes de continuar-, por qué querría Hahn cambiar una parte tan sustancial de su imperio a cambio del Telegraf.
– Digamos que, de ese modo, yo también podría cumplir una o dos de sus exigencias -dijo Armstrong, que colocó una mano sobre la caja de clarete.
– Así lo espero -dijo Hallet, que se levantó de su silla-. Y a propósito, Dick, mi documentación de desmovilización ha llegado finalmente. Espero regresar pronto a casa.
– Felicidades, compañero -dijo Armstrong-. Eso son noticias maravillosas.
– Sí, ¿verdad? Y, naturalmente, si alguna vez necesita de un abogado cuando regrese a Inglaterra…
En cuanto llegó a su oficina, veinte minutos más tarde, Sally le advirtió que en su despacho esperaba una visita que afirmaba ser un buen amigo, a pesar de que ella no le había visto antes.
Armstrong abrió la puerta y se encontró con Max Sackville, que recorría la estancia de un lado a otro, impaciente.
– La apuesta queda anulada, compañero -fue lo primero que le dijo.
– ¿Qué significa eso de «anulada»? -preguntó Armstrong, que introdujo el contrato en el cajón superior de su mesa y cerró con llave.
– Lo que he dicho… Anulada. Acaba de llegar mi documentación. Me envían de regreso a Carolina del Norte a finales de este mes. ¿No es una gran noticia?
– Desde luego que lo es -asintió Armstrong-, porque una vez que se marche usted, Hahn logrará sobrevivir, y entonces yo cobraré mil dólares.
Sackville lo miró fijamente.
– No le haría mantener las condiciones de una apuesta a un viejo amigo cuando han cambiado las circunstancias, ¿verdad?
– Desde luego que lo haría, compañero -afirmó Armstrong-. Y, lo que es más importante, si intenta escaquearse, a estas horas de mañana lo sabrá todo el mundo en el sector estadounidense. -Armstrong se sentó ante su mesa y observó las pequeñas gotas de sudor que aparecieron en la frente de Sackville. Esperó un momento más, antes de añadir-: Le diré lo que podemos hacer, Max. Me conformaré con setecientos cincuenta dólares, pero sólo si me los paga hoy mismo.
Transcurrió casi un minuto antes de qué Max empezara a humedecerse los labios.
– No hay ninguna esperanza -dijo-. Podré acabar con Hahn antes de finales de mes. Sólo tendré que acelerar las cosas un poco…, compañero.
Salió precipitadamente del despacho y dejó a Armstrong convencido de que podría acabar con Hahn él mismo. Quizá había llegado el momento de echarle una mano. Tomó el teléfono y le dijo a Sally que no quería que nadie lo molestara durante por lo menos una hora.
Una vez que hubo terminado de mecanografiar los dos artículos con un solo dedo, los repasó cuidadosamente antes de introducir algunos pequeños cambios en los textos. Introdujo la primera hoja de papel en un sobre sin membrete y lo cerró. Tomó el teléfono y le pidió a Sally que llamara a su chófer. Benson escuchó con atención, mientras el capitán le dijo lo que quería que hiciese; después le pidió que repitiera sus órdenes, para asegurarse de que no había malinterpretado nada, sobre todo aquella parte en que le pedía que se vistiera de civil.