– Y no debe hablar de esta conversación con ninguna otra persona, Reg, y quiero decir absolutamente con ninguna. ¿Me he explicado con bastante claridad?
– Sí, señor -asintió Benson.
Tomó el sobre, saludó y salió del despacho.
Armstrong sonrió, apretó el intercomunicador de su teléfono y le pidió a Sally que le trajera la correspondencia. Sabía que la primera edición del Telegraf no estaría a la venta en la estación hasta poco después de la medianoche. Ningún ejemplar llegaría a los sectores estadounidense o ruso hasta por lo menos una hora después. Era vital que la sincronización del tiempo fuera perfecta.
Estuvo en su despacho durante todo el resto del día, comprobando las últimas cifras de distribución que le presentó el teniente Wakeham. También llamó al coronel Oakshott y le leyó el artículo propuesto. El coronel no vio razón alguna para cambiar ni una sola palabra y estuvo de acuerdo en que se publicara en la primera página del Telegraf de la mañana siguiente.
A las seis de la tarde, el soldado Benson, vestido nuevamente de uniforme, llevó a Armstrong a su piso, donde pasó una noche relajada con Charlotte. Ella pareció sorprendida y encantada al ver que regresaba tan pronto a casa. Después de acostar a David, cenaron juntos. Él tomó hasta tres platos de su cocido favorito, y Charlotte decidió no comentarle que quizá estaba engordando un poco.
Poco después de las once, Charlotte sugirió que era hora de acostarse. Dick estuvo de acuerdo, pero dijo:
– Saldré un momento a comprar la primera edición del periódico. Sólo tardaré unos minutos.
Comprobó su reloj. Eran las 11,50. Salió a la calle y se dirigió lentamente hacia la estación, adonde llegó pocos minutos después de que se hubiera tenido que entregar la primera edición del Telegraf.
Comprobó de nuevo su reloj; eran casi las doce. Llegaban con retraso. Pero quizá eso no fuera más que una consecuencia del desplazamiento de Arno al sector ruso para visitar a su hermano. Sólo tuvo que esperar unos pocos minutos más para ver la familiar camioneta roja que doblaba la esquina y se detenía ante la entrada de la estación. Se ocultó entre las sombras, por detrás de una gran columna y vio como un gran fardo de periódicos caía con un golpe sordo sobre la acera, antes de que la camioneta se dirigiera hacia el sector ruso.
Un hombre salió de la estación y se inclinó para desatar la cuerda en el momento en que Armstrong salió de entre las sombras y se dirigió hacia él. Al verlo, el hombre lo reconoció, hizo un gesto de asentimiento y le entregó el ejemplar de la parte superior del fardo.
Armstrong leyó rápidamente el artículo de la primera página, para asegurarse de que no habían cambiado una sola palabra. No, no lo habían hecho. Todo estaba tal y como él mismo lo había mecanografiado, incluso el titular.
Distinguido editor se enfrenta
a la bancarrota
Julius Hahn, presidente de la famosa editorial de su mismo nombre, se vio sometido anoche a una creciente presión para ofrecer una declaración pública referente al futuro de su empresa.
Su principal periódico, Der Berliner, no ha aparecido en las calles de la capital durante los seis últimos días y, según se dice, algunas de sus revistas se publican con varias semanas de retraso. Uno de los principales distribuidores dijo anoche: «Ya no podemos confiar en que las publicaciones de Hahn estén en la calle de un día para otro, y nos vemos obligados a considerar otras alternativas».
No se pudo encontrar a Herr Hahn, que pasó el día reunido con sus abogados y contables, para que hiciera algún comentario, pero un portavoz de la empresa admitió que no alcanzarían las previsiones proyectadas para el presente año. Finalmente contactado anoche, Herr Hahn se negó a hablar oficialmente acerca del futuro de la empresa.
Armstrong sonrió y comprobó su reloj. La segunda edición estaría a punto de salir de la imprenta, pero todavía no estaría preparada para ser distribuida por las camionetas que regresaban. Se dirigió lentamente hacia el Telegraf, adonde llegó diecisiete minutos más tarde. Entró y pidió a gritos ver inmediatamente en el despacho de Herr Schultz a quien estuviera a cargo. Un hombre, al que Armstrong no habría reconocido aunque se lo cruzara en la calle, se apresuró a reunirse con él.
– ¿Quién es el responsable de esto? -le gritó Armstrong al tiempo que arrojaba un ejemplar de la primera edición del periódico sobre la mesa.
– Fue usted -le contestó el subdirector, sorprendido.
– ¿Qué quiere decir con que fui yo? -preguntó Armstrong-. Yo no he tenido nada que ver con esto.
– Pero el artículo nos fue enviado directamente desde su oficina, señor.
– No, yo no lo envié -dijo Armstrong.
– Pero el hombre dijo que usted le había dado órdenes de entregarlo personalmente.
– ¿Qué hombre? ¿Lo había visto usted antes? -preguntó Armstrong.
– No, señor, pero me aseguró que llegaba directamente desde su oficina.
– ¿Cómo iba vestido?
El subdirector guardó silencio durante un momento.
– Creo recordar que llevaba un traje gris, señor -contestó finalmente.
– Cualquiera que trabajara para mí habría llevado uniforme -dijo Armstrong.
– Lo sé, señor, pero…
– ¿Le dio su nombre? ¿Le mostró alguna tarjeta de identificación que demostrara su autoridad?
– No, señor, no lo hizo. Yo sólo supuse…
– ¿Que usted «sólo supuso»? ¿Por qué no tomó el teléfono y comprobó que yo había autorizado la publicación de ese artículo?
– No me di cuenta de que…
– Santo cielo. Una vez que leyó el artículo, ¿no consideró preguntar si debía editarse?
– Nadie lee su trabajo antes de editarlo, señor -contestó el subdirector-. Va directamente a la imprenta.
– ¿Nunca ha comprobado usted los contenidos?
– No, señor -contestó el subdirector, ahora con la cabeza agachada.
– ¿De modo que no hay ningún responsable de esto?
– No, señor -contestó el subdirector, tembloroso.
– En ese caso está usted despedido -gritó Armstrong, mirándolo fijamente-. Quiero que salga inmediatamente de aquí. Inmediatamente, ¿me ha comprendido? -El subdirector pareció disponerse a protestar, pero Armstrong aulló-: Si no ha retirado sus objetos personales de su despacho dentro de quince minutos, llamaré a la policía militar.
El subdirector salió del despacho, arrastrando los pies, y sin decir una sola palabra más.
Armstrong sonrió, se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de la silla de Arno. Comprobó su reloj. Estaba seguro de que ya había transcurrido tiempo más que suficiente. Se subió las mangas de la camisa, salió del despacho y apretó un botón rojo que había en la pared. Todas las máquinas de imprimir se detuvieron pesadamente.
Una vez que estuvo seguro de contar con la atención de todos, empezó a ladrar una serie de órdenes.
– Que los conductores salgan a la calle y recuperen todos los ejemplares de la primera edición que puedan encontrar.
El director de transporte salió corriendo hacia el patio y Armstrong se volvió hacia su impresor jefe.
– Quiero que se saque ese artículo sobre Hahn y se incluya este en su lugar -dijo.