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– Eso solucionaría todos mis problemas -contestó Hahn con un profundo suspiro. Pero aún mantenía la expresión dubitativa-. Si pudieran enviarlo a su casa…

– A finales de mes -repitió Armstrong-. No obstante, Julius, eso va a exigir forzar mucho las cosas en los niveles más altos, por no hablar de…

– Cualquier cosa, estaría dispuesto a hacer cualquier cosa. Sólo tiene que decirme lo que desea.

Armstrong sacó el contrato del bolsillo interior, lo dejó sobre la mesa y lo empujó suavemente hacia él.

– Usted firme esto, Julius, y yo me ocuparé de que Sackville sea enviado de regreso a Estados Unidos.

Hahn leyó el documento de cuatro páginas, primero rápidamente y luego con mayor lentitud, hasta que finalmente lo dejó sobre la mesa, delante de él. Luego levantó la mirada y dijo con voz sosegada:

– Veamos si comprendo bien las consecuencias de este acuerdo en el caso de que lo firme. -Hizo una nueva pausa y tomó otra vez el contrato-. Recibiría usted los derechos de distribución en el extranjero de todas mis publicaciones.

– Así es -contestó Armstrong en voz baja.

– Supongo que por eso se refiere a Inglaterra… -Vaciló antes de añadir-: Y la Commonwealth.

– No, Julius. Me refiero al resto del mundo.

Hahn comprobó de nuevo el contrato. Al llegar a la cláusula donde se especificaba, asintió con gesto serio.

– A cambio de lo cual yo recibiría el cincuenta por ciento de los beneficios.

– Así es -asintió Armstrong-. Después de todo, Julius, fue usted mismo quien me dijo que buscaba a una empresa británica que le representara una vez que terminara su contrato actual.

– Cierto, pero en aquellos momentos no sabía que actuaba usted en el negocio editorial.

– He trabajado en esto durante toda mi vida -dijo Armstrong-. Y una vez que me desmovilicen regresaré a Inglaterra para hacerme cargo del negocio de la familia.

Hahn lo miró, confundido.

– Y a cambio de estos derechos -continuó-, me convertiría en el único propietario del Telegraf. -Hizo una nueva pausa-. Tampoco sabía que era usted el propietario de ese periódico.

– Tampoco lo sabe Arno, de modo que debo pedirle que tome esa información como algo estrictamente confidencial. Tuve que pagar por sus acciones bastante más de lo que valían en el mercado.

Hahn asintió con un gesto, y luego frunció el ceño.

– Pero si yo firmara este documento, sería usted millonario.

– Y si no lo firma -le recordó Armstrong-, podría terminar en la bancarrota antes de finales de mes.

Ambos hombres se miraron fijamente durante un rato.

– Es evidente que ha reflexionado usted mucho sobre mi problema, capitán Armstrong -dijo finalmente Hahn.

– Sólo pensando en lo que son sus mejores intereses -asintió Armstrong. Hahn no hizo ningún comentario, de modo que añadió-: Permítame demostrarle mi buena voluntad, Julius. No quisiera que firmara usted ese documento si el capitán Sackville todavía se encuentra en el país el primer día del mes que viene. Pero si para entonces ha sido sustituido, espero que lo firme usted ese mismo día. Por el momento, Julius, un apretón de manos entre los dos será suficiente para mí.

Hahn guardó silencio durante unos segundos más.

– No puedo argumentar nada en contra de eso -dijo finalmente-. Si ese hombre ha salido del país para finales de mes, firmaré el contrato en su favor.

Los dos hombres se levantaron y se estrecharon la mano solemnemente.

– Y ahora, será mejor que me marche -dijo Armstrong-. Todavía tengo que entrevistarme con una serie de personas y ocuparme de mucho papeleo si quiero asegurarme de que Sackville sea enviado a Estados Unidos en el término de tres semanas.

Hahn se limitó a asentir con un gesto.

Armstrong despidió a su chófer y recorrió a pie las nueve manzanas que le separaban de las oficinas de Max, para asistir a su habitual sesión de póquer de los viernes por la noche. El aire frío le aclaró la cabeza y al llegar ya estaba dispuesto para poner en marcha la segunda parte de su plan.

Max limpiaba la mesa con gestos de impaciencia.

– Sírvase una cerveza, compañero -le dijo en cuanto Armstrong se hubo sentado ante la mesa-, porque esta noche, amigo mío, va a perder.

Dos horas más tarde, Armstrong había ganado unos ochenta dólares y Max no se había relamido los labios en una sola ocasión durante toda la noche. Tomó un largo trago de cerveza mientras Dick barajaba las cartas.

– No me ayuda nada el pensar que si Hahn sigue en el negocio a finales de mes, le deberé otros mil dólares, lo que será suficiente para dejarme pelado.

– Por el momento, debo admitir que tengo todas las posibilidades de ganar la apuesta. -Armstrong hizo una pausa tras entregarle a Max la primera carta-. Sin embargo, hay circunstancias en las que podría estar de acuerdo en renunciar a la apuesta.

– Sólo tiene que decirme lo que debo hacer -dijo Max, con las cartas boca arriba, sobre la mesa. Armstrong fingió concentrarse en su mano y no dijo nada-. Cualquier cosa, Dick. Haría cualquier cosa…, excepto matar a ese condenado kraut.

– ¿Qué le parece si le permitimos vivir de nuevo?

– No estoy seguro de comprenderle.

Armstrong colocó la mano sobre la mesa y miró fijamente al estadounidense.

– Quiero que se asegure de que Hahn reciba toda la electricidad que necesita, todo el papel que pida, y que encuentre una mano amiga cada vez que se ponga en contacto con su oficina.

– Pero ¿por qué este repentino cambio de intenciones? -preguntó Max con recelo.

– En realidad, es bastante sencillo, Max. Lo que sucede es que me he estado cubriendo las espaldas con algunos primos del sector británico. He apoyado la apuesta de que Hahn estará todavía en el negocio dentro de un mes, de tal modo que si ahora lo invirtiera usted todo, yo ganaría bastante más que los mil dólares que le tendría que pagar a usted.

– Viejo y astuto bastardo -exclamó Max, relamiéndose los labios por primera vez aquella noche-. Acaba de cerrar un trato, compañero.

Y tras decir esto extendió su mano sobre la mesa. Armstrong se la estrechó y cerró con ello el segundo acuerdo al que llegaba en ese mismo día.

Tres semanas más tarde, el capitán Max Sackville subía a un avión con destino a Carolina del Norte. No tuvo que pagarle a Armstrong más que los pocos dólares que perdió en la última partida de póquer. El primero de mes fue sustituido por el mayor Bernie Goodman.

Aquella tarde, Armstrong se dirigió al sector estadounidense para entrevistarse con Julius Hahn, que le entregó el contrato firmado.

– No sé cómo lo ha podido conseguir -dijo Hahn-, pero debo admitir que las palabras surgidas de sus labios parecieron llegar a oídos de Dios.

Se estrecharon las manos.

– Espero mantener una prolongada y fructífera asociación con usted -fueron las últimas palabras de Armstrong antes de despedirse.

Hahn no hizo ningún comentario.

A primeras horas de la noche, al llegar al piso, le dijo a Charlotte que su documentación de desmovilización había llegado finalmente y que se marcharían de Berlín antes de que terminara el mes. También le hizo saber que se le habían ofrecido los derechos para representar la distribución de todas las publicaciones de Julius Hahn en el extranjero, lo que significaría que tendría trabajo desde el mismo instante en que descendieran del avión, en Londres. Empezó a recorrer la estancia, barbotando una idea tras otra, pero Charlotte no se quejó esta vez, de tan feliz como se sentía ante la idea de salir de Berlín. Cuando finalmente él dejó de hablar, ella lo miró y le dijo:

– Siéntate, Dick, porque yo también tengo una noticia que darte.

Armstrong les prometió al teniente Wakeham, al soldado Benson y a Sally que podían estar seguros de contar con un trabajo si se decidían a abandonar el ejército, y todos ellos le dijeron que se pondrían en contacto con él en cuanto les llegara su documentación de desmovilización.