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– Dick, ha hecho usted un trabajo magnífico para nosotros, aquí, en Berlín -le dijo el coronel Oakshott-. En realidad, no sé cómo voy a poder sustituirle. De todos modos y tras su brillante sugerencia de fusionar el Telegraf y el Berliner, hasta es posible que no haya necesidad de sustituirle.

– Me pareció la solución más evidente -dijo Armstrong-. Permítame añadir, señor, que he disfrutado mucho formando parte de su equipo.

– Es muy amable al decirlo, Dick -agradeció el coronel. Bajó el tono de voz y añadió-: Dentro de poco, yo también voy a ser desmovilizado. Una vez que regrese usted a la vida civil, póngase en contacto conmigo si se entera de algo adecuado para un viejo soldado.

Armstrong no se molestó en visitar a Arno Schultz para despedirse, pero Sally le dijo que Hahn le había ofrecido el puesto de director del nuevo periódico.

La última visita de Armstrong antes de entregar su uniforme en el almacén de suministros, fue para acudir a la oficina del mayor Tulpanov, en el sector ruso, y en esta ocasión el hombre del KGB sí que le invitó a almorzar con él.

– Lubji, ha sido un verdadero placer observar su golpe de mano con Hahn -dijo Tulpanov, indicándole una silla-, aunque sólo sea desde la distancia.

Un ordenanza les sirvió vodka y el ruso levantó su copa al aire.

– Gracias -dijo Armstrong, devolviéndole el cumplido-. Y no en menor medida por el papel que jugó usted en ello.

– Insignificante -dijo Tulpanov, tras dejar la copa vacía sobre la mesa-. Pero es posible que no siempre sea así, Lubji. -Armstrong enarcó una ceja, con expresión interrogativa-. Es posible que se haya asegurado los derechos de distribución en el extranjero de la mayor parte de la investigación científica alemana, pero todo eso no tardará mucho en quedar desfasado, y entonces necesitará del último material ruso…, siempre y cuando quiera mantenerse en la vanguardia del juego, claro.

– ¿Y qué esperaría usted a cambio? -preguntó Armstrong llevándose a la boca otra cucharada de caviar.

– Por el momento, Lubji, dejemos las cosas como están y digamos que ya me pondré en contacto con usted de vez en cuando.

18

La voz desde el espacio: «Cómo lo hice». Gagarin le habla a Jruschev de la Tierra azul

Heather dejó una taza de café delante de él. Townsend ya lamentaba haber concedido la entrevista, especialmente a una periodista en prácticas. Su regla de oro consistía en no permitir nunca que un periodista hablara oficialmente con él. A algunos propietarios les encantaba leer cosas sobre sí mismos en sus propios periódicos. Townsend no se contaba entre ellos, pero cuando Bruce Kelly le presionó, en un momento en que le pilló con la guardia baja, consintió de mala gana al oírle decir que sería conveniente para el periódico, y bueno para su propia imagen.

Aquella mañana estuvo a punto de cancelar la entrevista en dos o tres ocasiones, pero una serie de llamadas telefónicas y reuniones le impidieron encontrar el momento para hacerlo. Y entonces entró Heather para decirle que la joven periodista la esperaba en el vestíbulo.

– ¿Quiere que la haga pasar? -preguntó Heather.

– Sí -contestó tras consultar su reloj-, pero no quiero que sea muy largo. Hay varias cosas que necesito repasar con usted antes de la reunión del consejo de mañana.

– Entraré en su despacho al cabo de quince minutos y le diré que tiene al teléfono una llamada transcontinental.

– Buena idea -asintió-. Pero diga que es de Nueva York. Por alguna razón, eso hace que la gente siempre se marche antes. Y si se ve en una situación desesperada, utilice el método de Andrew Blacker.

Heather asintió con un gesto y abandonó el despacho, mientras Townsend revisaba con el dedo los puntos del día para la reunión del consejo de administración. Se detuvo en el punto siete. Necesitaba ser mejor informado sobre el West Riding Group si quería convencer al consejo de administración de que debían apoyarle en sus contactos con el grupo. Aunque le dieran el visto bueno para seguir adelante, una vez en Inglaterra aún tendría que ocuparse de llegar a acuerdos con ellos. De hecho, tendría que viajar directamente a Leeds si creía que valía la pena seguir el asunto.

– Buenos días, señor Townsend. -Keith levantó la mirada pero no dijo nada-. Su secretaria me advirtió que está usted muy ocupado, así que procuraré no hacerle perder demasiado tiempo -agregó ella con rapidez. Él siguió sin decir nada-. Soy Kate Tulloh, periodista del Chronicle.

Keith se levantó, rodeó la mesa, estrechó la mano de la joven periodista y la hizo sentarse en un cómodo sillón, habitualmente reservado para los miembros del consejo, editores o aquellas personas con las que esperaba llegar a acuerdos importantes. Una vez que se hubo acomodado, se sentó en el sillón situado frente a ella.

– ¿Desde cuándo trabaja para la empresa? -le preguntó mientras ella sacaba un cuaderno de taquigrafía y un lápiz del bolso.

– Sólo desde hace unos pocos meses, señor Townsend -contestó después de cruzar las piernas-. Entré a trabajar en el Chronicle como periodista en prácticas una vez terminados mis estudios universitarios. La entrevista con usted es mi primera tarea importante.

Keith se sintió viejo por primera vez en su vida, a pesar de que recientemente había cumplido los treinta y tres años.

– ¿De dónde le viene el acento? -le preguntó-. No acabo de situarlo.

– Nací en Budapest, pero mis padres huyeron de Hungría durante la revolución. El único barco que pudimos tomar se dirigía a Australia.

– Mi abuelo también tuvo que huir a Australia -dijo Keith.

– ¿Debido a una revolución? -preguntó ella.

– No. Era escocés, y sólo deseaba alejarse todo lo posible de los ingleses. -Kate se echó a reír-. Recientemente obtuvo usted un premio para escritores jóvenes, ¿verdad? -preguntó, tratando de recordar el breve informe que le había presentado Heather previamente.

– Sí. Bruce entregó los premios el año pasado, y ésa fue la razón por la que terminé trabajando para el Chronicle.

– ¿A qué se dedica su padre?

– En Hungría era arquitecto, pero aquí sólo ha podido encontrar trabajos esporádicos y un tanto extraños para su formación. El gobierno se niega a reconocer sus calificaciones, y los sindicatos tampoco se han mostrado muy comprensivos.

– Tampoco a mí me caen bien -comentó Keith-. ¿Y qué me dice de su madre?

– Siento mucho parecer descortés, señor Townsend, pero creía que sería yo quien le hiciera la entrevista.

– Sí, desde luego -asintió Keith-. Adelante.

Miró fijamente a la joven, sin darse cuenta de lo nerviosa que la ponía por ello. Nunca había visto a una mujer más cautivadora. Tenía un cabello largo y moreno que le caía sobre los hombros, un rostro perfectamente ovalado que todavía no se había visto estropeado por el sol australiano. Sospechaba que el sencillo traje bien cortado de color azul marino que llevaba era algo más formal de lo que normalmente se pondría. Pero, probablemente, eso se debía a que había acudido para hacerle una entrevista a su jefe. Ella cruzó de nuevo las piernas y la falda se le levantó ligeramente. Keith hizo esfuerzos por no bajar la mirada.

– ¿Quiere que le repita la pregunta, señor Townsend?

– Ah…, disculpe.

Heather entró poco después y se sorprendió al verlos sentados en el rincón del despacho normalmente reservado para los directores.

– Tiene una llamada telefónica por la línea uno. Es de Nueva York -le dijo-. El señor Lazar. Necesita hablar con usted sobre una contraoferta que acaba de recibir del Canal 7 para uno de los programas de la temporada que viene.