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– Dígale que yo le llamaré -dijo Keith, sin levantar la mirada-. A propósito, Kate, ¿quiere tomar un café?

– Sí, gracias, señor Townsend.

– ¿Solo o con leche?

– Con leche, pero sin azúcar. Gracias -contestó ella, volviéndose a mirar a Heather.

Heather se volvió y abandonó el despacho, sin preguntarle a Keith si quería tomar otro.

– Lo siento, ¿cuál era la pregunta? -inquirió Keith.

– ¿Escribió o publicó usted alguna cosa mientras estuvo en la escuela?

– Sí, fui el director de la revista de la escuela durante el último año de estudios -contestó. Kate empezó a tomar notas rápidamente-. Lo mismo que hizo mi padre antes que yo.

Cuando reapareció Heather con el café todavía le hablaba a Kate de su triunfo con la obtención de fondos para la construcción del pabellón de la escuela.

– Y cuando fue a Oxford, ¿por qué no dirigió el periódico estudiantil, o se ocupó de Isis, la revista universitaria?

– En aquellos tiempos me interesaba mucho más la política y, en cualquier caso, ya sabía que pasaría el resto de mi vida en el mundo del periodismo.

– ¿Es cierto que al regresar a Australia se sintió desolado al enterarse de que su madre había vendido el Melbourne Courier?

– Sí, lo es -admitió Keith en el momento en que Heather entraba de nuevo en el despacho-. Y algún día lo recuperaré -añadió en voz baja-. ¿Algún problema, Heather? -preguntó enarcando una ceja.

Ella estaba de pie, a sólo un paso de distancia del sillón que él ocupaba.

– Siento interrumpirle de nuevo, señor Townsend, pero sir Kenneth Stirling lleva toda la mañana tratando de ponerse en contacto con usted. Deseaba hablarle del propuesto viaje al Reino Unido.

– En ese caso, tendré que llamarlo yo, ¿verdad?

– Me advirtió que estaría ilocalizable durante toda la tarde.

– Dígale entonces que lo llamaré a su casa esta misma noche.

– Veo que está usted muy ocupado -dijo Kate-. Puedo esperar, o volver en cualquier otro momento.

Keith negó con un gesto de la cabeza, a pesar de que Heather permaneció donde estaba durante unos pocos segundos más, hasta el punto de que él se preguntó si Ken estaría realmente al teléfono.

Kate lo intentó una vez más.

– Se han contado varias historias entre bastidores acerca de cómo se hizo con el control del Adelaide Messenger, y sobre su golpe de mano con el ya fallecido sir Colin Grant.

– Sir Colin fue un buen amigo de mi padre -dijo Keith-, y una fusión siempre redundaría en interés de los dos periódicos. -Kate no pareció muy convencida por su respuesta-. Estoy seguro de que, como habrá leído en los artículos publicados al respecto, sabrá que sir Colin fue el primer presidente del grupo fusionado.

– Pero sólo presidió una reunión del consejo de administración.

– Creo que, si busca bien, verá que fueron dos.

– ¿No sufrió sir Somerset Kenwright más o menos el mismo destino cuando se hizo usted cargo del Chronicle?

– No, eso no es del todo exacto. Le puedo asegurar que nadie admiraba a sir Somerset más que yo.

– Pero sir Somerset le describió en cierta ocasión… -Kate revisó sus notas- como «un hombre que se siente feliz en el arroyo y se dedica a observar cómo los demás escalan montañas».

– Creo que a sir Somerset se le cita a menudo erróneamente, como tantas veces sucede con Shakespeare.

– En cualquier caso, sería difícil demostrarlo, puesto que también ha muerto -comentó Kate.

– Cierto -asintió Keith un poco a la defensiva-. Pero las palabras de sir Somerset, que yo siempre recordaré, son: «No podría sentirme más encantado de que el Chronicle haya pasado a manos del hijo de sir Graham Townsend».

– Sin embargo, ¿no dijo eso sir Somerset seis semanas antes de que usted se hiciera realmente cargo del periódico? -preguntó Kate tras consultar de nuevo sus notas.

– ¿Qué diferencia supone eso? -replicó Keith, tratando de defenderse.

– Simplemente que el primer día que llegó usted al Chronicle despidió al director y al director general. Una semana más tarde ambos hicieron una declaración conjunta en la que afirmaron, y esta vez cito textualmente…

– Acaba de llegar su siguiente cita, señor Townsend -dijo Heather en ese momento, que se asomó a la puerta y dio la impresión de que se disponía a hacer entrar a alguien.

– ¿Quién es? -preguntó Keith.

– Andrew Blacker.

– Dispóngala para otra ocasión.

– No, no, por favor -dijo Kate-. Tengo más que suficiente.

– Dispóngala para otra ocasión -repitió Keith con firmeza.

– Como desee -asintió Heather con la misma firmeza. Se marchó y dejó la puerta abierta.

– Siento haber ocupado tanto de su tiempo, señor Townsend -se disculpó Kate-. Procuraré acelerar las cosas -añadió, antes de volver a su larga lista de preguntas-. ¿Podemos hablar ahora del lanzamiento del Continent?

– Todavía no he terminado de hablarle de sir Somerset Kenwright y del estado en que encontré el Chronicle cuando me hice cargo de él.

– Lo siento -dijo Kate-. El caso es que me siento preocupada por las llamadas que tiene que hacer, y me siento un poco culpable por su entrevista aplazada con el señor Blacker.

Se produjo un prolongado silencio, antes de que Keith admitiera:

– El señor Blacker no existe.

– Creo que no le comprendo -dijo Kate.

– Es un nombre en clave. Heather lo emplea para hacerme saber cuándo una reunión se ha prolongado demasiado. Nueva York significa quince minutos. El señor Andrew Blacker significa que ya han transcurrido treinta minutos. Dentro de un cuarto de hora reaparecerá de nuevo para decirme que tengo una conferencia internacional con Londres y Los Ángeles. Y si está muy enfadada conmigo, incluye Tokio para asegurarse. -Kate se echó a reír-. Confiemos en que permanezca usted por lo menos una hora. No creería lo que es capaz de inventarse si ha transcurrido una hora.

– Si quiere que le sea sincera, señor Townsend, no esperaba que me concediera más de quince minutos de su tiempo -dijo Kate, que volvió a mirar las preguntas que tenía anotadas.

– Empezaba a preguntarme algo sobre el Chronicle -le recordó Keith.

– Ah, sí. Se ha dicho a menudo que se sintió usted desolado cuando Alan Rutledge dimitió como director.

– En efecto, así fue -admitió Keith-. Es un excelente periodista y se había convertido en un buen amigo para mí. Pero las ventas del periódico cayeron por debajo de los cincuenta mil ejemplares diarios, y perdíamos casi cien mil libras a la semana. Ahora, con el nuevo director, las cifras de ventas han vuelto al nivel de los doscientos mil ejemplares diarios, y dentro de poco, al año que viene, lanzaremos una edición dominical del Continent.

– Pero, seguramente, aceptará usted que el periódico ya no puede ser considerado como «el Times de Australia»?

– Sí, aunque es algo que lamento -admitió Keith por primera vez ante cualquier otra persona que no fuera su madre.

– ¿Seguirá el Sunday Continent la misma pauta que el diario, o va a producir usted el periódico de calidad nacional que tan desesperadamente necesita Australia?

Keith empezaba a darse cuenta de por qué la señorita Tulloh había ganado un premio periodístico, y por qué Bruce la tenía en tan alta consideración. Esta vez eligió sus palabras con mayor prudencia.

– Dedicaré mis esfuerzos a producir un periódico que la mayoría de australianos quieran tener en sus mesas cada domingo por la mañana, mientras desayunan. ¿Responde eso a su pregunta, Kate?

– Me temo que sí, señor Townsend -contestó ella con una sonrisa.