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Se produjo un momento de silencio, antes de que Bruce dijera:

– Veré si está disponible.

Townsend sonrió y colgó el teléfono. No podía fingir que había esperado con impaciencia aquel viaje a Inglaterra, aunque sabía que había llegado el momento de expandir sus horizontes más allá de Australia.

Se quedó mirando el montón de notas que había sobre su mesa. A pesar del equipo de asesores de dirección que se ocuparon de revisar los detalles de todos los grupos periodísticos del Reino Unido, sólo encontraron a uno que parecía ofrecer buenas perspectivas.

Se le había preparado una carpeta con los datos, para que los estudiara durante el fin de semana. La abrió, tomó la primera página y se enfrascó en la lectura de un perfil del West Riding Group. Su sede central estaba situada en Leeds. Sonrió. Lo más cerca que había estado de Leeds fue una visita al hipódromo de Doncaster, mientras estuvo en Oxford. En aquella ocasión había apostado por un caballo ganador, si es que lo recordaba bien.

19

La última encuesta da ventaja a Churchill

– ¿Y cómo pagará, señor Armstrong? -preguntó el agente inmobiliario.

– En realidad, soy el capitán Armstrong.

– Lo siento, capitán Armstrong.

– Pagaré mediante cheque.

Armstrong había tardado diez días en encontrar alojamiento adecuado y acababa de firmar el alquiler de un piso en Stanhope Gardens, cuando el agente mencionó que en el piso de arriba vivía un brigadier jubilado.

La búsqueda de una oficina adecuada todavía le llevó más tiempo, pues necesitaba disponer de una dirección que convenciera a Julius Hahn de que Armstrong había actuado en el mundo editorial durante toda su vida.

Cuando John D. Wood le preguntó en qué gama de precios estaba pensando, la tarea le fue asignada a uno de sus ayudantes más jóvenes.

Dos semanas más tarde, Armstrong se instaló en un despacho que era todavía más pequeño que su piso en Stanhope Gardens. A pesar de que no podía aceptar como ideal, perfecto y único, la descripción que le hizo el agente del despacho de veinticinco metros cuadrados, con un lavabo en el piso superior, tenía al menos dos ventajas. La dirección en Fleet Street, y un alquiler que podía pagar…, al menos durante los tres primeros meses.

– Si es tan amable, capitán Armstrong, puede firmar al pie del contrato.

Armstrong abrió el capuchón de su nueva pluma Parker y firmó.

– Bien, en ese caso todo queda arreglado -dijo el joven agente, que esperó a que la tinta se secara-. Como sabe, capitán Armstrong, el alquiler de esta propiedad es de diez libras semanales, con un trimestre pagado por adelantado. Quizá sea tan amable de extenderme ahora un cheque por importe de ciento treinta libras.

– A últimas horas de esta tarde le enviaré a uno de mis empleados con un cheque por ese importe -dijo Armstrong, que se enderezó la corbata de lazo.

El agente vaciló un momento y luego guardó el contrato en su maletín.

– Estoy seguro de que será correcto, capitán Armstrong -dijo.

A continuación, le entregó las llaves de la más pequeña de las propiedades que representaba.

Armstrong se sintió seguro de que Hahn no tendría forma de saber que cuando llamara al FLE 6093 y escuchara las palabras «Armstrong Communications», su empresa editorial sólo se componía de una pequeña habitación, dos mesas, un archivador y el recientemente instalado teléfono. En cuanto a «sus empleados», sólo contaba por el momento con uno de ellos. Sally había regresado a Londres la semana anterior, y esa misma mañana se había unido a él en funciones de ayudante personal.

Armstrong no había podido entregarle al agente un cheque de forma inmediata porque hacía muy poco que había abierto una cuenta en el Barclays, y el banco no se mostró dispuesto a entregarle un talonario de cheques hasta que recibiera la transferencia de fondos prometida desde Holt & Co., en Berlín. El hecho de que él fuera el capitán Armstrong, condecorado con la Cruz Militar, como no dejó de recordarles, no pareció impresionar lo más mínimo al director del banco.

Cuando el dinero llegó finalmente, el director le confesó a uno de sus empleados que, después de su entrevista, esperaba que llegaran algo más que las 217 libras, 9 chelines y seis peniques que fueron depositadas en la cuenta del capitán Armstrong.

Mientras esperaba la transferencia del dinero, Armstrong se puso en contacto con Stephen Hallet, en sus oficinas del Colegio de Abogados de Lincoln, y le pidió que se ocupara de registrar a la Armstrong Communications como una empresa privada. Eso le costó otras diez libras.

En cuanto estuvo formada la empresa, a la mesa de Sally llegó otra factura. Armstrong no disponía esta vez de una docena de botellas de clarete para liquidar la cuenta, de modo que invitó a Hallet a convertirse en secretario de la empresa.

Una vez recibidos los fondos, Armstrong pagó todas sus deudas, y en su cuenta quedaron menos de cuarenta libras. Le dijo a Sally que, en el futuro, no debía pagar ninguna factura superior a las diez libras mientras no recibiera por lo menos tres exigencias de pago.

Charlotte, que ya estaba embarazada de seis meses de su segundo hijo, se reunió con Dick en Londres pocos días después de que él hubiera alquilado el piso en Knightsbridge. La primera vez que vio las cuatro habitaciones, no hizo ningún comentario sobre lo pequeño que era el piso en comparación con el espacioso apartamento del que había disfrutado en Berlín. Se sentía demasiado feliz por haber podido escapar de Alemania.

Durante los trayectos diarios en autobús hasta la oficina, Armstrong se preguntaba cuánto tiempo tardaría en disponer de un coche y un chófer. Una vez registrada la empresa, voló a Berlín y convenció a un reacio Hahn para que le hiciera un préstamo de mil libras. Regresó a Londres con un cheque por esa cantidad y una docena de manuscritos, tras haber prometido que serían traducidos en el término de pocos días, y que el dinero sería devuelto en cuanto firmara el primer acuerdo de distribución en el extranjero. Pero se enfrentaba con un problema que no podía admitir ante Hahn. A pesar de que Sally se pasaba horas pegada al teléfono, tratando de acordar citas con los presidentes de las principales editoriales científicas de Londres, pronto descubrió que sus puertas no se le abrían al capitán Armstrong como había sucedido en Berlín.

Aquellos días, al regresar a casa antes de la medianoche, Charlotte le preguntaba cómo le iban los negocios. El «nunca han ido mejor» sustituyó al «máximo secreto». Pero ella no dejaba de observar que los delgados sobres marrones que aparecían regularmente en el buzón, parecían terminar amontonados en el cajón más cercano, sin abrir siquiera. Al volar a Lyon para dar a luz a su segundo hijo, Dick le aseguró que cuando regresara ya tendría firmado su primer gran contrato.

Diez días más tarde, mientras Armstrong dictaba una contestación a la única carta recibida aquella mañana, alguien llamó a la puerta. Sally se precipitó a abrirla y se encontró ante su primer cliente. En realidad, Geoffrey Bailey, un canadiense que representaba a un pequeño editor de Montreal, se había equivocado de piso. Pero una hora más tarde se marchó con tres manuscritos científicos en alemán. Una vez traducidos y, al darse cuenta de su potencial comercial, regresó con un cheque y firmó un contrato para quedarse con los derechos en Canadá y en Francia de los tres libros. Armstrong ingresó el cheque, pero no se molestó en informar a Hahn de la transacción.

Gracias al señor Bailey, cuando Charlotte aterrizó en Heathrow, seis semanas más tarde, con la pequeña Nicole en brazos, Dick ya había firmado otros dos contratos con editores de España y Bélgica. A Charlotte le sorprendió ver que su esposo había comprado un gran automóvil Dodge, y que el soldado Benson se sentaba ante el volante. Lo que Dick no le dijo fue que el Dodge se pagaba a plazos, y que no podía pagarle su salario a Benson al final de la semana.