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– Eso impresiona a los clientes -dijo, asegurándole que el negocio marchaba cada vez mejor.

Ella trató de ignorar el hecho de que algunas de las historias que él le contaba habían variado durante su ausencia, y que los sobres marrones sin abrir continuaban guardados en el cajón. Pero incluso ella quedó impresionada cuando le dijo que el coronel Oakshott había regresado a Londres, le había visitado y preguntado si conocía a alguien que pudiera ofrecer trabajo a un viejo soldado.

Armstrong fue la quinta persona a la que visitó, y ninguno de los otros tuvo nada que ofrecer a alguien de su edad y de su rango. Al día siguiente, Oakshott fue nombrado miembro del consejo de administración de Armstrong Communications, con un salario de mil libras anuales, aunque su cheque mensual no siempre encontraba fondos de forma inmediata al ser presentado al cobro por su banco.

Una vez que los tres primeros manuscritos fueron publicados en Canadá, Francia, Bélgica y España, otros editores extranjeros empezaron a bajarse del ascensor en el piso correcto, para abandonar más tarde el despacho de Armstrong con largas listas mecanografiadas de todos los libros cuyos derechos estaban disponibles.

A medida que Armstrong empezó a cerrar un número cada vez mayor de contratos, redujo sus viajes a Berlín, y envió al coronel Oakshott en su lugar, encargándole la poco envidiable tarea de explicarle a Julius Hahn por qué razón había tan poca liquidez. Oakshott seguía creyéndose todo lo que Armstrong le contaba; al fin y al cabo, ¿acaso no habían servido en el mismo regimiento? Hahn también se lo creyó, al menos durante algún tiempo.

Pero a pesar de algún que otro éxito con editoriales extranjeras, Armstrong no conseguía convencer a ningún destacado editor británico para que adquiriera los derechos de sus libros. Después de escuchar durante varios meses la consabida frase: «Me pondré en contacto con usted, capitán Armstrong», empezó a preguntarse cuánto tiempo tardaría en abrir la puerta que le permitiera entrar a formar parte del mundo editorial británico.

Fue una mañana de octubre en la que Armstrong contemplaba los enormes edificios del Globe y del Citizen, los dos periódicos más populares del país, cuando Sally le dijo que le llamaba por teléfono un periodista del The Times. Armstrong asintió con un gesto.

– Le pondré con el capitán Armstrong -anunció Sally a su interlocutor, al otro lado de la línea.

Armstrong cruzó la habitación y le tomó a Sally el teléfono de la mano.

– Aquí Dick Armstrong, presidente de Armstrong Communications, ¿en qué puedo servirle?

– Soy Neville Andrade, corresponsal científico del The Times. Recientemente he encontrado la edición francesa de uno de los libros de Julius Hahn, Los alemanes y la bomba atómica, y sentía curiosidad por saber cuántos otros títulos tiene usted en proceso de traducción.

Armstrong colgó el teléfono una hora más tarde, después de haberle contado a Andrade la historia de su vida, y de prometerle que su chófer le dejaría al mediodía la lista completa de títulos en su mesa.

A la mañana siguiente, al llegar tarde a la oficina, debido a lo que los londinenses llamaban una «sopa de guisantes», Sally le dijo que había recibido siete llamadas telefónicas en veinte minutos. Al sonar de nuevo el teléfono, ella le indicó con un gesto su mesa, donde había un ejemplar del The Times, abierto por la página científica. Armstrong se sentó y empezó a leer el largo artículo de Andrade sobre la bomba atómica y cómo, a pesar de haber perdido la guerra, los científicos alemanes seguían estando muy adelantados con respecto al resto del mundo en numerosos campos de investigación.

El teléfono sonó de nuevo, pero seguía sin comprender por qué Sally se veía tan asediada, hasta que leyó el último párrafo del artículo.

– La clave de toda esta información la tiene el capitán Richard Armstrong, condecorado con la Cruz Militar, que controla los derechos de traducción de todas las publicaciones del prestigioso imperio editorial de Julius Hahn.

Pocos días más tarde, la frase «Ya nos pondremos en contacto con usted, capitán Armstrong», se vio sustituida por «Estoy seguro de que podemos cumplir con esas condiciones, Dick», y a partir de entonces empezó a seleccionar a las editoriales a las que permitiría publicar sus manuscritos y distribuir sus revistas. Personas con las que no había logrado acordar una cita en el pasado, le invitaban ahora a almorzar en el Garrick, a pesar de que, después de conocerle, no llegaban hasta el punto de sugerirle que se hiciera miembro.

A finales de ese mismo año, Armstrong había devuelto finalmente el préstamo de mil libras y al coronel Oakshott ya no le era posible convencer a Hahn de que su presidente seguía pasando por un mal momento para conseguir que alguien firmara un contrato. Oakshott se sintió agradecido por el hecho de que Hahn no pudiera ver que el Dodge había sido sustituido mientras tanto por un Bentley, y de que Benson vestía ahora un elegante uniforme gris y una gorra de plato. El problema más reciente de Armstrong consistía en encontrar oficinas adecuadas y personal cualificado, para poder estar a la altura de su rápida expansión. Al quedar vacíos los pisos superior e inferior al que él ocupaba, firmó nuevos contratos de alquiler por ellos en cuestión de horas.

Fue durante la reunión anual del regimiento North Staffordshire, en el Café Royal, donde Armstrong se encontró con el mayor Wakeham. Descubrió así que Peter acababa de ser desmovilizado y que se disponía a aceptar un puesto de trabajo en el departamento de personal de la Great Western Railway. Armstrong dedicó el resto de la velada a tratar de convencerlo de que la Armstrong Communications ofrecía mejores perspectivas. Al lunes siguiente, Peter se unió a él como director general.

Una vez que Peter se hubo instalado, Armstrong empezó a viajar por todo el mundo, desde Montreal a Nueva York, y desde Tokio a Christchurch, para dedicarse a vender los manuscritos de Hahn, por los que pedía anticipos cada vez mayores. Empezó a colocar el dinero en distintas cuentas bancarias, lo que tuvo como resultado que ni siquiera Sally pudiera estar segura de saber cuál era la liquidez de la empresa en un momento dado, o dónde se hallaban las cuentas. Cada vez que él regresaba a Inglaterra, se encontraba con que su pequeño personal era incapaz de satisfacer las exigencias de un creciente cúmulo de deudas. Y Charlotte también empezaba a cansarse de que él le comentara lo mucho que habían crecido los niños.

Cuando se puso en alquiler todo el resto del edificio de Fleet Street, aprovechó inmediatamente la ocasión. Ahora, hasta el más escéptico de sus clientes potenciales que lo visitaban en sus nuevas oficinas tenía que aceptar que el capitán Armstrong parecía estar haciendo buenos negocios. Los rumores sobre los éxitos de Armstrong no tardaron en llegar a Berlín, pero las cartas de Hahn en las que le pedía detalles de las cifras de venta país por país, de los contratos firmados en el extranjero y de la auditoría de cuentas siguieron sin conocer respuesta.

El coronel Oakshott, en quien recaía la tarea de informar a un Hahn cada vez más incrédulo acerca de las afirmaciones de Armstrong de que la empresa tenía dificultades para obtener beneficios, empezó a ser tratado cada vez más como un recadero, a pesar de que recientemente se le había nombrado vicepresidente. Armstrong se mantuvo imperturbable a pesar de que Oakshott le amenazó con dimitir, y de que Stephen Hallet le advirtió que había recibido una carta de los abogados de Hahn en Londres, amenazándole con dar por concluida su asociación. Estaba seguro de que mientras la ley impidiera a Hahn viajar fuera de Alemania, no tenía forma alguna de descubrir hasta qué punto había crecido su imperio y, por lo tanto, cuánto representaba en realidad su cincuenta por ciento.