Dos años más tarde, después de que Armstrong agotara a todo el mundo, incluido Stephen Hallet, llegó a un acuerdo con Hahn en los últimos trámites previos a la celebración del juicio.
Hallet redactó un extenso documento en el que Armstrong acordaba devolver a Hahn toda su propiedad, incluido el material no publicado, las planchas, los acuerdos sobre derechos, los contratos y más de un cuarto de millón de libros de su almacén en Watford. También se comprometía a pagar 75.000 libras como liquidación final de los beneficios obtenidos durante los cinco años anteriores.
– Gracias a Dios que nos hemos librado por fin de ese hombre -fue todo lo que dijo Hahn al salir del Tribunal Supremo en el Strand.
Al día siguiente de la firma del contrato, el coronel Oakshott dimitió de su puesto en el consejo de administración de Armstrong Communications, sin dar ninguna explicación. Murió de un ataque al corazón tres semanas más tarde. Armstrong no encontró tiempo para asistir a su funeral, de modo que envió para representarle a Peter Wakeham, su nuevo vicepresidente.
Armstrong se encontraba en Oxford el día del funeral de Oakshott, para firmar un contrato de arrendamiento de un gran edificio situado en las afueras de la ciudad.
Durante los dos años siguientes, Armstrong pasó casi más tiempo volando que en tierra firme; se dedicó a viajar por todo el mundo, visitó a un autor tras otro de los contratados por Hahn, y trató de convencerlos para que rompieran su acuerdo con el alemán y se unieran a Armstrong Communications. Era consciente de que no podría convencer a algunos de los científicos alemanes para que se unieran a él, pero eso quedó más que compensado gracias a su irrupción exclusiva en el mercado ruso, que hizo posible la intervención del coronel Tulpanov, y a los numerosos contactos que estableció en Estados Unidos durante los años en los que Hahn no pudo viajar al extranjero.
Muchos de los científicos, que nunca se aventuraban más allá de sus laboratorios, se sintieron halagados ante la visita personal de Armstrong y su promesa de difundir sus obras por entre un nuevo y vasto público por todo el mundo. A menudo no tenían una idea muy exacta del verdadero valor comercial de sus investigaciones, y se sintieron felices de firmar los contratos que se les presentaban. Más tarde, enviaban las obras fruto de toda una vida de trabajo a Headley Hall, en Oxford, e imaginaban a menudo que aquella dirección se hallaba relacionada de algún modo con la universidad.
Una vez que habían firmado un acuerdo, en el que habitualmente comprometían todos sus trabajos futuros, que debían entregar a Armstrong para su publicación, a cambio de unos anticipos irrisorios, ya nunca volvían a verle. El empleo de estas tácticas permitió a Armstrong Communications declarar unos beneficios de 90.000 libras apenas un año después de que él y Hahn se separaran y, un año más tarde, el Manchester Guardian nombró a Richard Armstrong Joven Empresario del Año, aunque Charlotte se encargó de recordarle que ya estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta años.
– Cierto -replicó él-, pero no olvides nunca que todos mis rivales me llevaban veinte años de ventaja.
Una vez que se instalaron en Headley Hall, su nuevo hogar en Oxford, Dick empezó a recibir numerosas invitaciones para asistir a acontecimientos universitarios. Rechazó la asistencia a la mayoría de ellos porque sabía que sólo deseaban su dinero. Pero entonces recibió una carta de Allan Walker, el presidente del Club Laborista de la Universidad de Oxford, que deseaba saber si el capitán Armstrong estaría dispuesto a patrocinar una cena que daría el comité en honor de Hugh Gaitskell, líder de la oposición.
– Acéptelo -dijo Dick-, con una sola condición: que me sienten a su lado.
Después de eso, patrocinó cada visita a la universidad realizada por el portavoz del Partido Laborista, y al cabo de un par de años conocía a todos los miembros del gabinete de oposición, así como a varios dignatarios europeos, incluido el primer ministro de Israel, David Ben Gurion, que le invitó a Tel Aviv y le sugirió que se interesara por los judíos que no habían sido tan afortunados como él.
Una vez que Allan Walker terminó sus estudios, su primera solicitud de trabajo la presentó a la Armstrong Communications. El presidente lo incluyó inmediatamente en su equipo personal, para que le asesorara acerca de lo que debía hacer para ampliar su influencia política. La primera sugerencia de Walker fue que se hiciera cargo de la maltrecha revista universitaria Isis que, como venía siendo habitual, se encontraba con problemas financieros. Gracias a una pequeña inversión, Armstrong se convirtió en el héroe de la izquierda universitaria, y utilizó desvergonzadamente la revista para promover su propia causa. Su rostro aparecía en la portada por lo menos una vez al trimestre, pero como los directores de la revista sólo duraban un curso, y dudaba mucho de que nadie encontrara otra fuente de financiación, nadie se opuso.
Cuando Harold Wilson fue nombrado líder del Partido Laborista, Armstrong empezó a hacer declaraciones públicas en su apoyo; los cínicos sugirieron que lo hacía únicamente porque los tories no querían tener nada que ver con él. En ningún momento dejó de hacerles saber a los miembros destacados del Partido Laborista que lo visitaban que estaba dispuesto a soportar las pérdidas que fueran necesarias con la publicación de Isis, en la medida en que eso pudiera estimular a la siguiente generación de estudiantes de Oxford a que apoyaran al Partido Laborista. Esta actitud les pareció bastante burda a no pocos políticos. Pero Armstrong empezó a estar convencido de que si el Partido Laborista llegaba a formar el próximo gobierno, podría utilizar toda su influencia y riqueza para llevar a cabo su nuevo sueño: ser propietario de un periódico nacional.
De hecho, empezaba a preguntarse ya quién podría detenerlo.
20
Keith Townsend se desabrochó el cinturón de seguridad pocos minutos después de que el Comet despegara, abrió el maletín y extrajo un montón de papeles. Miró a Kate, que ya se había enfrascado en la lectura de la última novela de Patrick White.
Empezó a comprobar la carpeta con información sobre el West Riding Group. ¿Era ésta la mejor oportunidad para asegurarse un baluarte en Gran Bretaña? Después de todo, su primera adquisición en Sydney había sido un pequeño grupo de periódicos que, con el tiempo, le permitieron comprar el Sydney Chronicle. Estaba convencido de que, una vez que controlara un grupo periodístico regional en Gran Bretaña, se encontraría en una posición mucho más fuerte para plantear una oferta que le permitiera acceder a la propiedad de un periódico nacional.
Según leyó, Harry Shuttleworth era el hombre que había fundado el grupo a principios de siglo. Había publicado primero un periódico en Huddersfield, como empresa filial de su taller textil, que alcanzó mucho éxito. Townsend reconoció la pauta del periódico local controlado por el patrono más importante de la zona; de ese modo había terminado él por ser el propietario de un hotel y dos minas de carbón. Cada vez que Shuttleworth inauguraba una fábrica en una ciudad nueva, le seguía la fundación de un periódico un par de años más tarde. Al jubilarse, tenía cuatro fábricas textiles y cuatro periódicos en West Riding.
Frank, el hijo mayor de Shuttleworth, se hizo cargo de la empresa una vez terminada la Primera Guerra Mundial, y aunque dirigió su interés fundamental hacia las fábricas textiles, también había…
– ¿Quiere tomar algo, señor?
– Un whisky -asintió Townsend-, y un poco de agua, por favor.
… añadido periódicos locales a las tres fábricas que construyó en Doncaster, Bradford y Leeds. En diversos momentos, los periódicos fueron amistosamente codiciados por Beaverbrook, Northcliffe y Rothermere, pero, por lo visto, Frank siempre les dio la misma respuesta: «No tiene usted nada que hacer aquí».