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Valchek se echó a reír, pero no hizo el menor intento por mirar hacia el otro extremo de la sala cuando un carrito con postres llegó ante su mesa. Se limitó a contemplar las tres bandejas de delicados manjares que se le ofrecían.

En el silencio que siguió, Armstrong captó una sola palabra que le llegó desde la mesa de al lado: «imprentas». Aguzó el oído para escuchar la conversación, pero Valchek le preguntó entonces cuál era su opinión sobre un joven checo llamado Havel, que había sido recientemente enviado a la cárcel.

– Es un político.

– No, es un…

Armstrong se llevó un dedo a los labios para indicarle a su colega que debía seguir hablando pero sin esperar una respuesta. El ruso no necesitaba que le dieran lecciones en esa estratagema.

Armstrong se concentró en escuchar lo que hablaban las tres personas sentadas en el reservado contiguo. El hombre delgado, de hablar suave, sentado de espaldas a él, sólo podía ser un australiano, pero aunque su acento era evidente, Armstrong apenas si podía captar una sola palabra de lo que decía. Junto a él se sentaba la mujer joven a la que había seguido con la mirada en cuanto entró en el comedor. Como suposición, diría que era centroeuropea, y que probablemente no habría nacido muy lejos de su propio lugar de nacimiento. A la derecha, sentado frente al australiano, había un hombre que hablaba con acento del norte de Inglaterra y un tono de voz que habría encantado a su viejo sargento mayor del regimiento. Evidentemente, nadie le había explicado aún el significado de la palabra «confidencial».

Mientras Valchek continuaba hablando suavemente en ruso, Armstrong extrajo una pluma del bolsillo y empezó a anotar las palabras que escuchaba en la contraportada del menú, tarea que no resultaba fácil, a menos que se hubiera aprendido de un maestro de la profesión. No fue la primera vez que se sintió agradecido por la experiencia de Forsdyke.

«John Shuttleworth, presidente WRG», fueron las primeras palabras que anotó, y un momento más tarde: «dueño». Transcurrieron unos segundos antes de que añadiera «Huddersfield Echo» y los nombres de otros seis periódicos. Miró a Valchek a los ojos y siguió concentrado en escuchar. Luego escribió otras cuatro palabras: «Leeds, mañana, doce horas». Mientras tomaba el café, agregó: «120.000 precio justo». Y finalmente: «fábricas cerradas desde hace un tiempo».

Cuando el sujeto de la mesa de al lado empezó a hablar de críquet, Armstrong tuvo la sensación de que aunque había logrado colocar varias piezas de un rompecabezas, necesitaba regresar ahora lo antes posible a su oficina si quería abrigar la esperanza de completar la imagen antes de las doce del día siguiente. Miró su reloj, y a pesar de que se le acababa de servir un segundo plato de pan y budín de mantequilla, pidió la cuenta. Al serle presentada ésta, momentos más tarde, Valchek extrajo un grueso manuscrito de su maletín y se lo entregó ostentosamente a su anfitrión. Una vez pagada la cuenta, Armstrong se levantó, se colocó el manuscrito bajo el brazo y le habló a Valchek en ruso al pasar junto a la mesa de al lado. Miró a la mujer y creyó detectar una expresión de alivio en su rostro cuando les oyó hablar en un idioma extranjero.

Al llegar a la puerta, Armstrong le entregó un billete de una libra al maître.

– Un almuerzo excelente, Mario -le dijo-. Y gracias por sentar a una mujer tan hermosa en la mesa de al lado.

– Ha sido un placer, señor -dijo Mario, que se guardó el billete.

– ¿Puedo preguntarle a qué nombre se reservó esa mesa?

Mario recorrió la lista de reservas con un dedo.

– A nombre de un tal señor Keith Townsend.

Aquella nueva pieza del rompecabezas bien había valido una libra, pensó Armstrong al salir del restaurante por delante de su invitado.

Al llegar a la acera, Armstrong le estrechó la mano al ruso y le aseguró que el proceso de publicación se pondría en marcha inmediatamente.

– Es muy agradable oírselo decir, camarada -dijo Valchek con el más refinado acento inglés-. Y ahora, debo darme prisa para no llegar tarde a una cita con mi sastre.

Se unió rápidamente a la corriente de viandantes que cruzaban el Strand y desapareció en dirección a Savile Row.

Mientras Benson lo conducía de regreso a la oficina, la mente de Armstrong no estaba ocupada en pensar en Tulpanov, Yuri Gagarin o incluso Forsdyke. En cuanto llegó al último piso, se dirigió directamente al despacho de Sally, a la que encontró hablando por teléfono. Se inclinó sobre la mesa y cortó la comunicación telefónica.

– ¿Por qué razón estaría interesado Keith Townsend en algo llamado WRG?

Sally, con el teléfono todavía en la mano, pensó un momento, antes de sugerir:

– ¿El Western Railway Group?

– No, eso no puede ser… A Townsend sólo le interesan los periódicos.

– ¿Quiere que trate de averiguarlo?

– Sí -contestó Armstrong-. Si Townsend está en Londres para comprar algo, quiero saber qué. Ponga a trabajar en esto sólo al equipo de Berlín, y que no se filtre la noticia a nadie más.

Sally, Peter Wakeham, Stephen Hallet y Reg Benson sólo tardaron un par de horas en aportar unas cuantas piezas más del rompecabezas, mientras Armstrong llamaba a su contable y a su banquero y les pedía que estuvieran disponibles en cualquier momento, las veinticuatro horas del día.

A las 16,15 Armstrong ya estudiaba un informe sobre el West Riding Publishing Group, que le había sido entregado a mano por Dunn & Bradstreet apenas unos minutos antes. Después de revisar las cifras por segunda vez, tuvo que admitir con Townsend que 120.000 libras era un precio justo. Pero, naturalmente, eso fue antes de que el señor John Shuttleworth supiera que recibiría una contraoferta.

A las seis de aquella misma tarde, su equipo se reunió con él en su despacho, para revelarle lo que habían descubierto.

Stephen Hallet había descubierto quién era el otro hombre sentado a la mesa, y a qué empresa de abogados pertenecía.

– Han representado a la familia Shuttleworth durante más de un siglo -le dijo a Armstrong-. Townsend tiene una reunión con John Shuttleworth, el presidente actual. La reunión se celebrará mañana en Leeds, pero no he podido averiguar el lugar y la hora exactas.

Sally sonrió.

– Bien hecho, Stephen. ¿Qué ha averiguado usted, Peter?

– Tengo los números de teléfono del despacho y de la casa de Wolstenholme; la hora del tren que tomará para regresar a Leeds y la matrícula del coche que conducirá su esposa al acudir a recibirlo a la estación. Conseguí convencer a su secretaria de que soy un antiguo amigo de la escuela.

– Bien, acaba de colocar un par de piezas más en las esquinas del rompecabezas -dijo Armstrong-. ¿Y usted, Reg?

Había tardado varios años en acostumbrarse a no llamarlo soldado Benson.

– Townsend se aloja en el Ritz, y también la mujer. Ella se llama Kate Tulloh. Tiene veintidós años y trabaja en el Sunday Chronicle.

– Creo que es más bien el Sydney Chronicle -intervino Sally.

– Tiene un condenado acento australiano -dijo Reg con un condenado acento londinense-. El portero me asegura que la señorita Tulloh no sólo ocupa una habitación diferente a la de su jefe, sino que ésta se halla situada dos pisos por debajo.

– De modo que no es su amante -dijo Armstrong-. Sally, ¿usted que ha encontrado?

– La conexión entre Townsend y Wolstenholme es que ambos fueron estudiantes en Oxford al mismo tiempo, según me confirmó el secretario del Worcester College. Pero la mala noticia es que John Shuttleworth es el único accionista del West Riding Group, y se ha convertido virtualmente en un recluso. No he podido descubrir dónde vive y no se le puede localizar por teléfono. En realidad, nadie de la sede central del grupo lo ha visto desde hace varios años, de modo que la idea de presentarle una contraoferta antes de las doce de mañana no es realista.