– ¿A dónde quiere ir a parar?
– Y luego lo del teléfono de Henry, continuamente ocupado a pesar de que sólo eran las ocho y media de la mañana. -El tren de aterrizaje del avión se separó de la pista-. ¿Y por qué no pudo ponerse en contacto con el Alto Comisionado a las ocho y media a pesar de haber hablado con él a las siete y veinte?
Keith la miró directamente a los ojos.
– Nos han tomado el pelo, Keith. Y lo ha hecho alguien que deseaba estar seguro de que no estuviera usted en Leeds a las doce de hoy para firmar ese contrato.
Keith se desabrochó el cinturón de seguridad, corrió por el pasillo y entró en la cabina de mando antes de que la azafata pudiera impedírselo. El capitán escuchó comprensivamente su historia, pero le indicó que ya no podía hacer nada ahora que el avión se hallaba en pleno vuelo hacia Bombay.
– El vuelo 009 acaba de despegar hacia Melbourne con los dos paquetes de cargamento a bordo -dijo Benson desde un teléfono situado en la torre de observación. Vio el Comet que desapareció por entre un banco de nubes-. Estarán en el aire durante por lo menos otras catorce horas.
– Bien hecho, Reg -dijo Armstrong-. Ahora ya puede regresar al Ritz. Sally ya ha reservado la habitación donde estaba Townsend, de modo que espere allí a que llame Wolstenholme. Supongo que lo hará poco después de las doce. Para entonces, yo ya estaré en el Queen's Hotel y le llamaré para decirle mi número de habitación.
Keith, mientras tanto, se sentó de nuevo en su asiento, en el avión, y golpeó los reposabrazos con las palmas de las manos.
– ¿Quiénes son y cómo lo han conseguido?
Kate estaba bastante segura de saber quién, y creía saber mucho acerca del cómo.
Tres horas más tarde se recibió en el Ritz una llamada para el señor Keith Townsend. La telefonista siguió las instrucciones que le había dado un caballero extremadamente generoso que habló con ella aquella misma mañana, y pasó la llamada a la habitación 319, donde Benson esperaba sentado sobre el borde de la cama.
– ¿Está Keith ahí? -preguntó una voz angustiada.
– ¿Quién llama, por favor?
– Henry Wolstenholme -tronó la voz.
– Buenos días, señor Wolstenholme. El señor Townsend trató de llamarlo esta mañana, pero su línea estaba continuamente ocupada.
– Lo sé. Alguien llamó a mi casa hacia las siete, pero resultó ser un número equivocado. Una hora más tarde, cuando traté de hacer una llamada, la línea estaba cortada. Pero ¿dónde está Keith?
– Se encuentra en estos momentos en un avión con destino a Melbourne. Su madre ha sufrido un ataque al corazón y el Alto Comisionado dispuso el vuelo para él.
– Siento enterarme de lo ocurrido a la madre de Keith, pero me temo que el señor Shuttleworth quizá no esté dispuesto a esperar a la firma del contrato. Ya ha sido bastante difícil convencerle para que se entrevistara con nosotros.
Benson leyó las palabras exactas que Armstrong le había escrito:
– El señor Townsend me dio instrucciones para decirle que ha enviado a un representante a Leeds, con su autoridad personal para firmar cualquier contrato, siempre y cuando usted no tenga nada que objetar.
– No tengo nada que objetar -dijo Wolstenholme-. ¿Cuándo se espera su llegada?
– Debe de haber llegado ya al Queen's Hotel. Partió hacia Leeds poco después de que el señor Townsend saliera para Heathrow. No me extrañaría nada que estuviera ya en el hotel, buscándole.
– En ese caso, será mejor que baje al vestíbulo a ver si lo encuentro -dijo Wolstenholme.
– Y a propósito -dijo Benson-, nuestro contable deseaba cerciorarse de la cifra final…, son ciento veinte mil libras.
– Más todos los gastos legales -dijo Wolstenholme.
– Más todos los gastos legales -repitió Benson-. No le entretengo más, señor Wolstenholme -añadió, antes de colgar el teléfono.
Wolstenholme abandonó la sala Rosa Blanca y bajó en el ascensor, seguro de que si el abogado de Keith disponía de una orden de pago por la cantidad total, aún podría arreglarlo todo antes de que llegara el señor Shuttleworth. Sólo había un problema: no tenía ni idea de a quién debía buscar.
Benson le pidió a la telefonista que le comunicara con un número en Leeds. Una vez contestada la llamada, pidió que le pasaran con la habitación 217.
– Bien hecho, Benson -dijo Armstrong una vez que hubo confirmado la cifra de ciento veinte mil libras-. Ahora pague la cuenta del hotel en metálico, márchese y tómese libre el resto del día.
Armstrong salió de la habitación 217 y tomó el ascensor hasta el vestíbulo. Al salir vio a Hallet que hablaba con el hombre al que había visto en el Savoy. Se dirigió directamente hacia ellos.
– Buenos días -saludó-. Soy Richard Armstrong y éste es el abogado de la empresa. Creo que usted nos esperaba.
Wolstenholme miró fijamente a Armstrong. Casi hubiera jurado que lo había visto antes en alguna parte.
– Sí, he reservado la sala Rosa Blanca, para que nadie nos moleste.
Los dos hombres asintieron y lo siguieron.
– Una noticia muy triste lo ocurrido con la madre de Keith -comentó Wolstenholme al entrar en el ascensor.
– Sí, ¿verdad? -asintió Armstrong, con cuidado de no añadir nada que pudiera incriminarlo más tarde.
Una vez que ocuparon sus asientos alrededor de la gran mesa de reuniones de la sala Rosa Blanca, Armstrong y Hallet comprobaron línea por línea los detalles del contrato, mientras Wolstenholme se sentaba frente a ellos, tomando café. Le sorprendió que revisaran tan escrupulosamente un borrador final que ya contaba con el visto bueno de Keith, pero imaginó que él también habría hecho lo mismo de haberse encontrado en su situación. De vez en cuando, Hallet planteaba una pregunta y, después de su contestación, seguía invariablemente un intercambio de palabras susurradas entre él y Armstrong. Una hora más tarde le devolvieron el contrato a Wolstenholme y confirmaron que todo estaba en orden.
Wolstenholme se disponía a hacer algunas preguntas propias cuando entró un hombre de edad mediana, vestido con un traje de antes de la guerra que no había vuelto a ponerse de moda. Wolstenholme presentó a John Shuttleworth, que sonrió tímidamente. Una vez que se hubieron estrechado las manos, Armstrong dijo:
– Por nuestra parte no queda nada más que hacer excepto firmar el contrato.
John Shuttleworth asintió con un gesto de acuerdo, y Armstrong extrajo una pluma del bolsillo interior de la chaqueta y se inclinó para firmar allí donde le indicaba el tembloroso dedo de Stephen. Luego le entregó la pluma a Shuttleworth, que firmó entre las cruces colocadas a lápiz, sin pronunciar una sola palabra. Después, Stephen le entregó a Wolstenholme una orden de pago por importe de 120.000 libras. El abogado asintió con un gesto cuando Armstrong le recordó que, puesto que se trataba de una orden realizable, quizá fuera conveniente ingresarla inmediatamente en el banco.
– Me acercaré a la sucursal más cercana del Midland mientras preparan el almuerzo -dijo Wolstenholme-. No tardaré más que unos pocos minutos.
Al regresar Wolstenholme, encontró a Shuttleworth sentado a solas en la mesa.
– ¿Dónde están los otros dos? -preguntó.
– Pidieron muchas disculpas, pero dijeron que no podían quedarse a almorzar porque tenían que regresar a Londres.
Wolstenholme lo miró perplejo. Aún había varias preguntas que hubiera querido plantear y ahora ni siquiera sabía a quién enviarle su minuta. Shuttleworth le sirvió una copa de champaña y le dijo:
– Felicidades, Henry. No podría haber hecho un trabajo más profesional. Debo decir que su amigo Townsend es, desde luego, un hombre de acción.
– De eso no me cabe la menor duda -dijo Wolstenholme.
– Y también generoso -añadió Shuttleworth.
– ¿Generoso?
– Sí, quizá se marcharon sin despedirse, pero pidieron un par de botellas de champaña.