Aquella noche, cuando Wolstenholme llegó a su casa, el teléfono estaba sonando. Lo tomó y escuchó la voz de Townsend al otro extremo de la línea.
– He sentido mucho lo ocurrido a su madre -fueron las primeras palabras de Henry.
– A mi madre no le ocurre nada -espetó Townsend con sequedad.
– ¿Qué? Pero si…
– Regreso en el próximo vuelo disponible. Estaré en Leeds mañana por la noche.
– No necesita hacer eso, viejo amigo -dijo Henry, ligeramente perplejo-. Shuttleworth ya ha firmado.
– Pero en ese contrato todavía falta mi firma -dijo Townsend.
– No hace falta. Su representante lo firmó todo en su nombre -dijo Henry-, y le puedo asegurar que todo el papeleo estaba en orden.
– ¿Mi representante? -preguntó Townsend.
– Sí, un tal señor Richard Armstrong. Ingresé su carta de pago por importe de ciento veinte mil libras justo antes de almorzar. En realidad, no tiene usted necesidad de regresar. El WRG le pertenece ahora.
Townsend colgó el teléfono con un gesto furioso y se volvió para encontrarse con Kate, de pie tras él.
– Yo continúo viaje a Sydney, pero quiero que regrese usted a Londres y descubra todo lo que pueda sobre un hombre llamado Richard Armstrong.
– ¿De modo que así se llama el hombre que se sentaba junto a nosotros en el Savoy?
– Así parece -asintió Townsend, casi escupiendo las palabras.
– ¿Y es ahora el propietario del West Riding Group?
– En efecto, así es.
– ¿Puede usted hacer algo al respecto?
– Podría denunciarlo por usurpación fraudulenta de personalidad, e incluso por fraude, pero eso me llevaría años de pleitear. En cualquier caso, un hombre capaz de haberse tomado tantas molestias se habrá asegurado de actuar de acuerdo con la legalidad. Y una cosa está clara: Shuttleworth no estará nunca de acuerdo en aparecer en el estrado de los testigos.
– En ese caso, no veo de qué puede servir que yo regrese ahora a Londres -dijo Kate con el ceño fruncido-. Sospecho que su batalla con el señor Richard Armstrong no ha hecho más que empezar. De todos modos, podríamos pasar la noche en Bombay -sugirió-. Nunca había estado en la India.
Townsend la miró, pero no dijo nada hasta que vio a un capitán de la TWA que se dirigía hacia ellos.
– ¿Cuál es el mejor hotel de Bombay? -le preguntó.
El capitán se detuvo.
– Me dicen que el Grand Palace es de gran lujo, aunque yo nunca he estado allí -contestó.
– Gracias -dijo Townsend.
Empezó a empujar su equipaje hacia la salida. Al salir de la terminal, empezó a llover.
Townsend cargó las maletas en un taxi que esperaba y que ofrecía todo el aspecto de haber sido requisado en cualquier otro país. Una vez que se acomodó en el asiento posterior, junto a Kate, emprendieron el largo viaje hacia Bombay. Aunque algunas de las farolas de las calles funcionaban, no ocurría lo mismo con los faros del taxi, y otro tanto podía decirse de los limpiaparabrisas. En cuanto al conductor, no parecía saber cómo pasar de la segunda marcha. Pero sí pudo confirmar a cada pocos minutos que el Grand Palace era de gran lujo.
Al llegar finalmente al camino de acceso, un trueno restalló sobre ellos. Keith tuvo que admitir que el adornado edificio blanco era ciertamente grande y palaciego, aunque un viajero más curtido habría añadido quizá el calificativo de «marchito».
– Bienvenidos -les saludó un hombre vestido con un elegante traje oscuro en cuanto entraron en el vestíbulo de suelo de mármol-. Soy el señor Baht, el director general. -Hizo ante ellos una profunda inclinación-. ¿Me permite preguntar a nombre de quién está hecha su reserva?
– No tenemos reserva. Necesitaremos dos habitaciones -dijo Keith.
– Ah, es una verdadera pena -dijo el señor Baht-, porque estoy casi seguro de que lo tenemos todo reservado para esta noche. Permítame comprobarlo.
Los dirigió hacia el mostrador de recepción y habló durante algún tiempo con el recepcionista, que no dejaba de asentir con la cabeza. El propio señor Baht estudió la hoja de reservas y finalmente se volvió de nuevo hacia ellos.
– Créame que lo siento mucho, señor, pero sólo tenemos disponible una habitación -dijo, juntando las manos, quizá con la esperanza de que, gracias al poder de la oración, una sola habitación pudiera convertirse en dos-. Y me temo…
– ¿Se teme? -preguntó Keith.
– Que es la suite Real, sahib.
– Qué apropiado sería recordarle ahora sus puntos de vista sobre la monarquía -comentó Kate, que hacía intentos por no echarse a reír-. ¿Tiene un sofá? -preguntó.
– Varios -contestó el sorprendido director general, a quien jamás se le había planteado antes aquella pregunta.
– Entonces la aceptamos -dijo Kate.
Una vez que hubieron rellenado los formularios de entrada, el señor Baht dio una palmada y acudió un mozo vestido con una larga túnica roja, pantalones rojos y un gran turbante rojo.
– Es una suite muy buena -dijo el mozo mientras llevaba las maletas por la ancha escalera. Esta vez, Kate sí se echó a reír-. Lord Mountbatten durmió en ella -añadió con evidente orgullo-, y muchos maharajás. Es muy buena.
El mozo dejó las maletas a la entrada de la suite Real, introdujo una llave grande en la cerradura y abrió la doble puerta, encendió las luces y se hizo a un lado para permitirles el paso.
Los dos entraron en una habitación enorme. Al fondo de la pared más alejada había una vasta y opulenta cama doble, donde podrían haber dormido hasta media docena de maharajás. Tal y como prometiera el señor Baht, y ante la decepción de Keith, también había varios sofás grandes.
– Una cama muy buena -dijo el mozo, que depositó sus maletas en el centro de la estancia.
Keith le entregó un billete de una libra. El mozo le hizo una profunda reverencia, se volvió y abandonó la habitación en el momento en que un fogonazo de luz iluminaba el cielo y se apagaban las luces de repente.
– ¿Cómo se las ha arreglado para hacer eso? -preguntó Kate.
– Si mira por la ventana, verá que lo ha hecho una autoridad muy superior a la mía.
Kate se volvió y pudo ver que toda la ciudad había quedado a oscuras.
– Bueno, ¿nos quedamos de pie donde estamos, a la espera de que vuelva la luz, o empezamos a buscar algún sitio donde sentarnos? -preguntó Keith, que extendió una mano en la oscuridad y tocó una cadera de Kate.
– Usted primero -dijo ella tomándolo de la mano.
Keith se volvió hacia donde había visto antes la cama y empezó a caminar en aquella dirección, con pasos cortos, tanteando el aire con el brazo libre, hasta que finalmente se topó con el poste del baldaquino. Los dos se dejaron caer juntos sobre el enorme colchón, sin dejar de reír.
– Muy buena cama -dijo Keith.
– Donde han dormido muchos maharajás -dijo Kate.
– Y hasta el propio lord Mountbatten.
Kate se echó a reír.
– Y a propósito, Keith, no tiene por qué comprar la compañía eléctrica de Bombay sólo para llevarme hasta la cama. Me he pasado toda la última semana convencida de que sólo estaba usted interesado por mi cerebro.
CUARTA EDITIÓN
La batalla entre Armstrong y Townsend por la posesión del Globe
22
Armstrong miró a una mecanógrafa a la que no conocía y entró en su despacho, donde encontró a Sally hablando por teléfono.
– ¿Con quién tengo mi primera cita?
– Con Derek Kirby -contestó ella, después de colocar una mano sobre el micrófono del teléfono.
– ¿Y quién es?
– Antiguo director del Daily Express. El pobre sólo duró ocho meses, pero afirma tener una información interesante para usted. ¿Le hago pasar?