– No. Deje que espere un poco más -contestó Armstrong-. ¿Con quién habla ahora?
– Con Phil Barker. Llama desde Leeds.
Armstrong asintió con un gesto y le tomó el teléfono a Sally, para hablar con el nuevo director general del West Riding Group.
– ¿Estuvieron ellos de acuerdo con mis condiciones? -preguntó.
– Acordaron un millón trescientas mil libras, pagaderas en los próximos seis años, en plazos iguales, siempre y cuando las ventas se mantengan constantes. Pero si las ventas bajan durante el primer año, todos los pagos posteriores bajarán en la misma proporción.
– ¿No detectaron la trampa en el contrato?
– No -contestó Barker-. Imaginaron que desearía usted aumentar la tirada ya durante el primer año.
– Bien. Ocúpese de que la auditoría sólo encuentre la cifra de tirada más baja posible. Luego ya empezaremos a aumentarla durante el segundo año. De ese modo me ahorraré una pequeña fortuna. ¿Qué me dice del Hull Echo y del Grimsby Times?
– Todavía es pronto, Dick, pero ahora todo el mundo sabe que es usted un comprador, y eso no facilita mi tarea.
– En ese caso, tendremos que ofrecer más y pagar menos.
– ¿Y cómo se propone hacerlo? -preguntó Barker.
– Incluyendo cláusulas en las que se hagan promesas que no tenemos ninguna intención de cumplir. No olvide nunca que los viejos consorcios familiares raras veces plantean una demanda ante los tribunales porque no les gusta tener que acudir a ellos. Así que aproveche siempre la letra de la ley. No la infrinja nunca, pero procure doblarla todo lo posible, sin llegar a traspasarla. Adelante con ello.
Armstrong colgó el teléfono.
– Derek Kirby sigue esperando -le recordó Sally.
Armstrong comprobó su reloj.
– ¿Cuánto tiempo hace que espera?
– Veinte o veinticinco minutos.
– Entonces veamos qué tenemos de correspondencia.
Después de veintiún años de trabajar para él, Sally sabía qué invitaciones aceptaría Armstrong, qué obras de caridad no deseaba apoyar, ante qué audiencias estaba dispuesto a pronunciar unas palabras, y en compañía de qué comensales deseaba ser visto durante las cenas. La regla consistía en decir que sí a todo aquello que le ayudara a hacer progresar su carrera, y negarse a todo lo demás. Cuarenta minutos más tarde, al cerrar el bloc de notas taquigráficas, le indicó que Derek Kirby llevaba esperando ya más de una hora.
– Está bien, puede hacerlo pasar. Pero si recibe alguna llamada interesante, pásemela.
Al entrar Kirby en el despacho, Armstrong no hizo el menor intento por levantarse del sillón y se limitó a señalar con un dedo el asiento situado en el extremo más alejado de la mesa, frente a él.
Kirby parecía nervioso; Armstrong había descubierto que hacer esperar a alguien durante mucho tiempo casi siempre lo ponía a punto de perder los nervios. Su visitante debía de tener unos cuarenta y cinco años, aunque las arrugas de su frente y las entradas de su cabello le hacían parecer más viejo. El traje que llevaba era elegante, pero no a la última moda, y aunque la camisa estaba limpia y bien planchada, el uso empezaba a notarse en el cuello y los puños. Armstrong imaginó que se había mantenido realizando trabajos por libre desde que abandonara el Express, y que echaría de menos su cuenta de gastos. Al margen de lo que le ofreciera Kirby, él le ofrecería probablemente la mitad y le pagaría una cuarta parte.
– Buenos días, señor Armstrong -dijo Kirby antes de sentarse.
– Siento mucho haberle hecho esperar -dijo Armstrong-, pero surgió algo urgente.
– Lo comprendo -asintió Kirby.
– Bien, ¿qué puedo hacer por usted?
– No, se trata más bien de lo que yo puedo hacer por usted -afirmó Kirby, lo que a Armstrong le pareció como una frase ensayada de antemano.
– Le escucho.
– Dispongo de una información confidencial que le permitiría apoderarse de un periódico de distribución nacional.
– No puede ser el Express -dijo Armstrong, que se volvió a mirar por la ventana-, porque mientras Beaverbrook siga con vida…
– No, es algo más grande que eso.
Armstrong permaneció en silencio, antes de preguntar:
– ¿Quiere tomar café, señor Kirby?
– Prefiero té -contestó el ex director. Armstrong tomó uno de los teléfonos de su mesa.
– Sally, ¿podemos tomar té?
Aquello le indicó a Sally que la entrevista podía durar más de lo esperado, y que no debían producirse interrupciones.
– Si la memoria no me falla, fue usted director del Express -dijo Armstrong.
– Sí, uno de los siete que ha tenido en los últimos ocho años.
– Nunca llegué a comprender por qué lo despidieron.
Sally entró en la habitación, llevando una bandeja. Dejó una taza de té delante de Kirby y otra delante de Armstrong.
– El hombre que le sustituyó en el cargo fue un imbécil, y a usted nunca se le concedió el tiempo suficiente para demostrar de lo que era capaz.
Una sonrisa apareció en el rostro de Kirby, que se sirvió leche en el té, echó dos terrones de azúcar en la taza y luego se arrellanó en la silla. No le pareció el momento más oportuno para recordarle a Armstrong que recientemente había empleado al que fuera su sustituto para dirigir uno de sus propios periódicos.
– Bueno, si no se trata del Express, ¿de qué periódico estamos hablando?
– Antes de decir nada más, necesito tener clara cuál es mi posición -dijo Kirby.
– No estoy seguro de comprenderle.
Armstrong apoyó los codos sobre la mesa y lo miró fijamente.
– El caso es que después de mi experiencia en el Express, quiero estar seguro de tener la espalda bien cubierta.
Armstrong no dijo nada. Kirby abrió su maletín y extrajo un documento.
– Mis abogados han redactado esto para proteger…
– Sólo tiene que decirme lo que desea, Derek. Soy bien conocido por cumplir con mis compromisos.
– En este documento se afirma que si usted se hace con el control del periódico en cuestión, seré nombrado su director, o se me pagará una compensación de cien mil libras.
Le entregó a Armstrong el acuerdo, en una sola hoja de papel.
Armstrong lo leyó rápidamente. En cuanto se dio cuenta de que allí no se mencionaba salario alguno, sino sólo el nombramiento como director, firmó encima de su nombre, que aparecía al pie de la página. En Bradford se había librado de un hombre al mostrarse de acuerdo en nombrarlo director, para luego pagarle una sola libra al año. Podría haberle dicho a Kirby que los abogados baratos siempre obtienen resultados baratos, pero se limitó a entregarle el documento firmado, que Kirby tomó con avidez.
– Gracias -dijo tras tomar la hoja, pareciendo un poco más seguro de sí mismo.
– Bien, ¿qué periódico espera usted dirigir?
– El Globe.
Armstrong se vio pillado por sorpresa, por segunda vez durante aquella mañana. El Globe era una de las joyas de Fleet Street. Nadie había sugerido nunca que pudiera estar a la venta.
– Pero todas las acciones están en poder de una sola familia -observó.
– Eso es cierto -asintió Kirby-. Dos hermanos y una cuñada. Sir Walter, Alexander y Margaret Sherwood, para ser exactos. Y como sir Walter es el presidente, todo el mundo se imagina que es él quien controla la empresa. Pero la verdad es que no es así: las acciones se hallan repartidas a partes iguales entre ellos.
– Eso ya lo sabía -dijo Armstrong-. Lo he encontrado en todos los informes que he leído sobre sir Walter.
– Sí, pero lo que no se ha dicho es que recientemente se ha producido una pelea entre ellos. -Armstrong enarcó una ceja-. El pasado viernes se reunieron todos a cenar en el apartamento de Alexander en París. Sir Walter llegó desde Londres, y Margaret desde Nueva York, para celebrar supuestamente el sexagésimo segundo cumpleaños de Alexander. Pero resultó que aquello no fue una fiesta, porque Alexander y Margaret le hicieron saber a Walter que estaban hartos de que no prestara suficiente atención a lo que sucedía en el Globe, y le acusaron personalmente de ser el responsable del descenso en las ventas. Han pasado de cuatro millones a menos de dos millones desde que él asumió el cargo de presidente. Están incluso por detrás del Daily Citizen, que se pavonea ahora como el periódico con la circulación diaria más grande del país. Le acusaron de dedicar demasiado tiempo a flirtear entre el Turf Club y el hipódromo más cercano. Se produjo entonces una fuerte discusión a gritos, y tanto Alexander como Margaret dejaron bien claro que, a pesar de haber rechazado en el pasado varias ofertas por sus acciones, eso no quería decir que hicieran lo mismo en el futuro, pues no tenían intención de sacrificar su estilo de vida debido simplemente a la incompetencia de Walter.