– ¿Cómo sabe usted todo esto? -preguntó Armstrong.
– Por su cocinera -contestó Kirby.
– ¿Su cocinera? -repitió Armstrong.
– Se llama Lisa Milton. Trabajó para restauradores de Fleet Street antes de que Alexander le ofreciera trabajar para él en París. -Hizo una pausa, antes de añadir-: Alexander no ha sido precisamente el mejor de sus patronos, y a Lisa le gustaría dimitir y regresar a Inglaterra si…
– ¿Si se lo pudiera permitir? -sugirió Armstrong.
Kirby asintió.
– Lisa pudo escuchar todo lo que se dijeron mientras ella preparaba la cena en la cocina. Según me dijo, no le habría sorprendido nada que toda la discusión se hubiera podido escuchar también en el piso de arriba y en el de abajo.
– Ha hecho usted muy bien, Derek -dijo Armstrong con una sonrisa-. ¿Dispone de alguna otra información que pueda serme de utilidad?
Kirby se inclinó hacia él y extrajo una abultada carpeta de su maletín.
– Aquí encontrará todos los detalles sobre ellos tres. Perfiles, direcciones, números de teléfono e incluso el nombre de la amante de Alexander. Si necesita alguna otra cosa, puede llamarme directamente.
Y tras decir esto dejó una tarjeta de visita sobre la mesa.
Armstrong tomó la carpeta y la dejó sobre el papel secante que tenía delante. Luego, se guardó la tarjeta en la cartera.
– Gracias -le dijo-. Si la cocinera obtiene alguna nueva información o si desea usted ponerse en contacto conmigo, siempre me encontrará disponible. Utilice mi línea directa.
Y le entregó su propia tarjeta a Kirby.
– Le llamaré en cuanto me entere de algo -asintió Kirby, que se puso en pie.
Armstrong lo acompañó hasta la puerta y al salir al despacho de Sally le pasó un brazo sobre el hombro. Después de estrecharse la mano, se volvió hacia su secretaria y dijo:
– Derek siempre tiene que poder ponerse en contacto conmigo, de día o de noche, esté yo con quien esté.
En cuanto Kirby se hubo marchado, Sally se reunió con Armstrong en su despacho. Él ya estaba estudiando la primera página de la carpeta Sherwood.
– ¿Dijo en serio lo que de Kirby pudiera ponerse siempre en contacto con usted, de día y de noche?
– En efecto, al menos durante un futuro previsible. Pero ahora necesito que me deje libre de compromisos para efectuar un viaje a París, para ver a un tal señor Alexander Sherwood. Si lograra lo que me propongo, necesitaré ir a Nueva York para conocer a su cuñada.
Sally empezó a pasar las páginas del dietario.
– Lo tiene todo lleno de compromisos -le dijo.
– Como un condenado dentista -espetó Armstrong-. Procure tenerlos todos cancelados para cuando haya regresado de almorzar. Y mientras se ocupa de eso, revise toda la información contenida en esta carpeta. Quizá comprenda entonces por qué es tan importante que me entreviste con el señor Sherwood, pero no permita que nadie más vea esto.
Comprobó su reloj y salió del despacho. Al pasar por el pasillo observó a la nueva mecanógrafa a la que ya había visto esa mañana. Esta vez, ella levantó la mirada y le sonrió. Ya en el coche, camino del Savoy, le pidió a Reg que descubriera todo lo que pudiera sobre ella.
A Armstrong le resultó difícil concentrarse durante el almuerzo, a pesar de que su invitado era un ministro del gobierno. Ya se imaginaba lo que significaría ser el propietario del Globe. En cualquier caso, se enteró de que este ministro en particular volvería a ocupar su escaño parlamentario en cuanto el primer ministro llevara a cabo su siguiente remodelación. No lamentó que el ministro le dijera que tendría que marcharse pronto, porque su departamento tenía que contestar a las preguntas que se le plantearan en la Cámara aquella misma tarde. Armstrong pidió la cuenta.
Poco después vio cómo se alejaba el ministro en un coche oficial, conducido por un chófer, y confió en que el pobre hombre no se hubiera acostumbrado demasiado a aquellas prerrogativas. Al subir al asiento trasero de su propio coche, volvió a pensar en el Globe.
– Discúlpeme, señor -le dijo Benson, que lo miró por el espejo retrovisor.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Armstrong con voz seca.
– Me pidió que averiguara cosas sobre esa joven.
– Ah, sí -asintió Armstrong, más suavemente.
– Es una administrativa llamada Sharon Levitt, que ocupa el puesto de la secretaria del señor Wakeham, que está de vacaciones. Sólo va a estar con nosotros durante un par de semanas.
Armstrong asintió con un gesto. Más tarde, al salir del ascensor y dirigirse a su despacho, se sintió decepcionado al descubrir que la joven ya no estaba sentada en la mesa del rincón.
Sally le siguió, sosteniendo el dietario y unos papeles.
– Si cancela su discurso del sábado por la noche en el SOGAT -le informó avanzando a su lado-, y el almuerzo del domingo con su esposa… -Armstrong movió una mano con un gesto despreciativo-. Es su cumpleaños -le recordó Sally.
– Envíele un ramo de flores. Vaya a Harrods y elíjale un regalo, y recuérdeme que la llame durante el día.
– En ese caso quedará libre de compromisos durante todo el fin de semana.
– ¿Qué me dice de Alexander Sherwood?
– Llamé a su secretaria en París, justo antes del almuerzo. Ante mi sorpresa, el propio Sherwood ha llamado hace unos minutos.
– ¿Y? -preguntó Armstrong.
– Ni siquiera preguntó por qué quería usted verlo, y dijo si podría usted reunirse con él para almorzar el sábado a la una, en su apartamento de Montmartre.
– Bien hecho, Sally. También necesito ver a su cocinera antes de reunirme con él.
– Se llama Lisa Milton -informó Sally-. Esa mañana se verá con usted en el George V para desayunar.
– En tal caso, lo único que le falta por hacer esta tarde es terminar la correspondencia.
– Ha olvidado que tengo una cita con el dentista a las cuatro. Ya lo he aplazado dos veces, y el dolor de muelas empieza a…
Armstrong estaba a punto de decirle que lo aplazara por tercera vez, pero se controló a tiempo.
– Desde luego, no debe cancelar su cita, Sally. Pídale a la secretaria del señor Wakeham que ocupe su puesto mientras tanto.
Sally no pudo ocultar su sorpresa, pues Dick no había permitido que eso sucediera nunca desde que trabajaba para él.
– Creo que tiene una secretaria temporal durante las dos próximas semanas -comentó, inquieta.
– Me parece bien. De todos modos, sólo es trabajo rutinario.
– Iré a llamarla -dijo Sally.
Empezó a sonar el teléfono privado de Armstrong. Era Stephen Hallet, para confirmarle que había planteado una denuncia por difamación contra el director del Daily Mail, y le sugería que procurara no llamar mucho la atención durante los días siguientes.