Выбрать главу

– ¿Ha descubierto quién filtró la noticia? -preguntó Armstrong.

– No, pero sospecho que procedió de Alemania -contestó Hallet.

– Pero todo eso sucedió hace años -dijo Armstrong-. En cualquier caso, yo mismo asistí al funeral de Julius Hahn, de modo que no pudo haber sido él. Apuesto a que se trata de Townsend.

– No sé quién es, pero hay alguien deseoso de desacreditarlo, y creo que probablemente tengamos que plantear una serie de pleitos durante las próximas semanas. De ese modo, al menos, se lo pensarán dos veces antes de imprimir algo en el futuro.

– Envíeme copia de cualquier cosa donde se mencione mi nombre -dijo-. Si me necesita con urgencia, estaré en París durante este fin de semana.

– Afortunado de usted. Ofrézcale mis respetos a Charlotte.

Sally entró en el despacho, seguido por una rubia alta y delgada, con una minifalda que sólo habría podido llevar alguien con las piernas muy esbeltas.

– Estoy a punto de embarcarme en un negocio muy importante -dijo Armstrong con un tono de voz ligeramente más alto.

– Entiendo -dijo Stephen-. Tenga la seguridad de que siempre estaré dispuesto.

Armstrong colgó el teléfono y le sonrió dulcemente a la secretaria temporal.

– Le presento a Sharon. Le he dicho que sólo será trabajo rutinario, y que terminará a las cinco -dijo Sally-. Yo regresaré a primera hora de mañana.

La mirada de Armstrong se detuvo en los tobillos de Sharon y luego ascendió lentamente. Ni siquiera miró a Sally cuando ésta se despidió.

– Hasta mañana.

Townsend terminó de leer el artículo publicado en el Daily Mail, giró sobre el sillón de su despacho y contempló el puerto de Sydney. Había sido un retrato poco halagador del ascenso continuado de Lubji Hoch, y de su deseo de ser aceptado en Gran Bretaña como un barón de la prensa. Habían utilizado varias citas cuyas fuentes no se indicaban, pero que procedían de oficiales compañeros de Armstrong en el Regimiento del Rey, de alemanes que lo habían conocido en Berlín, y de empleados que tuvo en el pasado.

El artículo contenía poca cosa que no procediera del perfil escrito por Kate varias semanas antes para el Sunday Continent. Townsend sabía que pocos en Australia tendrían interés por la vida de Richard Armstrong. Pero el artículo terminaría en cuestión de días sobre el despacho de todos los directores de Fleet Street y luego sólo sería cuestión de tiempo que fuera reproducido en parte o totalmente, para difundirse por entre el público británico. Sólo se había preguntado qué periódico lo publicaría primero.

También sabía que Armstrong no tardaría en descubrir la fuente del artículo original, lo que aún le producía más placer. Recientemente, Ned Brewer, su jefe de la oficina de Londres, le dijo que las historias sobre la vida privada de Armstrong habían dejado de aparecer publicadas desde que los pleitos empezaron a caer como confetti sobre las mesas de los directores.

Townsend había observado con creciente cólera cómo Armstrong convertía el WRG en una fuerte base de poder en el norte de Inglaterra. Pero no abrigaba ninguna duda acerca de dónde estaban puestas las verdaderas ambiciones de aquel hombre. Townsend ya tenía infiltradas a dos personas en la sede central de Armstrong, en Fleet Street, que le mantenían informado de todas las personas que acudían a verle. Su última visita, Derek Kirby, antiguo director del Express, se despidió de Armstrong, que le rodeó los hombros con un brazo al salir de su despacho. Los asesores de Townsend pensaban que Kirby sería contratado probablemente como director de uno de los periódicos regionales del WRG. Townsend, sin embargo, no estaba tan seguro de ello, y dejó instrucciones para que se le comunicara inmediatamente en el caso de que se descubriera que pretendía comprar algo, cualquier cosa que fuera. Y repitió: «Cualquier cosa».

– ¿Es el WRG realmente tan importante para ti? -le preguntó Kate.

– No, pero un hombre capaz de llegar tan bajo como para utilizar un supuesto ataque al corazón de mi madre, tiene que recibir su merecido.

Hasta el momento, Townsend había sido informado de las adquisiciones de Armstrong, desde Stokeon-Trent hasta Durham. Ahora controlaba ya diecinueve periódicos locales y regionales y cinco revistas regionales, y sin duda alguna dio un buen golpe al apoderarse del 25 por ciento de Lancashire Television y del 49 por ciento de la emisora de radio regional, a cambio de acciones preferentes de su propia empresa. Su última aventura había sido el lanzamiento del London Evening Post. Pero Townsend sabía que, como él mismo, lo que Armstrong anhelaba más era convertirse en propietario de un diario nacional.

Durante los últimos cuatro años, Townsend había adquirido otros tres periódicos australianos, un dominical y una revista semanal de noticias. Ahora controlaba periódicos en todos los estados de Australia, y no había un solo político u hombre de negocios del país que no le atendiera cada vez que Townsend tomaba el teléfono. También había visitado Estados Unidos una docena de veces durante el año anterior, para seleccionar ciudades donde los patronos principales desarrollaran sus actividades en el ámbito del acero, el carbón y los automóviles, porque había descubierto que las compañías que desarrollaban sus actividades en esas industrias achacosas, controlaban casi siempre los periódicos locales. Cada vez que descubría que una de esas empresas tenía problemas de liquidez, intervenía y casi siempre lograba cerrar rápidamente un acuerdo que le permitía apoderarse del periódico. En casi cada caso descubría que su nueva adquisición contaba con un personal excesivo y estaba mal gestionada, pues era muy raro que alguien del consejo de administración de la compañía madre tuviera experiencia de primera mano en dirigir un periódico. Al despedir a la mitad del personal y sustituir a los directivos más antiguos por su propia gente, lograba invertir la tendencia de la cuenta de resultados en cuestión de meses.

Mediante este método había logrado apoderarse de nueve periódicos urbanos, desde Seattle a Carolina del Norte y eso, a su vez, le había permitido crear una compañía lo bastante grande como para aspirar a apoderarse de uno de los grandes periódicos de Estados Unidos en cuanto se le presentara la oportunidad.

Kate le acompañó en algunos de aquellos viajes, y aunque no tenía dudas de que deseaba casarse con ella, después de su experiencia con Susan todavía no estaba seguro del todo de que quisiera pedirle a alguien que se pasara el resto de su vida viviendo con las maletas preparadas sin saber muy bien dónde estaban sus raíces.

Si algo le envidiaba a Armstrong era que tenía un hijo que podría heredar su imperio.

23

En 1975 se terminará el túnel del Canal tras cuatro años de construcción

– La señorita Levitt me acompañará a París -dijo Armstrong-. Resérveme dos billetes en primera, y la suite habitual en el George V.

Sally cumplió sus órdenes como si se tratara de una transacción normal de negocios. Sonrió al pensar en las promesas que se harían durante el fin de semana y que luego no se cumplirían, de los regalos que se ofrecerían y que nunca llegarían a materializarse. El lunes por la mañana le pagaría a la joven, en efectivo, como se había hecho con sus predecesoras, pero a un precio por hora muy superior al que hubiera cobrado cualquier agencia incluso por la trabajadora temporal más experimentada.

El lunes por la mañana, después de que Armstrong llegara desde París, Sharon no dio señales de vida. Sally imaginó que tendría noticias sobre ella a lo largo de ese mismo día.

– ¿Cómo fue la reunión con Alexander Sherwood? -le preguntó, tras dejar la correspondencia sobre su mesa.