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– Acordamos un precio por su tercio del Globe -contestó Armstrong con una sonrisa triunfal. Y antes de que Sally pudiera preguntar por los detalles, añadió-: Su siguiente tarea consiste en conseguir el catálogo de una venta que se celebrará en Sotheby's de Ginebra el próximo jueves por la mañana.

No parpadeó una sola vez y pasó tres hojas del dietario.

– Esa mañana tiene citas a las diez, las once y las once cuarenta y cinco, y almuerzo con William Barnetson, presidente de Reuters. Ya lo ha retrasado usted en dos ocasiones.

– En ese caso tendrá que volver a retrasarlo por tercera vez -dijo Armstrong, que ni siquiera levantó la mirada.

– ¿Incluida la entrevista con el secretario del Tesoro?

– Incluido todo. Resérveme dos billetes en primera para Ginebra el miércoles por la mañana, y mi habitación de siempre en Le Richemond, con vistas al lago.

De modo que Sharon…, como se llamase, había sobrevivido a una segunda cita.

Sally tachó con una línea las diversas citas incluidas en el dietario para el jueves, consciente de que tenía que haber una muy buena razón para que Dick retrasara la entrevista con un miembro del gobierno y con el presidente de Reuters. Pero ¿qué querría comprar ahora? Hasta el momento sólo había hecho ofertas por periódicos, y en una casa de subastas no encontraría ninguno.

Sally regresó a su despacho y le pidió a Benson que se acercara a la sede de Sotheby's, en Bond Street, y comprara un ejemplar de su catálogo para la subasta de Ginebra. Una hora más tarde, al recibirlo de manos de Benson, todavía se quedó más sorprendida. En el pasado, Dick nunca había mostrado interés por coleccionar huevos. ¿Sería la conexión rusa? Porque, desde luego, Sharon no podía esperar que se le regalara un Fabergé por sólo dos días de trabajo.

El miércoles por la noche, Dick y Sharon volaron a la capital suiza y se alojaron en Le Richemond. Antes de cenar, caminaron hasta el Hotel de Bergues, en el centro de la ciudad, donde Sotheby's celebraba siempre sus subastas en Ginebra, para inspeccionar la sala donde tendría lugar la subasta.

Armstrong observó al personal del hotel que colocaba las sillas en el salón, que calculó tendría una capacidad para cuatrocientas personas. Recorrió lentamente la sala, y decidió dónde tendría que sentarse para estar seguro de ver bien al subastador, así como la hilera de nueve teléfonos situados en una tarima, a un lado de la sala. Cuando él y Sharon estaban a punto de marcharse, se volvió para echar un último vistazo a la sala.

En cuanto llegaron a su hotel, Armstrong entró en el pequeño comedor que dominaba el lago y se dirigió directamente a la mesa reservada situada en la esquina. Ya se había sentado antes de que el maître pudiera decirle que la mesa estaba reservada para otro cliente. Pidió para sí mismo y luego le pasó el menú a Sharon.

Mientras esperaba a que le sirvieran el primer plato, se dedicó a untar de mantequilla el rollo de pan del plato que tenía al lado. Una vez que se lo hubo comido, se inclinó y tomó el del plato de Sharon, que seguía pasando las páginas del catálogo de Sotheby's.

– Página cuarenta y nueve -dijo entre dos bocados.

Sharon pasó rápidamente unas pocas páginas más, y su mirada se detuvo sobre un objeto cuyo nombre no pudo pronunciar.

– ¿Es esto para añadirlo a una colección? -preguntó, con la esperanza de que pudiera ser un regalo para ella.

– Sí -contestó él con la boca llena-, pero no mía. No había oído hablar de Fabergé hasta la semana pasada -admitió-. Forma parte de un negocio mucho más grande en el que ando metido.

La mirada de Sharon descendió sobre la página y leyó la detallada descripción acerca de cómo aquella pieza maestra había sido sacada de contrabando de Rusia en 1917. Al final de todo se indicaba el precio estimado.

Armstrong descendió la mano por debajo de la mesa y la colocó sobre el muslo de Sharon.

– ¿Hasta dónde estarías dispuesto a pujar? -preguntó ella en el momento en que aparecía un camarero a su lado y colocaba un gran cuenco de caviar delante de ellos.

Armstrong apartó rápidamente la mano y concentró toda su atención en el primer plato.

Desde el fin de semana pasado en París dormían juntos cada noche, y Dick no recordaba ya cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que se sintió tan obsesionado por alguien, si es que lo estuvo alguna vez. Ante la sorpresa de Sally, había empezado a abandonar pronto el despacho por la noche, y no reaparecía hasta las diez de la mañana siguiente.

Cada mañana, durante el desayuno, él le ofrecía regalos, pero ella siempre los rechazaba, y eso hacía que temiera perderla. Sabía perfectamente que no era amor pero, fuera lo que fuese, confiaba en que durase mucho tiempo. Siempre había temido la idea de un divorcio, a pesar de que ahora raras veces veía a Charlotte, excepto en las funciones oficiales, y ni siquiera recordaba cuándo habían dormido juntos por última vez. Pero, para su tranquilidad, Sharon no hizo nunca ningún comentario sobre matrimonio. La única sugerencia que le hizo y le recordó les permitiría disfrutar de lo mejor de ambos mundos. Y él ya empezaba a cumplir sus deseos.

Una vez retirado el cuenco de caviar vacío, Armstrong atacó un solomillo que ocupaba una parte tan importante del plato que las verduras extras que pidió tuvieron que servirse en varios platos aparte. Al utilizar dos tenedores, descubrió que podía comer de dos platos al mismo tiempo, mientras Sharon se contentaba con picar una hoja de lechuga y juguetear con su plato de salmón ahumado. Armstrong habría pedido una segunda ración de tarta Selva Negra si ella no hubiera empezado a pasar la punta del pie derecho sobre la parte interior de su muslo.

Arrojó la servilleta sobre la mesa y salió del restaurante para dirigirse al ascensor, dejando que Sharon le siguiera a corta distancia. Entró y apretó el botón del séptimo piso. Las puertas se cerraron justo a tiempo de impedir que una pareja de ancianos subieran con ellos.

Al llegar al piso, se tranquilizó al ver que no había nadie en el pasillo porque, en caso contrario, cualquiera se habría dado cuenta del estado en que se encontraba.

Una vez que abrió la puerta del dormitorio con el pie, para cerrarla con el tacón, ella lo hizo tumbarse sobre el suelo y empezó a desabrocharle la camisa.

– Ya no puedo esperar más -susurró Sharon.

A la mañana siguiente, Armstrong se sentó ante una mesa instalada en su suite y preparada para dos. Ambos desayunaron mientras comprobaban el cambio del franco suizo con la libra esterlina en el Financial Times.

Sharon se contemplaba en el espejo de cuerpo entero del otro extremo de la habitación, y se tomaba su tiempo para arreglarse. Le gustó lo que vio y sonrió antes de volverse y dirigirse hacia la mesa del desayuno. Colocó una pierna larga y esbelta sobre el brazo del sillón de Armstrong, que dejó caer el cuchillo de la mantequilla sobre la alfombra mientras ella se ponía una media negra. Al cambiar de pierna, él la miró y suspiró al notar los brazos que se introducían por el interior de su batín.

– ¿Tenemos tiempo? -preguntó él.

– No te preocupes por el tiempo, querido. La subasta no empieza hasta las diez -le susurró antes de desabrocharse el sostén y hacer que él se tumbara de nuevo en el suelo.

Salieron del hotel pocos minutos antes de las diez, pero como el único objeto por el que Armstrong estaba interesado no sería subastado probablemente hasta por lo menos las once, caminaron cogidos del brazo por la orilla del lago, se dirigieron lentamente hacia el centro de la ciudad y disfrutaron del cálido sol de la mañana.

Al entrar en el vestíbulo del Hotel de Bergues, Armstrong se sintió extrañamente receloso. A pesar de haber regateado por todo aquello que deseaba conseguir en la vida, ésta era la primera vez que asistía a una subasta. Se le había informado brevemente de lo que se esperaba de él y empezó a poner inmediatamente en práctica sus instrucciones. A la entrada del salón dio su nombre a una de las mujeres elegantemente vestidas sentadas tras una larga mesa. Ella le habló en francés y él hizo lo mismo, explicándole que sólo estaba interesado por el lote cuarenta y tres. Armstrong se sorprendió al ver que casi todos los puestos de la sala ya estaban ocupados, incluido el que había identificado la noche anterior como el mejor. Sharon indicó las dos sillas vacías situadas en el lado izquierdo de la sala, al fondo. Armstrong asintió con un gesto y la condujo por el pasillo lateral. Al sentarse, un hombre joven con una camisa de cuello abierto se acomodó en un asiento situado tras ellos.