Выбрать главу

Armstrong comprobó que desde allí podía ver con claridad al subastador, así como la hilera de teléfonos, cada uno de ellos atendido por una telefonista bien cualificada. Su posición no era tan conveniente como la elegida en un principio, pero no veía razón alguna para que eso le impidiera representar su papel en el regateo.

– Lote diecisiete -declaró el subastador desde el estrado, en la parte delantera del salón.

Armstrong pasó a consultar la página correspondiente del catálogo y contempló un huevo de Pascua de empuñadura plateada, sostenido por cuatro cruces, con las iniciales en esmalte azul del zar Nicolás II, encargado en 1907 a Peter Carl Fabergé para la zarina. Empezó a concentrarse en el procedimiento.

– ¿He oído diez mil? -preguntó el subastador, que observó la sala.

Hizo un gesto de asentimiento hacia al fondo.

– Quince mil.

Armstrong trató de seguir las diferentes pujas, aunque no estaba muy seguro de saber de dónde procedían, y cuando el lote diecisiete se vendió finalmente por 45.000 francos, no tenía ni idea de quién lo había comprado. Le sorprendió que el subastador dejara caer el martillo sin decir: «A la una, a las dos, a las tres».

Al llegar el subastador al lote veinticinco, Armstrong ya empezaba a sentirse un poco más seguro de sí mismo, y en el lote treinta creyó poder distinguir incluso a uno u otro de los que pujaban. En el lote treinta y cinco ya se consideraba como un experto, pero al llegar al lote cuarenta, el huevo de invierno de 1913, empezó a sentirse nuevamente nervioso.

– Iniciaré este lote en 20.000 francos -declaró el subastador.

Armstrong observó cómo la puja superaba rápidamente los 50.000 francos y el martillo descendió finalmente al llegar a los 120.000 francos, ofrecidos por un cliente cuyo anonimato quedó garantizado por el hecho de hallarse al otro extremo de una línea telefónica.

Armstrong sintió que le empezaban a sudar las manos al iniciarse la subasta del lote cuarenta y uno, el Huevo Chanticleer de 1896, incrustado de perlas y rubíes, que se vendió por 280.000 francos. Durante la venta del lote cuarenta y dos, el Huevo Yuberov Amarillo, empezó a moverse inquieto, sin dejar de mirar al subastador y, de vez en cuando, la página abierta de su catálogo.

Al anunciar el subastador el lote cuarenta y tres, Sharon le apretó la mano y él consiguió dirigirle una sonrisa nerviosa. Un murmullo de voces se extendió sobre la sala.

– Lote cuarenta y tres -repitió el subastador-. El Huevo del Decimocuarto Aniversario Imperial. Esta pieza única fue encargada por el zar en 1910. Las pinturas fueron ejecutadas por Vasily Zulev, y el acabado está considerado como uno de los ejemplos más exquisitos de la obra de Fabergé. Ya se ha mostrado un interés considerable por este lote, de modo que iniciaré la puja por cien mil francos.

Todos los presentes en la sala guardaron silencio, excepto el subastador. Sostenía firmemente el mango del martillo en la mano derecha, y miraba fijamente al público, tratando de situar dónde estaban los que pujaban.

Armstrong recordó la información recibida y el precio exacto al que debería llegar. Pero notó cómo se le aceleró el pulso cuando el subastador anunció:

– La oferta, hecha ahora por teléfono, es de 150.000 francos. Ciento cincuenta mil -repitió. Miró a los asistentes y una ligera sonrisa apareció en sus labios-. Doscientos mil en el centro de la sala. -Hizo una pausa y miró a su ayudante, al teléfono. Armstrong observó cómo ésta susurraba en el micrófono y luego asentía con un gesto dirigido hacia el subastador, que respondió inmediatamente-: Doscientos cincuenta mil. -Dirigió de nuevo la atención hacia los sentados en la sala, donde tuvo que haberse producido alguna otra oferta, porque desvió en seguida la atención hacia la ayudante del teléfono y anunció-: Tengo una oferta de trescientos mil francos.

La mujer informó al cliente de la última oferta y, tras unos momentos, asintió de nuevo con un gesto. En la sala, todas las cabezas se volvieron para mirar al subastador como si contemplaran un partido de tenis en cámara lenta.

– Trescientos cincuenta mil -dijo, mirando hacia el centro de la sala.

Armstrong cerró el catálogo. Sabía que aún no debía participar en la puja, aunque eso no le impedía removerse inquieto en su asiento.

– Cuatrocientos mil -dijo el subastador con un gesto de asentimiento hacia la mujer del teléfono-. Cuatrocientos cincuenta mil en el centro de la sala. -La mujer del teléfono respondió inmediatamente-. Quinientos mil… Seiscientos mil -añadió casi en seguida el subastador, ahora con la mirada fija en el centro de la sala.

Eso le permitió a Armstrong aprender otra de las habilidades del subastador.

Armstrong estiró el cuello hasta que finalmente distinguió a la persona que pujaba desde el centro de la sala. Su mirada se desvió hacia la mujer del teléfono, que volvió a asentir con un gesto.

– Setecientos mil -dijo el subastador con voz serena.

Un hombre sentado justo delante de él levantó el catálogo.

– Ochocientos mil -declaró el subastador-. Una nueva oferta al fondo.

Se volvió hacia la mujer del teléfono, que esta vez tardó un poco más en comunicar la última oferta a su cliente.

– ¿Novecientos mil? -sugirió, como si tratara de animarla. De repente, ella hizo un gesto afirmativo-. Tengo una oferta telefónica por novecientos mil -dijo y se volvió a mirar al hombre situado al fondo-. Novecientos mil -repitió, pero esta vez no recibió respuesta.

– ¿Alguna otra oferta? -preguntó el subastador-. En ese caso este lote tendrá que venderse por novecientos mil francos. Ultimo aviso -añadió, levantando el martillo-. Voy a…

Cuando Armstrong levantó el catálogo, al subastador le pareció que lo agitaba como si lo saludara. Pero no, sólo era el temblor de la mano.

– Tengo una nueva oferta por la derecha, al fondo de la sala. Un millón de francos. -El subastador volvió de nuevo la vista hacia la mujer del teléfono-. ¿Un millón cien mil? -preguntó señalando con el mango del martillo a su asistente del teléfono.

Armstrong guardó silencio, sin estar muy seguro de qué hacer a continuación, ya que un millón de francos era la cifra que habían acordado. La gente empezó a volverse y a mirar en su dirección. Permaneció en silencio, sabiendo que la mujer del teléfono haría un gesto negativo con la cabeza.

Y, en efecto, ella negó con la cabeza.

– Tengo una oferta de un millón al fondo -dijo el subastador, señalando hacia donde estaba Armstrong-. ¿Alguna otra oferta? En ese caso, este lote se va a adjudicar por un millón de francos. -Su mirada recorrió a los presentes, pero nadie hizo el menor gesto. Finalmente, dejó caer el martillo con un golpe y añadió-: Adjudicado al caballero del fondo, a la derecha, por un millón de francos.

Los aplausos resonaron en toda la sala.

Sharon le apretó de nuevo la mano, pero antes de que Dick pudiera normalizar la respiración, una mujer se arrodilló en el suelo, a su lado.

– Si rellena este formulario, señor Armstrong, en el mostrador de recepción le indicarán cómo recoger su lote.

Armstrong asintió con un gesto. Pero una vez que hubo terminado de rellenar el formulario, no se dirigió hacia la recepción, sino que acudió al teléfono más cercano del vestíbulo y marcó un número extranjero. Al recibir contestación, dijo: