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– Póngame con el director-. Dio la orden para que se efectuara una rápida transferencia telegráfica por importe de un millón de francos suizos a la sucursal de Sotheby's en Ginebra, tal como había acordado previamente-. Y hágalo rápido -añadió-, porque no quiero tener que quedarme por aquí más tiempo del necesario.

Colgó el teléfono y se acercó a la señorita del mostrador de recepción para explicarle cómo se liquidaría la cuenta, al mismo tiempo que el hombre joven de la camisa abierta que se había sentado tras él empezaba a marcar un número extranjero, aun sabiendo que con ello despertaría a su jefe.

Townsend se sentó en la cama, tomó el teléfono y escuchó con atención.

– ¿Por qué pagaría Armstrong un millón de francos por un huevo de Fabergé? -preguntó.

– Eso tampoco lo he podido averiguar -contestó el joven-. Un momento, se marcha arriba con la chica. Será mejor que le siga. Le volveré a llamar en cuanto averigüe lo que pretende.

Durante el almuerzo, en el comedor del hotel, Armstrong pareció tan preocupado que a Sharon le pareció más sensato no decir nada a menos que fuera él quien iniciara la conversación. Era evidente que no había comprado el huevo para ella. Tras dejar sobre el plato la taza vacía de café, le pidió que regresara a su habitación e hiciera las maletas, ya que deseaba salir para el aeropuerto en una hora.

– Tengo una reunión más a la que asistir -le dijo-, pero no tardaré mucho tiempo.

Al besarla en la mejilla, a la entrada del hotel, el joven de la camisa abierta sabía perfectamente a quién de los dos le hubiera gustado seguir.

– Te veré dentro de una hora -le oyó decir a su presa.

Luego, Armstrong se volvió y se dirigió casi corriendo a la ancha escalera que conducía al salón donde había tenido lugar la subasta. Se dirigió directamente a la mujer sentada tras la mesa alargada, que se dedicaba a comprobar formularios de adjudicación de lotes.

– Ah, señor Armstrong. Me alegro de verle -dijo, dirigiéndole una sonrisa que valía un millón de francos-. Sus fondos acaban de ser confirmados mediante transferencia telegráfica urgente. Si quiere ser tan amable de pasar a ver a mi colega, en el despacho interior, podrá recoger su lote -le dijo, señalándole una puerta situada tras ella.

– Gracias -dijo, entregándole su recibo por la obra maestra.

Armstrong se volvió y casi se tropezó con un hombre joven situado directamente por detrás de él. Entró en el despacho del fondo y le presentó su recibo a un hombre vestido con frac negro, de pie tras el mostrador.

El funcionario comprobó cuidadosamente el recibo, miró atentamente al señor Armstrong, sonrió y dio instrucciones al guardia de seguridad para que trajera el lote cuarenta y tres, el Huevo del Aniversario Imperial de 1910. Al regresar el guardia con el huevo, lo hizo acompañado por el subastador, que dirigió una última y romántica mirada a la pieza, antes de tomarla y entregársela a su cliente para que la inspeccionara.

– Es magnífico, ¿verdad?

– Absolutamente magnífico -asintió Armstrong, que tomó el huevo como si se tratara de una pelota de rugby salida de improviso de entre una melée. Se volvió para marcharse sin decir nada más, y no oyó al subastador susurrarle a su asistente-. Es extraño que ninguno de nosotros haya conocido hasta ahora al señor Armstrong.

El portero del Hotel de Bergues se llevó una mano a la gorra cuando Armstrong subió a un taxi, aferrando el huevo con las dos manos. Dio instrucciones al chófer para que lo llevara al Banque de Genève, justo en el momento en que otro taxi vacío se detenía tras el primero y era ocupado por el hombre joven.

Al entrar en el banco, donde no había estado hasta entonces, Armstrong fue saludado por un hombre alto, delgado, de aspecto anónimo, vestido de frac, que no habría parecido fuera de lugar proponiendo un brindis por la novia en una boda de sociedad en Hampshire. El hombre efectuó ante él una inclinación para indicarle que lo estaba esperando. No le preguntó si quería que le llevara el huevo.

– ¿Quiere seguirme, señor? -le dijo en inglés.

Condujo a Armstrong a través del piso de mármol, hacia un ascensor que esperaba. ¿Cómo sabía aquel hombre quién era él?, se preguntó Armstrong. Entraron en el ascensor y las puertas se cerraron. Ninguno de los dos dijo nada mientras subían lentamente al piso superior. Las puertas se abrieron y el hombre de frac le precedió por un pasillo amplio y alfombrado, hasta que llegaron a la última puerta. El hombre llamó discretamente, la abrió y anunció:

– El señor Armstrong.

Un hombre vestido con un traje a rayas, cuello duro y lazo gris plateado se adelantó hacia él y se presentó a sí mismo como Pierre de Montiaque, director general del banco. Se volvió luego hacia otro hombre sentado en el extremo más alejado de la mesa de reuniones, e indicó a su visitante que tomara asiento en la silla vacía situada frente a él. Armstrong depositó el huevo de Fabergé en el centro de la mesa, y Alexander Sherwood se levantó de su asiento, se inclinó y le estrechó cálidamente la mano.

– Me alegro de verle de nuevo -le dijo.

– Y yo a usted -asintió Armstrong con una sonrisa.

Se sentó y miró al hombre con quien había cerrado el trato en París.

Sherwood tomó el Huevo del Aniversario Imperial de 1910 y lo estudió con atención. Una sonrisa se extendió sobre su rostro.

– Será el orgullo de mi colección, y de ese modo no habrá ninguna razón para que mi cuñada sienta ningún recelo.

Sonrió de nuevo y dirigió un gesto de asentimiento al banquero, que abrió un cajón y extrajo un documento, que le entregó a Armstrong.

Dick estudió con atención el acuerdo que Stephen Hallet le había redactado antes de viajar a París la semana anterior. Una vez comprobado que no se había hecho ninguna alteración, firmó al pie de la quinta página y luego empujó el documento sobre la mesa. Sherwood no mostró ningún interés por comprobar el contenido del documento, y se limitó a abrirlo por la última página y estampar su firma junto a la de Richard Armstrong.

– ¿Puedo confirmar entonces que ambas partes están de acuerdo? -preguntó el banquero-. Dispongo en estos momentos de un depósito por importe de veinte millones de dólares, y sólo espero las instrucciones del señor Armstrong para transferirlo a la cuenta del señor Sherwood.

Armstrong asintió con un gesto. Veinte millones de dólares era la suma que Alexander y Margaret Sherwood habían acordado que debían recibir por la tercera parte de las acciones del Globe que poseía Alexander, en el bien entendido de que, a continuación, ella se desprendería también de su tercio, que vendería exactamente por la misma cantidad. Lo que Margaret Sherwood no sabía era que Alexander había exigido una pequeña gratificación por arreglar el acuerdo: un huevo de Fabergé, que no aparecería como parte del contrato formal.

Armstrong había pagado un millón de francos suizos más de lo que se declaraba en el contrato, pero ahora se encontraba en posesión del 33,3 por ciento de un periódico nacional que en otros tiempos había alcanzado la mayor circulación en el mundo entero.

– En ese caso, nuestro negocio ha quedado concluido -dijo De Montiaque, que se levantó de su asiento y se dirigió a la mesa.

– No del todo -dijo Sherwood, que permaneció sentado.

El director general volvió a sentarse, inquieto. Armstrong se removió en su asiento. Notaba el sudor bajo el cuello de la camisa.

– Puesto que el señor Armstrong se ha mostrado tan cooperativo -dijo Sherwood-, me parece justo que me comporte con él de la misma manera.

A juzgar por la expresión de sus rostros, era evidente que ni Armstrong ni De Montiaque estaban preparados para esta intervención. Alexander Sherwood pasó a revelar entonces una información relativa al testamento de su padre, que hizo aparecer una sonrisa en los labios de Richard Armstrong.