Pocos minutos más tarde, al salir del banco para regresar a Le Richemond, lo hizo convencido de que su millón de francos suizos había estado muy bien empleado.
Townsend no hizo ningún comentario cuando lo despertaron de su profundo sueño, por segunda vez durante la noche. Escuchó con atención y susurró sus respuestas, por temor a despertar a Kate. Después de colgar finalmente el teléfono, fue incapaz de recuperar el sueño. ¿Por qué habría pagado Armstrong un millón de francos suizos por un huevo de Fabergé, que luego entregó en un banco suizo, para salir de allí una hora más tarde con las manos vacías?
El reloj junto a su mesita de noche le recordó que sólo eran las tres y media de la madrugada. Observó a Kate, que dormía plácidamente. Su mente se desvió de ella a Susan, para volver de nuevo a Kate y pensar en lo diferente que era ella; pensó después en su madre y se preguntó si alguna vez le comprendería; y luego, inevitablemente, pensó en Armstrong y en cómo descubrir en qué andaba metido.
Una hora más tarde, al levantarse, Townsend no se hallaba más cerca que antes de solucionar su pequeño enigma. Y habría seguido sin saberlo si, pocos días más tarde, no hubiera aceptado una llamada a cobro revertido de una mujer que lo llamaba desde Londres.
24
Armstrong se sintió furioso al regresar al piso y encontrar la nota dejada por Sharon. Le decía simplemente que no deseaba volver a verlo hasta que no hubiera tomado una decisión.
Se dejó caer en el sofá y leyó las palabras por segunda vez. Marcó su número de teléfono; estaba convencido de que se encontraba allí, pero no obtuvo respuesta. Lo dejó sonar durante un minuto, antes de colgar.
No recordaba una época más feliz en toda su vida, y la nota de Sharon le hizo darse cuenta de lo mucho que ella significaba ahora para él. Había empezado incluso a teñirse el cabello y hacerse la manicura, para no verse obligado a recordar constantemente la diferencia de edad entre ambos. Después de varias noches de insomnios, del envío de ramos de flores que quedaron sin respuesta y de varias docenas de llamadas telefónicas a las que no obtuvo respuesta, llegó a la conclusión de que la única forma de recuperarla sería aceptando sus deseos. Durante algún tiempo, trató de convencerse a sí mismo de que ella no planteaba su idea en serio, pero ahora estaba bien claro que aquellas eran las únicas condiciones en las que estaría de acuerdo en llevar una doble vida. Decidió no ocuparse del problema hasta el viernes siguiente.
Esa mañana llegó insólitamente tarde a la oficina y le pidió inmediatamente a Sally que localizara por teléfono a su esposa. Una vez que le pasó la comunicación con Charlotte, Sally se dedicó a preparar la documentación para el viaje a Nueva York y su encuentro con Margaret Sherwood. Sabía que Dick se había mostrado muy nervioso durante toda la semana, hasta el punto de que llegó a derribar las tazas de café que había sobre la mesa, y que cayeron al suelo. Nadie parecía saber cuál era la causa del problema. A Benson le parecía que tenían que ser problemas con una mujer; Sally sospechaba que, después de haberse hecho con el 33,3 por ciento del Globe, Dick se sentía cada vez más frustrado al tener que esperar a que Margaret Sherwood regresara de su crucero anual, antes de aprovecharse de la información que recientemente le había ofrecido Alexander Sherwood.
– Cada día que pasa le proporciona a Townsend más tiempo para descubrir mis propósitos -murmuró irritado.
Aquel estado de ánimo indujo a Sally a retrasar la discusión anual sobre su aumento de sueldo, algo que a él siempre le enfurecía. Pero ella ya había empezado a aplazar el pago de ciertas facturas, que ahora ya estaban muy retrasadas, y sabía que tendría que afrontar la cuestión tarde o temprano, al margen del estado de ánimo de su jefe.
Armstrong colgó el teléfono después de hablar con su esposa, y le pidió a Sally que acudiera. Ella ya le había clasificado la correspondencia, se había ocupado de las cartas rutinarias, redactado respuestas provisionales para las restantes, y colocado todo ello en una carpeta de correspondencia, para su consideración. La mayoría sólo necesitaban de su firma. Pero antes de que tuviera tiempo siquiera de cerrar la puerta del despacho, él empezó a dictarle furiosamente. A medida que las palabras brotaron incontenibles, ella le corrigió automáticamente la gramática empleada y en algunos casos comprendió que tendría que atemperar la furia de sus palabras.
En cuanto hubo terminado de dictar, Armstrong salió a toda prisa del despacho para acudir a una cita para almorzar, sin darle a Sally la oportunidad de decir nada. Decidió que tendría que plantearle el tema de su salario en cuanto regresara. Al fin y al cabo, ¿por qué retrasar sus vacaciones sólo por la negativa habitual de su jefe a tener consideración por las vidas de los demás?
Cuando Armstrong regresó de almorzar, Sally ya había mecanografiado el texto dictado, y tenía las cartas preparadas en una segunda carpeta, sobre su mesa, a la espera de la firma. No pudo dejar de observar que, insólitamente para él, su aliento despedía un ligero olor a whisky, pero de todos modos llegó a la conclusión de que no podía aplazar el tema por más tiempo.
La primera pregunta que le hizo Armstrong en cuanto ella se encontró de pie delante de su mesa fue:
– ¿Quién demonios ha dispuesto que almorzara con el ministro de telecomunicaciones?
– Lo hice según su petición específica -contestó Sally.
– No pudo haber sido así -replicó Dick-. Antes al contrario, recuerdo con claridad haberle dicho que no deseaba volver a ver a ese cretino. -Su tono de voz se fue elevando a cada palabra que pronunciaba-. Es básicamente un inútil, como la mitad de su condenado gobierno.
Sally apretó el puño.
– Dick, creo que debo…
– ¿Cuál es la última noticia sobre Margaret Sherwood?
– No hay cambios -contestó Sally-. Regresa de su crucero a finales de mes, y lo he dispuesto todo para que se entreviste con ella en Nueva York al día siguiente. Ya tiene reservado el vuelo, y la suite habitual en el Pierre, con vistas a Central Park. Estoy preparando una carpeta, con referencia a la última información aportada por Alexander Sherwood. Tengo entendido que él ya le ha comunicado a su cuñada el precio al que ha vendido sus acciones, y le ha aconsejado hacer lo mismo en cuanto regrese.
– Bien. ¿Tengo entonces algún otro problema que resolver?
– Sí. Yo -contestó Sally.
– ¿Usted? -preguntó Armstrong-. ¿Por qué? ¿Qué le pasa?
– Han transcurrido ya casi dos meses desde que tendría que haberse producido mi aumento de sueldo, y empiezo a…
– No pensaba aumentarle el sueldo este año.
Sally casi se echó a reír cuando observó la expresión en el rostro de su jefe.
– Oh, vamos, Dick. Sabe muy bien que no puedo vivir con lo que me paga.
– ¿Por qué no? Otros parecen arreglárselas bastante bien sin quejarse.
– Sea razonable, Dick. Desde que Malcolm me dejó…
– Supongo que ahora dirá que la dejó por culpa mía, ¿no es eso?
– Probablemente así fue.
– ¿Qué sugiere con eso?
– No sugiero nada, pero con las horas que trabajo aquí…
– En ese caso, quizá haya llegado el momento de que empiece a buscarse un trabajo donde los horarios no sean tan exigentes.
Sally casi no podía dar crédito a lo que oía.
– ¿Después de veintiún años de trabajar para usted? -preguntó-. No estoy muy segura de que nadie quiera aceptarme.
– ¿Qué quiere dar a entender ahora con eso? -gritó Armstrong.
Sally vaciló, preguntándose qué le pasaba a su jefe. ¿Estaba borracho, o es que no se daba cuenta de lo que decía? ¿O acaso había bebido porque sabía exactamente lo que deseaba decir? Lo miró fijamente.