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– ¿Qué le ocurre, Dick? Sólo le estoy pidiendo que actualice mi salario de acuerdo con la inflación, y no un verdadero aumento de sueldo.

– Le voy a decir lo que me ocurre -replicó él-. Estoy harto de la ineficiencia de esta oficina, además de observar su costumbre de acordar citas privadas durante las horas de oficina.

– Hoy no es el día de los Santos Inocentes, ¿verdad, Dick? -preguntó ella, tratando de apaciguar su estado de ánimo.

– No sea sarcástica conmigo o descubrirá que estamos más bien en los idus de marzo. Es precisamente esa clase de actitud la que me convence de que ha llegado el momento de dar paso a alguien que sea capaz de realizar este trabajo sin quejarse continuamente. Alguien con ideas nuevas. Alguien que sea capaz de imponer un poco de disciplina de la que esta oficina está tan necesitada.

Hizo descender con furia el puño sobre la carpeta de cartas sin firmar.

Sally le miraba fijamente, temblorosa, con incredulidad. Por lo visto, Benson había tenido razón desde el principio.

– Es por esa joven, ¿verdad? -preguntó-. ¿Cómo se llamaba? ¿Sharon? -Sally hizo una pausa antes de añadir-: De modo que ésa ha sido la razón por la que ella no ha venido siquiera a verme.

– No sé de qué me habla ahora -gritó Armstrong-. Simplemente, tengo la sensación de que…

– Sabe usted exactamente de qué estoy hablando -le espetó Sally-. No puede engañarme después de todos estos años. Le ha ofrecido mi puesto a esa mujer, ¿verdad? Casi imagino sus palabras exactas: «Solucionaré todos tus problemas, cariño. De ese modo, siempre estaremos juntos».

– No he dicho nada de eso.

– ¿Ha utilizado esta vez palabras diferentes?

– Simplemente, tengo la sensación de que necesito un cambio -dijo en voz más baja-. Me ocuparé de que sea usted debidamente compensada.

– ¿Debidamente compensada? -gritó ahora Sally-. Sabe muy bien que a mi edad me será prácticamente imposible encontrar otro trabajo. Y, en cualquier caso, ¿cómo se propone «compensarme» por todos los sacrificios que he hecho por usted durante estos años? ¿Quizá con un piojoso fin de semana en París?

– ¿Cómo se atreve a hablarme de ese modo?

– Le hablo como me parece que debo hacerlo.

– Continúe hablando de ese modo y vivirá para lamentarlo, muchacha.

– Yo no soy su «muchacha» -le espetó Sally-. De hecho, soy la única persona de esta organización a la que no puede usted seducir ni amedrentar. Le conozco desde hace demasiado tiempo.

– En eso estoy de acuerdo. Y ésa es precisamente la razón por la que ha llegado el momento para que se marche.

– Para ser sustituida por Sharon, sin duda.

– Eso a usted ya no le incumbe.

– Sólo espero que, al menos, sea buena en la cama.

– ¿Qué quiere decir con eso?

– Sólo que durante el par de horas que ocupó mi puesto tuve que volver a mecanografiar siete de las nueve cartas que hizo debido a sus numerosos errores. Las otras dos las tuve que repetir también porque iban dirigidas a las personas equivocadas. Debería haber dejado que el primer ministro se enterara de las medidas para sus pantalones, y el sastre de lo que le decía al primer ministro.

– Fue su primer día. Mejorará.

– No, si mantiene siempre abiertos los botones de su bragueta, no mejorará.

– Salga de aquí antes de que la eche yo mismo.

– Pues tendrá que hacerlo personalmente, Dick, porque no hay nadie entre su personal que esté dispuesto a hacer una cosa así por usted -replicó ella con voz ahora serena.

Armstrong se levantó de la silla con el rostro enrojecido. Colocó las palmas de las manos sobre la mesa y la miró fijamente. Ella le dirigió una amplia sonrisa, se volvió y salió tranquilamente del despacho. Afortunadamente, él no escuchó los aplausos que la saludaron al cruzar el despacho exterior, pues en tal caso otros empleados podrían haberse unido a ella.

Armstrong tomó un teléfono y marcó un número interno.

– Seguridad. ¿En qué puedo servirle?

– Soy Dick Armstrong. La señora Carr abandonará el edificio dentro de pocos minutos. No la dejen salir bajo ninguna circunstancia en el coche de la empresa, y asegúrese de que no vuelva a entrar aquí. ¿Me ha entendido bien?

– Sí, señor -contestó la voz incrédula al otro extremo de la línea.

Armstrong colgó el teléfono con fuerza, lo volvió a levantar inmediatamente y marcó otro número.

– Departamento de contabilidad -dijo una voz.

– Póngame con Fred Preston.

– En estos momentos está ocupado al teléfono.

– Entonces cuélguele el teléfono.

– ¿De parte de quién?

– Soy Dick Armstrong -aulló.

La línea quedó en silencio un momento. La siguiente voz que escuchó fue la del jefe del departamento de contabilidad.

– Soy Fred Preston, Dick. Lo siento, estaba…

– Fred, Sally acaba de dimitir. Cancele su cheque mensual y envíele la liquidación que le corresponde a su dirección particular, sin demora. -No hubo ninguna respuesta-. ¿Me ha oído?

– Sí, Dick. Imagino que deberá recibir las gratificaciones que le corresponden, así como la paga apropiada por despido.

– No. No debe recibir nada más que aquello a lo que tenga estrictamente derecho según las condiciones de su contrato y de lo que estipula la ley.

– Como seguramente sabe, Dick, Sally nunca tuvo contrato. Es la persona más antigua de la empresa. ¿No cree usted que teniendo en cuenta las circunstancias…?

– Como diga otra palabra más, Fred, tendrá que prepararse también el finiquito para sí mismo.

Armstrong volvió a colgar el teléfono con fuerza y lo levantó por tercera vez. En esta ocasión marcó el número que tan bien conocía. Aunque alguien contestó inmediatamente, no dijo una sola palabra.

– Soy Dick -empezó a decir-. Antes de que cuelgues, debo decirte que acabo de despedir a Sally. En estos momentos abandona para siempre el edificio.

– Eso es una noticia maravillosa, querido -dijo Sharon-. ¿Cuándo empiezo yo?

– El lunes por la mañana. -Luego, tras una corta vacilación, añadió-: Como mi secretaria.

– Como tu ayudante personal -le recordó Sharon.

– Sí, desde luego, como mi ayudante personal. ¿Qué te parece si hablamos de los detalles durante el fin de semana? Podríamos volar hasta el yate…

– Pero ¿qué me dices de tu esposa?

– Lo primero que he hecho esta mañana ha sido llamarla y decirle que no me espere este fin de semana.

Se produjo una pausa antes de que Sharon hablara de nuevo.

– Sí, creo que me encantará pasar el fin de semana en el yate contigo, Dick, pero si nos encontráramos con alguien en Monte Carlo, recordarás presentarme como tu ayudante personal, ¿verdad?

Sally esperó en vano a que le llegara el último cheque, y Dick no hizo ningún intento por ponerse en contacto con ella. Los amigos de la oficina le dijeron que la señorita Levitt, como ella insistía en que la llamaran, se había instalado en su lugar y todo estaba sumido en el caos más completo. Armstrong nunca sabía dónde tenía que estar y cuándo, su correspondencia se acumulaba sin contestar, y su temperamento ya no era voluble, sino perpetuo. Nadie parecía dispuesto a decirle que podía solucionar todos los problemas con una sola llamada telefónica, si estaba dispuesto a ello.

Mientras tomaba una copa en un pub local, un abogado amigo suyo le indicó a Sally que, teniendo en cuenta la nueva legislación, ella se encontraba, después de veintiún años de trabajo, en una posición bastante fuerte para demandar a Armstrong por despido improcedente. Ella le recordó que no tenía contrato de trabajo, y nadie mejor que ella conocía las tácticas que emplearía Armstrong en el caso de que lo demandara. En el término de un mes ya no podría pagarle siquiera al abogado y al final se vería obligada a abandonar el caso. Había visto utilizar con muy buen resultado esas mismas tácticas con otros muchos que se habían atrevido a tratar de vengarse en el pasado.