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Una tarde, Sally acababa de regresar a casa después de presentarse para ocupar un puesto de trabajo temporal cuando sonó el teléfono. Contestó y alguien le pidió, con una voz que sonaba por encima de la estática, que esperara un momento para atender una llamada desde Sydney. Se preguntó por un momento por qué no se limitaba a colgar el teléfono, pero al cabo de un momento sonó otra voz por el auricular.

– Buenas tardes, señora Carr. Soy Keith Townsend, el…

– Sí, señor Townsend, sé muy bien quién es usted.

– La llamaba para decirle lo apesadumbrado que me sentí al enterarme de cómo había sido tratada por su antiguo jefe. -Sally no dijo nada-. Quizá le sorprenda saber que me gustaría ofrecerle un puesto de trabajo.

– ¿Para descubrir en qué ha estado metido Dick Armstrong y qué periódico trata de comprar?

Se produjo un prolongado silencio, y sólo la estática de la línea le permitió a Sally comprender que la línea seguía abierta.

– Sí -dijo finalmente Townsend-, eso es exactamente lo que pensaba. Pero de ese modo, al menos, podría usted tomarse esas vacaciones en Italia por las que ya ha efectuado el pago inicial. -Sally se quedó asombrada, sin saber qué decir. Townsend continuó-: También estoy dispuesto a superar cualquier compensación a la que pueda tener derecho después de veintiún años de servicio.

Sally no dijo nada durante unos momentos, pero comprendió de pronto por qué Dick consideraba a este hombre como un oponente tan formidable.

– Gracias por su oferta, señor Townsend, pero no me interesa -dijo con firmeza, y colgó el teléfono.

La reacción inmediata de Sally consistió en ponerse en contacto con el departamento de contabilidad de Armstrong House y descubrir por qué no había recibido su último cheque. La hicieron esperar durante algún tiempo, antes de que el jefe de contabilidad se pusiera al habla.

– ¿Cuándo puedo esperar el cheque del último mes, Fred? -le preguntó-. Ya han pasado más de dos semanas.

– Lo sé, pero he recibido instrucciones de no enviárselo. Lo siento, Sally.

– ¿Por qué no? -preguntó-. Sólo es aquello a lo que tengo derecho.

– Lo sé, pero…

– Pero ¿qué?

– Parece ser que se produjo un estropicio la última semana que estuvo aquí, antes de ser despedida. Según me han dicho, se rompió un juego de café de exquisita porcelana de Staffordshire.

– Ese bastardo -exclamó Sally-. Yo ni siquiera estaba en su despacho cuando él lo rompió.

– Y también le ha deducido dos días de salario por tomarse tiempo libre durante el horario de oficina.

– Pero él mismo me dijo que me tomara ese tiempo para que él pudiera…

– Todos lo sabemos, Sally. Pero él ya no quiere escuchar a nadie.

– Lo sé, Fred -dijo ella-. No es culpa suya. Aprecio el riesgo que corre usted incluso por el simple hecho de hablar conmigo, y se lo agradezco.

Colgó el teléfono, y se quedó sentada en la cocina, mirando sin ver. Una hora más tarde, al tomar de nuevo el teléfono, pidió que la pusieran con la telefonista internacional.

En Sydney, Heather asomó la cabeza por la puerta del despacho.

– Hay una llamada a cobro revertido para usted, desde Londres -informó-. Una tal señora Sally Carr. ¿La acepta?

Sally voló a Sydney dos días más tarde. Sam acudió a recibirla al aeropuerto. Después de una noche de descanso, se inició el proceso de transmisión de información. Con un coste de 5.000 dólares, Townsend empleó a un antiguo jefe de la Organización Australiana de Seguridad e Inteligencia para que se ocupara de la entrevista. A finales de esa misma semana, Sally había informado de todo lo que sabía, y Townsend se preguntaba si aún le quedaría algo por saber acerca de Richard Armstrong.

El día en que ella tenía que tomar el vuelo de regreso a Inglaterra, le ofreció un puesto de trabajo en su oficina de Londres.

– Gracias, señor Townsend -contestó Sally tras aceptar el cheque de 25.000 dólares, tras lo cual añadió con la más dulce de las sonrisas-: Me he pasado casi la mitad de la vida trabajando para un monstruo, y después de haber pasado una semana con usted, no creo que quiera pasarme el resto trabajando para otro.

Después de que Sam llevara a Sally al aeropuerto, Townsend y Kate se pasaron horas escuchando las cintas. Estuvieron de acuerdo en una cosa: si tenía alguna posibilidad de comprar las restantes acciones del Globe, tenía que entrevistarse con Margaret Sherwood antes de que lo hiciera Armstrong. Porque ella era la clave para obtener el cien por ciento de la compañía.

Una vez que Sally explicó por qué Armstrong había pujado hasta un millón de francos suizos por un huevo durante una subasta en Ginebra, lo único que Townsend necesitaba descubrir era cuál sería el equivalente de Peter Carl Fabergé para la señora Margaret Sherwood.

De repente, en medio de la noche, Kate saltó de la cama y puso en marcha la cinta número tres. Un adormilado Keith levantó la cabeza de la almohada a tiempo para escuchar las palabras: «la amante del senador».

25

¡Bienvenido a bordo!

Keith aterrizó en el aeropuerto de Kingston cuatro horas antes de la hora prevista para que atracara el crucero en el puerto. Pasó por la aduana y tomó un taxi hasta la oficina de reservas de la Cunard, junto al muelle. Un hombre de elegante uniforme blanco, con demasiados galones dorados para tratarse de un simple empleado de reservas, le preguntó en qué podía servirle.

– Quisiera reservar un camarote de primera clase para la travesía del Queen Elizabeth a Nueva York -dijo Townsend-. Mi tía ya está a bordo, efectuando su crucero anual, y me preguntaba si quedaría libre algún camarote cerca del suyo.

– ¿Cómo se llama su tía? -preguntó el empleado de efectuar las reservas.

– Es la señora Margaret Sherwood -contestó Townsend.

Un dedo recorrió la lista de pasajeros.

– Ah, sí. La señora Sherwood ocupa la suite Trafalgar, como siempre. Se halla situada en la tercera cubierta. Sólo nos queda un camarote de primera en esa cubierta, y no está lejos del suyo.

El empleado de reservas desplegó un trazado a gran escala del barco y señaló dos cajetines, el segundo de los cuales era considerablemente más grande que el primero.

– No podría ser mejor -asintió Townsend, y le entregó una de sus tarjetas de crédito.

– ¿Debemos informar a su tía de que subirá usted a bordo? -preguntó solícitamente el empleado.

– No -contestó Townsend sin pestañear-. Eso echaría a perder la sorpresa.

– Si quiere dejar aquí su equipaje, señor, me ocuparé de que lo lleven a su camarote en cuanto atraque el barco.

– Gracias. ¿Puede indicarme cómo llegar al centro de la ciudad?

Al alejarse del muelle, pensó en Kate y se preguntó si habría logrado publicar el artículo en el periódico del barco.

Visitó tres quioscos durante el largo trayecto a pie hasta Kingston, y compró Time, Newsweek y todos los periódicos locales. Se detuvo luego en el primer restaurante que encontró con un cartel de la American Express en la puerta, ocupó una mesa tranquila en un rincón y se dispuso a tomar un prolongado almuerzo.

Siempre le habían fascinado los periódicos de otros países, pero sabía que abandonaría la isla sin el menor deseo de llegar a ser el propietario del Jamaica Times que, aunque no se tuviera otra cosa que hacer, sólo suponía una lectura de quince minutos. Entre un artículo acerca de cómo pasaba el día la esposa del ministro de agricultura y otro que explicaba por qué el equipo de críquet de la isla perdía continuamente sus partidos, su mente no dejaba de revisar la información que Sally Carr había grabado en Sydney. Le resultaba difícil creer que Sharon fuera tan incompetente como Sally afirmaba pero, si lo era, tendría que aceptar la opinión de Sally de que debía de ser notablemente buena en la cama.