Mientras lo decía, la barbilla le sobresalía. La recuerdo así, con la barbilla sobresaliente y una copa delante de ella, en la mesa de la cocina; no tan joven, ardiente y bonita como aparecía en la película, pero fuerte, valiente, el tipo de anciana que no permitiría que alguien se colara delante de ella en la cola del supermercado. Le gustaba venir a mi casa a tomar un trago mientras Luke y yo preparábamos la cena, y contarnos lo que funcionaba mal en su vida, que siempre se convertía en lo que funcionaba mal en la nuestra. En aquel tiempo tenía el pelo canoso, por supuesto. Jamás se lo habría teñido. Por qué aparentar, decía De todos modos, para qué lo quiero, no quiero a ningún hombre a mi lado, para qué sirven, excepto por los diez segundos que emplean en hacer medio bebé. Un hombre es simplemente el instrumento de una mujer para hacer otras mujeres. No digo que tu padre no fuera un buen chico y todo eso, pero no estaba preparado para la paternidad. Y no es que yo pretendiera eso de él. Solamente haz tu trabajo, y luego puedes esfumarte, le dije, yo tengo un sueldo decente y puedo ocuparme de ella. Así que se fue a la costa y me enviaba postales de Navidad. Tenía unos hermosos ojos azules. Pero a todos ellos les falta algo, incluso a los guapos. Es como si estuvieran permanentemente distraídos, como si no pudieran recordar exactamente quiénes son. Miran mucho al cielo. Y pierden el contacto con la realidad. No tienen ni punto de comparación con las mujeres, salvo que son mejores arreglando coches y jugando al fútbol, que es justamente lo que necesitamos para el progreso de la raza humana, ¿verdad?
Así es como hablaba, incluso delante de Luke. A él no le importaba y le tomaba el pelo fingiendo ser un macho, le decía que las mujeres no estaban capacitadas para el pensamiento abstracto, y ella se tomaba otro trago y le dedicaba una sonrisa burlona.
Cerdo chauvinista, le decía.
¿No te parece anticuada?, me preguntaba Luke a mí, y mi madre lo miraba con cierta malicia, casi furtivamente.
Tengo derecho, le respondía. Soy lo suficientemente vieja, he pagado todas mis deudas, ahora me toca ser anticuada. Tú aún no sabes limpiarte los mocos. Cochinillo tendría que haberte dicho.
En lo que se refiere a ti, me decía, no eres más que un juego para él. Una llamarada que enseguida se extingue. El tiempo me dará la razón.
Pero este tipo de cosas sólo las decía después del tercer trago.
Vosotros los jóvenes no sabéis apreciar las cosas, proseguía. No sabéis lo que hemos tenido que pasar para lograr que estéis donde estáis. Míralo, es él quien pela las zanahorias. ¿Sabéis cuántas vidas de mujeres, cuántos cuerpos de mujeres han tenido que arrollar los tanques para llegar a esta situación?
La cocina es mi pasatiempo predilecto, decía Luke. Disfruto cocinando.
Un pasatiempo muy original, replicaba mi madre. No tienes por qué darme explicaciones. En otros tiempos no te habrían permitido tener semejante pasatiempo, te habrían llamado marica.
Vamos, madre, le decía yo. No discutamos por tonterías.
Tonterías, repetía amargamente. Las llamas tonterías. Veo que no entiendes. No entiendes nada de lo que estoy diciendo.
A veces se echaba a llorar. Estaba tan sola…, decía. No tienes idea de lo sola que estaba. Y tenía amigos, era afortunada, pero igual estaba sola.
En ciertos aspectos admiraba a mi madre, aunque las cosas entre nosotras nunca eran fáciles. Yo sentía que ella esperaba demasiado de mí. Esperaba que yo reivindicara su vida y las elecciones que ella había hecho. Yo no quería vivir mi vida según sus términos. No quería ser una hija modelo, la encarnación de sus ideas. Solíamos discutir por eso. No soy la justificación de tu existencia, le dije una vez.
Quiero tenerla a mi lado otra vez. Quiero tenerlo todo otra vez, tal como era. Pero este deseo no tiene sentido.
CAPÍTULO 21
Aquí hace calor, y hay mucho ruido. Las voces de las mujeres se elevan a mi alrededor en un cántico suave que para mí es aún demasiado fuerte, después de tantos y tantos días de silencio. En un rincón de la habitación hay una sábana manchada de sangre, hecha un bulto y tirada, de cuando Janine rompió aguas. No me había dado cuenta hasta ahora.
La habitación también huele, el aire está cargado, tendrían que abrir una ventana. El olor que se siente es el de nuestra propia carne, un olor orgánico, a sudor con un matiz de olor a hierro que debe de salir de la sangre de la sábana, y otro olor, más animal, que seguramente sale de Janine: olor a guarida, a cueva habitada, el olor de la flauta de cuadros encima de la cual una vez parió la gata, antes de que la esterilizaran. Olor a matriz.
– Aspira, aspira -cantamos, tal como nos han enseñado-. Aguanta, aguanta. Expele, expele, expele -cantamos hasta llegar a cinco. Cinco para coger aire, cinco para retenerlo y cinco para expulsarlo. Janine, con los ojos cerrados, intenta aminorar el ritmo de su respiración. Tía Elizabeth tantea en busca de las contracciones.
Ahora Janine está intranquila y quiere caminar. Las dos mujeres la ayudan a bajar de la cama y la sostienen una a cada lado mientras ella camina. Le sobreviene una contracción que la obliga a doblarse. Una de las mujeres se arrodilla y le fricciona la espalda. Todas nosotras sabemos hacerlo, hemos recibido lecciones. Reconozco a Deglen, mi compañera de compras, a dos asientos de distancia del mío. El suave cántico nos envuelve como una membrana.
Llega una Martha con una bandeja: una jarra con zumo de frutas, como el que venía en polvo, y que parece de uva, y un montón de vasos de cartón. La deja sobre la alfombra, delante de las mujeres que cantan. Deglen, sin perder el ritmo, sirve el zumo y los vasos recorren la fila.
Recibo un vaso, me inclino hacia un costado para pasarlo y la mujer que está a mi lado me pregunta al oído:
– ¿Estás buscando a alguien?
– Moira -le digo, también en voz baja-. Pelo oscuro y pecas.
– No -responde la mujer-. No la conozco, no estaba conmigo en el Centro, aunque la he visto comprando. Pero te la buscaré.
– ¿Quién eres? -le pregunto.
– Alma -responde-. ¿Cuál es tu verdadero nombre?
Quiero decirle que en el Centro había otra Alma. Quiero decirle mi nombre, pero Tía Elizabeth levanta la cabeza y recorre la habitación con la mirada; debe de haber notado una alteración en el cántico, así que no tengo tiempo. A veces, en los Días de Nacimiento, te enteras de cosas. Pero no tendría sentido preguntar por Luke. No debe de haber estado en ningún sitio en el que alguna de estas mujeres pudiera verlo.
El cántico prosigue, y empieza a contagiarme. Es difícil, tienes que concentrarte. Identificaos con vuestro cuerpo, decía Tía Elizabeth. Ya puedo sentir ligeros dolores en el vientre y pesadez en los pechos. Janine grita, es un grito débil, una mezcla de grito y gemido.
– Está entrando en trance -dice Tía Elizabeth.
Una de las ayudantes le limpia la frente a Janine con u» paño húmedo. Janine está sudando, algunos mechones de pelo se le sueltan de la banda elástica y otros más pequeños le quedan pegados en la frente y el cuello. Tiene la piel húmeda, empapada y lustrosa.
– ¡Jadea! ¡Jadea! ¡Jadea! -cantamos.
– Quiero salir -dice Janine-. Quiero dar un paseo. Me siento bien. Tengo que ir al retrete.
Todas sabemos que está en un momento de transición, que no sabe lo que hace. ¿Cuál de estas afirmaciones es verdad? Probablemente la última. Tía Elizabeth hace una señal; dos mujeres se colocan junto al lavabo portátil y ayudan a Janine a sentarse en él. Ahora otro olor se añade a los que ya había en la habitación. Janine vuelve a gruñir e inclina la cabeza de modo tal que sólo podemos ver su pelo. Así encogida, parece una muñeca con los brazos en jarras, una muñeca vieja a la que han maltratado y abandonado en un rincón.