Выбрать главу

Janine preguntó: ¿Puedo sentarme?, como si todo esto fuera demasiado para ella. Por fin tenía algo con qué negociar, al menos algo que le servía como vale.

Sí, Janine, respondió Tía Lydia sorprendida, pero sabiendo que en este momento no podía negarse. Buscaba la atención de Janine, su colaboración. Señaló la silla del rincón. Janine la colocó más adelante.

Cuando Tía Elizabeth estuvo bien escondida y fuera de la vista, detrás del horno, Moira le dijo: Sabes que podría matarte. Y hacerte tanto daño que nunca más volverías a tener el cuerpo sano. Podría golpearte con esto, o clavártelo en el ojo. Simplemente, si alguna vez se presenta la ocasión, recuerda que no lo hice.

Tía Lydia no le contó esto último a Janine, pero yo supongo que Moira dijo algo así. De cualquier manera, no mató ni mutiló a Tía Elizabeth quien, unos días más tarde, una vez que se recuperó de las siete horas pasadas detrás del horno, y probablemente del interrogatorio -porque ni las Tías ni los demás habían descartado la posibilidad de que existiera complicidad-, volvió al Centro a trabajar.

Moira se irguió y miró resueltamente hacia delante.

Puso los hombros hacia atrás, enderezó la columna y apretó los labios. Ésta no era nuestra postura habitual. Generalmente caminábamos con la cabeza baja, con la vista clavada en nuestras manos o en el suelo. Moira no se parecía mucho a Tía Elizabeth, ni siquiera con el griñón marrón puesto; pero su postura rígida era aparentemente suficiente para convencer a los Ángeles que estaban de guardia y que nunca nos habían visto muy de cerca, ni siquiera a las Tías, y a ellas quizá menos que a nadie. Así que Moira avanzó directamente hacia la puerta delantera, con el porte de una persona que sabe a dónde va; los Ángeles la saludaron y ella presentó el pase de Tía Elizabeth, que no se molestaron en examinar porque nadie insultaría de ese modo a una de las Tías. Y desapareció.

Oh, dijo Janine. ¿Quién sabe lo que sintió? Quizá se alegró. Si fue así, lo disimuló muy bien.

Así que, Janine, dijo Tía Lydia, esto es lo que quiero que hagas.

Janine abrió los ojos desmesuradamente e intentó parecer inocente y atenta.

Quiero que abras bien los ojos. Tal vez alguna de las otras estaba complicada en esto.

Sí, Tía Lydia, dijo Janine.

Y que si oyes algo, vengas y me lo cuentes, ¿lo harás, querida?

Sí, Tía Lydia, dijo Janine. Sabía que no tendría que arrodillarse nunca más en el frente de la clase, ni oír que todas le gritábamos que había sido culpa suya. Ahora le tocaría el turno a otra. De momento, salía del apuro.

El hecho de que le contara a Dolores todo acerca de la entrevista en el despacho de Tía Lydia, no significaba nada. No significaba que no atestiguaría contra nosotras, contra cualquiera de nosotras, si se le presentaba la oportunidad. Lo sabíamos. En ese entonces la tratábamos del mismo modo en que la gente solía tratar a una de esas personas sin piernas que venden lápices en las esquinas. La evitábamos siempre que podíamos y éramos caritativas con ella cuando no teníamos más remedio. Ella representaba un peligro para nosotras, lo sabíamos.

Dolores probablemente le palmeó la espalda y le dijo que era una buena compañera al contárnoslo. ¿Dónde tuvo lugar este intercambio? En el gimnasio, mientras nos preparábamos para acostarnos. La cama de Dolores estaba al lado de la de Janine.

Esa noche, el relato de lo ocurrido se extendió entre nosotras, en la semipenumbra, en voz baja, de cama en cama.

Moira estaba afuera, en algún lugar. Estaba en libertad, o muerta. ¿Qué haría? El pensamiento de lo que haría se expandió hasta ocupar toda la habitación. En cualquier momento podía producirse una explosión que lo destrozara todo, los cristales de la ventana caerían hacia adentro, las puertas se abrirían de par en par… Ahora Moira tenía poder, la habían puesto en libertad, se había puesto a sí misma en libertad. Ahora era una mujer libre.

Creo que nos pareció espantoso.

Moira era como un ascensor con los costados abiertos. Nos producía vértigo. Ya estábamos perdiendo el gusto por la libertad, ya nos parecía que estas paredes eran seguras. En las capas más altas de la atmósfera podrías desintegrarte, vaporizarte, no habría presión para mantenerte unida.

De todos modos, Moira era nuestra fantasía. La abrazábamos y estaba con nosotras en secreto, como una risita ahogada. Era como la lava debajo de la corteza de la vida cotidiana. A la luz de Moira, las Tías resultaban menos temibles y más absurdas. Su poder tenía grietas. Podían ser secuestradas en los lavabos. La audacia era lo que nos gustaba.

Suponíamos que en cualquier momento la traerían a la rastra, como habían hecho anteriormente. No podíamos imaginar lo que le harían esta vez. Fuera lo que fuese, sería terrible.

Pero no ocurrió nada. Moira no volvió a aparecer. Por ahora.

CAPÍTULO 23

Esto es una reconstrucción. Todo esto es una reconstrucción. Es una reconstrucción que tiene lugar ahora, en mi cabeza, mientras estoy tendida en mi cama individual, repasando lo que debería o no debería haber dicho, lo que debería o no debería haber hecho, cómo debería haber actuado. Si alguna vez salgo de aquí…

Detengámonos en este punto. Tengo la intención de salir de aquí. Esto no puede durar toda la vida. Otros han pensado lo mismo anteriormente, en épocas malas, y siempre tuvieron razón, salieron de una u otra forma, y no duró toda la vida. Aunque para ellos haya durado toda su vida.

Cuando salga de aquí, si alguna vez soy capaz de dejar constancia de esto de alguna manera, incluso relatándoselo a alguien, también será una reconstrucción e incluso otra versión. Es imposible contar una cosa exactamente tal como ocurrió, porque lo que uno dice nunca puede ser exacto, siempre se deja algo, hay muchas partes, aspectos, contracorrientes, matices; demasiados detalles que podrían significar esto o aquello, demasiadas formas que no pueden ser totalmente descritas, demasiados aromas y sabores en el aire o en la lengua, demasiados colores. Pero si llegas a ser un hombre, alguna vez, en el futuro, si logras llegar tan lejos, por favor recuerda esto: nunca estarás tan atado como una mujer a la tentación de perdonar a un hombre. Es difícil resistirse, créeme. Pero recuerda que el perdón también es un signo de poder. Implorarlo es un signo de poder, y negarlo o concederlo es un signo de poder, tal vez el más grande.

Quizá nada de esto se puede verificar. Quizá no se trata realmente de quién puede poseer a quién, de quién puede hacer qué a quién, incluso la muerte, sin ser castigado. Quizá no se trata de quién puede sentarse y quién tiene que arrodillarse o estar de pie o acostarse con las piernas abiertas. Quizá se trata de quién puede hacer qué a quién y ser perdonado por ello. No me digáis que significa lo mismo.

Quiero que me beses, dijo el Comandante.

Bien, naturalmente ocurrió algo después de eso. Semejantes peticiones nunca caen como llovidas del cielo.

Después de todo me fui a dormir, y soñé que llevaba pendientes, y uno de ellos estaba roto; nada más que eso, simplemente el cerebro examinando sus archivos más recónditos, y Cora me despertó al traerme la bandeja de la cena y el tiempo seguía su curso.

– ¿Es un bebé bonito? -pregunta Cora mientras deja la bandeja. Ya debe de saberlo, ellas tienen una especie de telegrafía oral, que difunde las noticias de casa en casa; pero a ella le produce placer oírlas, como si mis palabras las hicieran más reales.

– Es bonito -respondo-. Un encanto. Es una niña.

Cora me sonríe, la suya es una sonrisa abarcadora. Éstos son los momentos que la llevan a pensar que lo que hace merece la pena.

– Eso esta muy bien -comenta. Su voz es casi melancólica, y yo pienso: por supuesto. A ella le habría gustado estar allí. Es como una fiesta a la que no pudo ir.

– Quizá nosotras pronto tendremos uno -dice en tono tímido. Cuando dice nosotras se refiere a mí. A mí me corresponde pagar la recompensa, justificar la comida y los cuidados que recibo, como una hormiga reina con los huevos. Rita me desaprobaría, pero Cora no. Por el contrario, depende de mí. Tiene esperanzas, y yo soy el vehículo de sus esperanzas.