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– Me gusta hacer las cosas bien, y punto -afirma, otra vez en tono malhumorado-. De otro modo no tendría sentido.

Camino por el pasillo a toda prisa y subo la escalera. Paso silenciosamente junto al espejo curvado del vestíbulo, una sombra roja en el extremo de mi propio campo visual, un espectro de humo rojo. El humo está en mi mente, pero ya puedo sentirlo en mi boca, bajando hasta mis pulmones y llenándome en un prolongado y lascivo suspiro de canela, y luego el arrebato mientras la nicotina golpea mi torrente sanguíneo.

Después de tanto tiempo, podría hacerme daño. No me sorprendería. Pero incluso esa idea me gusta.

Mientras avanzo por el pasillo me pregunto dónde podría hacerlo. ¿ En el cuarto de baño, dejando correr el agua para que el aire se despejara, o en la habitación, dejando escapar las bocanadas por la ventana abierta? ¿Alguien me descubrirá? ¿Quién sabe?

Mientras me deleito de este modo pensando en lo que va a ocurrir, anticipando el sabor en mi boca, pienso en algo más.

No necesito fumar este cigarrillo.

Podría deshacerlo y tirarlo al retrete, O comérmelo y drogarme de esa manera, también podría funcionar, un poco cada vez, y guardar el resto.

De ese modo podría guardar la cerilla. Podría hacer un pequeño agujero en el colchón y deslizarla en el interior cuidadosamente. Nadie repararía jamás en una cosa tan pequeña. Y por la noche, al acostarme, la tendría debajo de mí. Dormiría encima de ella.

Podría incendiar la casa. Es una buena idea, me hace temblar.

Y yo me escaparía por los pelos.

Me echo en la cama y finjo dormitar.

Anoche el Comandante, juntando los dedos, me miraba mientras yo me friccionaba las manos con loción. Lo raro es que pensé pedirle un cigarrillo y después decidí no hacerlo. Sé que no debo pedir demasiadas cosas al mismo tiempo. No quiero que piense que lo estoy utilizando. Tampoco quiero que se canse.

Anoche se sirvió un vaso de whisky escocés con agua. Se ha acostumbrado a beber en mi presencia, para relajarse de la tensión del día, dice. Deduzco que recibe presiones. De todos modos, nunca me ofrece una copa, ni yo se la pido: ambos sabemos para qué es mi cuerpo. Cuando le doy el beso de buenas noches, como si lo hiciera de verdad, su aliento huele a alcohol, y yo lo aspiro como si fuera humo. Admito que disfruto con esta pizca de disipación.

En ocasiones, después de unos tragos se pone tonto y hace trampas en el Intelect. Me anima a que yo también lo haga, y entonces cogemos algunas letras más y formamos palabras que no existen, como chucrete y sucundún, y nos reímos con ellas. A veces enciende su radio de onda corta y me hace oír uno o dos minutos de Radio América Libre, para mostrarme que puede hacerlo. Luego la apaga. Malditos cubanos, protesta. Y toda esa inmundicia cotidiana universal.

A veces, después de las partidas, se sienta en el suelo, junto a mi silla, y me coge la mano. Su cabeza queda un poco por debajo de la mía, de manera que cuando me mira muestra un ángulo juvenil. Debe de divertirle esta falsa subordinación.

Él está arriba, dice Deglen. Él está en lo alto, y me refiero a lo más alto.

En momentos como ése es difícil imaginárselo.

De vez en cuando intento ponerme en su lugar. Lo hago como una táctica, para adivinar anticipadamente cómo se siente inclinado a tratarme. Me resulta difícil creer que tengo sobre él algún tipo de poder, pero lo hago. Sin embargo, es algo equívoco. De vez en cuando pienso que puedo verme a mí misma, aunque borrosa, tal como él me ve. Hay cosas que él quiere demostrarme, regalos que quiere darme, favores que quiere hacerme, ternura que quiere inspirar.

Quiere, muy bien. Sobre todo después de unos tragos.

En ocasiones se torna quejumbroso, y en otros momentos filosófico; o desea explicar cosas, justificarse. Como anoche.

El problema no sólo lo tenían las mujeres, dice. El problema principal era el de los hombres. Ya no había nada para ellos.

¿Nada?, le pregunto. Pero tenían…

No tenían nada que hacer, puntualiza.

Podían hacer dinero, replico en un tono algo brusco. Ahora no le temo. Resulta difícil temerle a un hombre que está sentado mirando cómo te pones loción en las manos. Esta falta de temor es peligrosa.

No es suficiente, dice. Es algo demasiado abstracto. Me refiero a que no tenían nada que hacer con las mujeres.

¿Qué quiere decir?, le pregunto. ¿Y los Pornrincones? Estaban por todas partes, incluso los habían motorizado.

No estoy hablando del sexo, me aclara. El sexo era una parte, y algo demasiado accesible. Cualquiera podía comprarlo. No había nada por lo que trabajar, nada por lo que luchar. Tenemos las declaraciones de aquella época. ¿Sabes de qué se quejaba la mayoría? De incapacidad para sentir. Los hombres incluso se desvincularon del sexo. Se les quitaron las ganas de casarse.

¿Y ahora sienten?, pregunto.

Sí, afirma, mirándome. Claro que sienten. Se pone de pie y rodea el escritorio hasta quedar junto a mi silla, detrás de mí. Pone sus manos sobre mis hombros. No puedo verlo.

Me gustaría saber lo que piensas, dice su voz a mis espaldas.

No pienso mucho, respondo débilmente. Lo que quiere son relaciones íntimas, pero eso es algo que no puedo darle.

Lo que yo piense no tiene mucha importancia, ¿verdad?, insinúo. Lo que yo piense no cuenta.

Que es la única razón por la cual me cuenta cosas.

Vamos, me anima, presionándome ligeramente los hombros. Estoy interesado en tu opinión. Eres inteligente, debes tener una opinión.

¿Sobre qué?, pregunto.

Sobre lo que hemos hecho, especifica. Sobre cómo han salido las cosas.

Me quedo muy quieta. Intento vaciar mi mente. Pienso en el cielo, por la noche, cuando no hay luna. No tengo opinión, afirmo.

Él suspira, afloja las manos pero las deja sobre mis hombros. Sabe lo que pienso.

No se puede nadar y guardar la ropa, sentencia. Pensamos que podíamos hacer que todo fuera mejor.

¿Mejor?, repito en voz baja. ¿Cómo puede creer que esto es mejor?

Mejor nunca significa mejor para todos, comenta. Para algunos siempre es peor.

Me acuesto; el aire húmedo me cubre como si fuera una tapa. Como la tierra. Me gustaría que lloviera. Mejor aún, que se desatara una tormenta con relámpagos, nubes negras y ruidos ensordecedores. Y que se cortara la luz. Entonces yo bajaría a la cocina, diría que tengo miedo y me sentaría con Rita y Cora junto a la mesa, y comprenderían mi miedo porque es el mismo que ellas sienten, y me dejarían quedarme. Habría unas velas encendidas y miraríamos nuestros rostros yendo y viniendo bajo el parpadeo y los destellos de la luz mellada que entraría por la ventana. Oh Señor, diría Cora. Oh Señor, protégenos.

Después de eso, el aire se despejaría y sería más claro.

Miro el cielo raso, el círculo de flores de yeso. Dibuja un círculo y métete en él, que te protegerá. En el centro estaba la araña, y de la araña colgaba un trozo de sábana retorcida. Allí es donde ella se balanceaba, ligeramente, como un péndulo; de la misma manera que se balancearía un niño cogido a la rama de un árbol. Cuando Cora abrió la puerta, ella estaba a salvo, completamente protegida. A veces pienso que aún está aquí, conmigo.

Me siento como si estuviera enterrada.

CAPÍTULO 33

A última hora de la tarde, el cielo se cubre de nubes y la luz del sol se difunde pesadamente, como bronce en polvo. Me deslizo por la acera, con Deglen; nosotras dos, y frente a nosotras otro par, y en la acera de enfrente, otro más. Vistas desde la distancia, debemos de formar una bonita imagen: una imagen pictórica, como lecheras holandesas de una cenefa de papel pintado, como una estantería llena de saleros y pimenteros de cerámica con el diseño de trajes de época, como una flotilla de cisnes, o cualquier otra cosa que se repite con un mínimo de gracia y sin variación. Relajante para la vista, para los ojos, para los Ojos, porque esta demostración es para ellos. Salimos en Peregrinación, para demostrar lo obedientes y piadosas que somos.