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Todo el traje, antiguo y estrafalario, me recuerda algo del pasado, pero no logro deducir qué es. ¿Una obra de teatro, una comedia musical? Las chicas vestidas para Semana Santa, con trajes de conejo. ¿Qué significado tiene eso en este lugar, por qué se supone que los conejos son sexualmente atractivos para los hombres? ¿Cómo puede resultar atractivo un traje tan ruinoso?

Moira está fumando un cigarrillo. Da una calada y se lo pasa a la mujer de su izquierda, que tiene puesto un vestido de lentejuelas rojas con una larga cola terminada en punta y cuernos de plata: un traje de diablo. Ahora tiene los brazos cruzados delante del cuerpo, debajo de los pechos levantados con alambre. Se apoya en un pie, luego en el otro, deben de dolerle los pies. Tiene la columna ligeramente encorvada. Recorre la habitación con la mirada, pero sin interés. Éste debe de ser un escenario familiar.

Quiero que me mire, que me vea, pero su mirada se desliza sobre mí como si yo no fuera más que otra palmera, otra silla. Seguramente volverá a mirar, lo deseo con todas mis fuerzas, debe mirarme antes de que alguno de los hombres se acerque a ella, antes de desaparecer. La otra mujer que está con ella, la rubia de la mañanita color rosa con un adorno de piel gastada, ya tiene asignado un acompañante, ha entrado en el ascensor de cristal y ha subido hasta desaparecer de la vista. Moira vuelve a girar la cabeza, tal vez en busca de posibles clientes.

Debe de resultar duro quedarse allí sin que nadie la reclame, como si estuviera en un baile del colegio y la pasaran por alto. Esta vez sus ojos se fijan en mí. Me ve. Sabe que es mejor no reaccionar.

Nos miramos fijamente, con rostro inexpresivo y apático. Luego ella hace un leve movimiento con la cabeza, una ligera sacudida a la derecha. Vuelve a coger el cigarrillo que le ofrece la mujer de rojo, se lo lleva a la boca y deja la mano suspendida un momento en el aire, los cinco dedos estirados. Luego se vuelve de espaldas.

Nuestra antigua señal. Tengo cinco minutos para llegar al lavabo de las mujeres, que debe de estar en alguna parte a su derecha. Miro a mi alrededor: ni rastros del lavabo. No puedo arriesgarme a subir y caminar sin rumbo fijo, sin el Comandante. No conozco lo suficiente, no estoy al tanto, podrían hacerme preguntas.

Un minuto, dos. Moira empieza a pasearse al ver que no aparezco. Sólo puede confiar en que la he entendido y que la seguiré.

El Comandante regresa con dos vasos. Me sonríe, coloca los vasos sobre la larga mesa de café, frente al sofá, y se sienta.

– ¿Te diviertes? -me pregunta. Quiere que me divierta. Al fin y al cabo, esto es un placer.

Le sonrío.

– ¿Hay lavabo? -pregunto.

– Por supuesto -responde. Da un sorbo de su vaso. No me proporciona más información.

– Necesito ir -cuento mentalmente, ya no son minutos, sino segundos.

– Está allí -me indica.

– ¿Y si alguien me detiene?

– Enséñale tu etiqueta -dice-. Será suficiente. Sabrán que estás reservada.

Me levanto y cruzo la sala con paso vacilante. Al llegar a la fuente me tambaleo y estoy a punto de caer. Son los tacones. Sin el brazo del Comandante para sujetarme, pierdo el equilibrio. Varios hombres me miran, creo que con asombro más que con lascivia. Me siento tonta. Pongo el brazo izquierdo delante de mi cuerpo, bien visible y doblado a la altura del codo con la etiqueta hacia afuera. Nadie dice nada.

CAPÍTULO 38

Encuentro la entrada a los lavabos de mujeres. En la puerta aún se lee la palabra Damas escrita en letras doradas con adornos. Hay un pasillo que conduce a la puerta y, junto a ésta, una mujer sentada delante de una mesa, supervisando las entradas y las salidas. Es una mujer mayor que lleva un caftán color púrpura y los ojos pintados con sombra dorada, pero no hay vuelta de hoja: es una Tía. Tiene el aguijón sobre la mesa y la correa alrededor de la muñeca. Aquí no se hacen tonterías.

– Quince minutos -me avisa. Me entrega un cartón rectangular de color púrpura que coge de una pila que hay sobre la mesa. Es como un probador de una tienda de las de antes. Oigo que le dice a la mujer que entra detrás de mí-: Acabas de estar aquí.

– Necesito ir otra vez -le explica la mujer.

– El descanso es una vez por hora -dice la Tía -. Ya conoces las reglas.

La mujer empieza a protestar en tono desesperado y quejoso. Empujo la puerta y la abro.

Recuerdo esto. Es la zona de descanso, iluminada suavemente en tonos rosados; hay varios sillones y un sofá con un estampado de brotes de bambú de color verde lima, y encima un reloj de pared con un marco de filigrana dorada. Aquí no han quitado el espejo, hay uno muy grande frente al sofá. Aquí necesitas saber el aspecto que tienes. Al otro lado de una arcada se encuentran los cubículos de los retretes, también rosados, y lavabos y más espejos.

Hay varias mujeres sentadas en las sillas y en el sofá; se han quitado los zapatos y están fumando. Cuando entro, me observan. En el aire se mezclan el olor a perfume, a humo y a carne en acción.

– ¿Nueva? -me pregunta una de ellas.

– Sí -respondo mientras busco con la mirada a Moira, a quien no veo por ninguna parte.

Las mujeres no sonríen. Vuelven a concentrarse en sus cigarrillos como si se tratara de un asunto serio. En la sala del extremo, una mujer vestida con un traje de gato, con una cola de imitación piel de color naranja, se está arreglando el maquillaje. Es como estar en unos camerinos: maquillaje y humo, materiales de la ilusión.

Vacilo, no sé qué hacer. No quiero preguntar por Moira, no sé hasta qué punto es seguro. Entonces se oye correr el agua de uno de los retretes y Moira sale. Se balancea en dirección a mí; espero alguna señal.

– Todo está bien -me dice a mí y a las otras mujeres-. La conozco -las otras sonríen, y Moira me abraza. La rodeo con mis brazos y el alambre que le levanta los pechos se clava en mi pecho. Nos besamos, primero una mejilla, luego la otra. Nos separamos.

– Qué horror -afirma y me dedica una sonrisa Pareces la Puta de Babilonia.

– ¿No es lo que debo parecer? -le pregunto. Tú pareces una cosa arrastrada por un gato.

– Sí -reconoce levantando la frente-, no es mi estilo, y esta cosa está a punto de caerse a pedazos. Me gustaría que encontraran a alguien que aún supiera cómo hacerlos. Entonces podría conseguir algo medianamente decente.

– ¿Lo escogiste tú? -me pregunto si lo habrá preferido a los otros por ser menos chillón. Al menos éste sólo es blanco y negro.

– Demonios, no -exclama-. Es de los que reparte el gobierno. Supongo que pensaron que era yo.

Aún no puedo creer que sea ella. Vuelvo a tocarle el brazo. Me echo a llorar.

– No lo hagas -me aconseja. Se te correrá la pintura. Además no hay tiempo. Apartaos -les dice en su habitual estilo perentorio y cortante a las dos mujeres que están sentadas en el sofá; y, como de costumbre, se sale con la suya.

– De todos modos se me termina el descanso -responde una de las mujeres, vestida con un traje azul pálido de Viuda Alegre y calcetines blancos. Se pone de pie y me estrecha la mano- Bienvenida -me dice.

La otra mujer también se levanta y Moira y yo nos sentamos. Lo primero que hacemos es quitarnos los zapatos.

– ¿Qué diablos estás haciendo aquí? -me pregunta por fin-. No es que no sea fantástico verte, pero no es tan fantástico para ti. ¿Qué error cometiste? ¿Te reíste de su polla?