Retorno al presente, al hotel. Aquí es donde necesito estar. Me echo una mirada en este enorme espejo, bajo la luz blanca.
Me miro detenida y penetrantemente. Estoy hecha una ruina. El maquillaje se me ha vuelto a correr a pesar de los retoques de Moira, el lápiz labial purpurino se ha desteñido y tengo el pelo revuelto. Las plumas rosadas se ven chillonas como las de una muñeca de carnaval y algunas de las lentejuelas en forma de estrella se han caído. Probablemente faltaban desde el principio, y yo no lo noté. Parezco un travestí mal maquillado y con las ropas de otra persona.
Me gustaría tener un cepillo de dientes.
Podría quedarme aquí, pensando en todo esto, pero el tiempo pasa.
Debo estar de vuelta en la casa antes de medianoche; de lo contrario, me convertiré en una calabaza… ¿O eso es lo que le pasaba al carruaje? Según el calendario, mañana se celebra la Ceremonia, así que Serena quiere que yo esta noche sea montada, y si no estoy allí descubrirá el motivo, ¿y entonces qué?
Y el Comandante está esperando, para variar; lo oigo pasearse en la habitación principal. Ahora se detiene al otro lado de la puerta del cuarto de baño y se aclara la garganta con un teatral ejem. Abro el grifo del agua caliente para dar a entender que estoy lista, o algo parecido. Tengo que acabar con esto. Me lavo las manos. Tengo que cuidarme de la inercia.
Cuando salgo lo encuentro tendido en la enorme cama y noto que se ha quitado los zapatos. Me tiendo junto a él, no tiene que decírmelo. Preferiría no hacerlo, pero es bueno estirarse, estoy muy cansada.
Al fin solos, pienso. La cuestión es que no quiero estar a solas con él, no sobre la cama. Preferiría que también Serena estuviese presente. Preferiría jugar al Intelect.
Pero mi silencio no lo desanima.
– Es mañana, ¿verdad? -pregunta en tono suave-. Pensé que podríamos adelantarnos -se vuelve hacia mí.
– ¿Por qué me ha traído aquí? -le digo fríamente.
Ahora me acaricia el cuerpo; de proa a popa, como solían decir, con caricias gatunas a lo largo del costado izquierdo, bajando por la pierna izquierda. Se detiene al llegar al pie y me rodea el tobillo con los dedos, brevemente, como un brazalete, donde está el tatuaje, como si leyera el sistema Braille, como si fuera una marca del ganado. Significa propiedad.
Me recuerdo a mí misma que no es un hombre desagradable; que, en otras circunstancias, incluso me gustaría.
Sus manos se detienen.
– Pensé que podía gustarte un cambio -sabe que eso no es suficiente-. Supuse que era una especie de experimento -eso tampoco es suficiente. Dijiste que querías saber.
Se incorpora y empieza a desabotonarse la ropa. ¿Será peor verlo despojado del poder que le confiere la ropa? Se ha quitado la camisa, y debajo de ella aparece una triste y pequeña barriga. Y unos mechones de pelo.
Me baja uno de los tirantes y desliza la otra mano entre las plumas; pero no sirve de nada, allí me quedo como un pájaro muerto. Él no es un monstruo, pienso. No puedo permitirme el lujo de sentir orgullo o aversión, hay muchas cosas a las que se debe renunciar bajo determinadas circunstancias.
– Quizá sería mejor si apagara la luz -dice el Comandante, consternado y, sin duda alguna, defraudado. Antes de que apague la luz, lo veo. Sin el uniforme parece más pequeño, más viejo, como si empezara a secarse. El problema es que no puedo comportarme con él de una manera distinta a la habitual. Y habitualmente me muestro inerte. Seguramente aquí hay algo más para nosotros, algo que no sea esta futilidad y sensiblería.
Finge, me grito mentalmente. Debes recordar cómo hacerlo. Acaba con esto de una vez o te pasarás aquí toda la noche. Muévete. Respira pesadamente Es lo menos que puedes hacer.
XIII LA NOCHE
CAPÍTULO 40
Por la noche, el calor es peor que durante el día. A pesar de que el ventilador está encendido, todo permanece inmóvil; las paredes acumulan calor y lo despiden como si fueran un horno encendido. Seguramente lloverá pronto. ¿Por qué lo deseo? Sólo significará que habrá más humedad. A lo lejos se ve un relámpago, pero no se oye el trueno. Puedo verlo desde la ventana, una luz trémula -como la fosforescencia que se percibe en un mar agitado- detrás del cielo nublado, muy bajo y de un color gris infrarrojo apagado. Los reflectores están apagados, cosa que no es habitual. Un fallo en la corriente eléctrica. O Serena Joy lo habrá dispuesto así.
Me siento en la oscuridad; no tiene sentido dejar la luz encendida, se darían cuenta de que aún estoy despierta. Estoy completamente vestida, otra vez con mi hábito rojo, después de haberme quitado las lentejuelas y de haberme limpiado el lápiz labial con papel higiénico. Espero que no se note nada, espero no oler a maquillaje, ni a él.
Estará aquí a medianoche, tal como dijo. Puedo oírla, un débil golpecito, un débil arrastrar de pies sobre la alfombra espesa del pasillo, y después un suave golpe en la puerta. No digo nada, pero la sigo por el pasillo y luego escaleras abajo. Camina rápidamente, es más fuerte de lo que yo pensaba. Aprieta la barandilla con la mano izquierda, tal vez a causa del dolor y también para sujetarse. Pienso: se está mordiendo los labios, está sufriendo. No hay duda de que quiere al bebé. En el ojo de cristal que forma el espejo, mientras bajamos, nos veo a las dos, una silueta azul, una silueta roja. Yo y mi anverso.
Vamos hasta la cocina. Está desierta y han dejado encendida una lamparilla; se percibe la calma que reina durante la noche en las cocinas vacías. Los bols en la repisa, las latas y los recipientes de barro surgiendo amenazadoramente bajo la luz sombría. Los cuchillos están guardados en su soporte de madera.
– No saldré contigo -susurra. Resulta extraño oírla susurrar, como si fuera una de nosotras. Normalmente, las Esposas no bajan la voz-. Sal por la puerta y gira a la derecha. Encontrarás otra puerta; está abierta. Sube las escaleras y golpea, él te está esperando. Nadie te verá. Yo me quedaré aquí -entonces me esperará, por si surge algún problema. Por si Cora o Rita se levantan, vaya uno a saber por qué, y vienen a la parte de atrás de la cocina. ¿Qué les dirá? Que no podía dormir. Que quería un poco de leche caliente. Será lo suficientemente hábil para contarles una mentira, eso ya lo sé-. El Comandante está arriba, en su habitación -me explica-. No bajará a estas horas de la noche. Nunca lo hace -eso es lo que ella cree.
Abro la puerta de la cocina, salgo y espero un momento para que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. Hace mucho tiempo que no estoy fuera sola, por la noche. Ahora se oye un trueno, la tormenta se está acercando. ¿Qué habrá hecho con respecto a los Guardianes? Podrían dispararme pensando que soy un merodeador. Les habrá pagado con algo, o eso espero: cigarrillos, whisky, o tal vez ellos lo saben todo, todo este asunto del semental, tal vez si esto no funciona, después me hará probar con ellos.
La puerta que da al garaje está a pocos pasos de distancia. Camino sobre la hierba con paso silencioso y me deslizo en el interior. La escalera está a oscuras, tanto que no veo nada. Subo a tientas, escalón por escalón: hay una alfombra, me imagino que es de color champiñón. Alguna vez esto debió de ser un apartamento para un estudiante, una persona joven y soltera con un trabajo. Por aquí había un montón de casas grandes en las que vivían ellos. Un piso de soltero, así es como le llamaban a este tipo de apartamento. Me gusta comprobar que soy capaz de recordarlo. Entrada particular, ponían en los anuncios, lo cual significaba que podían llevar a alguna amiguita sin que nadie lo advirtiera.
Llego al final de la escalera y llamo a la puerta. Él mismo es quien abre, ¿quién si no? Hay una lámpara encendida, sólo una pero lo suficientemente potente para hacerme parpadear. Miro el interior de la habitación, no quiero mirarlo a los ojos. Es una habitación individual con una cama plegable, que ya está preparada, y una cocina pequeña empotrada en el otro extremo y otra puerta que debe de conducir al lavabo. Una habitación desmantelada, estilo militar y minúscula. No hay cuadros en las paredes, ni plantas. Él acampa aquí. La manta que hay sobre la cama es gris y lleva la inscripción U.S.