Los dos Guardianes sueltan los brazos del tercer hombre y retroceden. El hombre se tambalea -¿está drogado?- y cae de rodillas. Tiene los ojos arrugados en la carne hinchada, como si la luz fuera demasiado brillante para él. Lo han tenido encerrado en la oscuridad. Se lleva una mano a la mejilla, como para comprobar si aún está allí. Todo esto ocurre rápidamente, pero parece lento.
Nadie se mueve. Las mujeres lo miran con horror, como si fuera una rata medio muerta que se arrastra por el suelo de la cocina. Nos mira con los ojos entrecerrados, observa el círculo de mujeres rojas. Increíblemente, un costado de su boca se levanta… ¿será una sonrisa?
Intento penetrarlo con la mirada, ver dentro del rostro destrozado, averiguar cuál debe de ser su aspecto real. Supongo que tiene alrededor de treinta años. No es Luke.
Pero sé que podría haber sido él. Podría tratarse de Nick. Sé que, al margen de lo que haya hecho, no puedo tocarlo.
Dice algo. Sus palabras son poco claras, como si tuviera la garganta magullada, como si tuviera la lengua demasiado grande, pero igualmente lo oigo. Dice:
– Yo no…
Se produce un movimiento hacia delante, como si fuéramos una multitud en un concierto de música rock de otros tiempos y esperáramos a que se abrieran las puertas con esa urgencia que se apodera de nosotras. El aire está impregnado de adrenalina, todo nos está permitido, esto es la libertad, la siento en mi cuerpo, siento vértigo, una mancha roja se extiende por todas partes, pero antes de que la marea de ropas y cuerpos empiecen a golpearlo, Deglen se abre paso entre las mujeres dando codazos a diestra y siniestra y corre hacia él. Lo hace caer de costado y le patea la cabeza furiosamente, una, dos, tres veces, con golpes secos y certeros. Ahora se oyen gemidos, un sonido débil semejante a un gruñido, gritos, y los cuerpos rojos caen hacia delante y ya no veo nada, él ha quedado oculto por brazos, puños y pies. En algún sitio se oye un aullido, como el grito aterrorizado de un caballo.
Me quedo a cierta distancia, intentando mantener el equilibrio. Algo me golpea por detrás y me tambaleo. Cuando vuelvo a recuperar el equilibrio miro a mi alrededor y veo a las Esposas y a las hijas que se inclinan hacia delante en sus sillas, y a las Tías que observan con interés desde la plataforma. Desde allí arriba deben de tener mejor perspectiva.
Él se ha convertido en eso.
Deglen está otra vez a mi lado. Tiene la cara tensa y sin expresión.
– He visto lo que has hecho -le digo. Empiezo nuevamente a sentir conmoción, agravio, náusea. Barbarismo-. ¿Por qué lo hiciste? ¡Precisamente tú! Creí que…
– No me mires -me advierte-. Nos están vigilando.
– No me importa -replico. Estoy levantando la voz. No puedo evitarlo.
– Domínate -me aconseja. Finge apartarme cogiéndome del brazo y del hombro y acerca su cara a mi oreja-. No seas estúpida. Él no era un violador, era un político. Era uno de los nuestros. Lo dejé sin conocimiento. Le evité el dolor. ¿No ves lo que le están haciendo?
Uno de los nuestros, pienso. Un Guardián. Parece imposible.
Tía Lydia vuelve a tocar el silbato, pero las mujeres no se detienen de inmediato. Intervienen los dos Guardianes para apartarlas de lo que queda del hombre. Algunas quedan tendidas en el césped pues han sido golpeadas o pateadas por error. Otras se han desmayado. Las demás se dispersan de a dos o de a tres, o solas. Parecen aturdidas.
– Buscad vuestra pareja y formad fila -ordena Tía Lydia a través del micrófono. Unas pocas le obedecen. Una mujer se acerca a nosotras, caminando como si avanzara a tientas en la oscuridad: es Janine. Tiene una mancha de sangre en la cara y algunas más en la parte blanca de su tocado. Nos dedica una diminuta sonrisa. Tiene la mirada perdida.
– Hola -saluda-. ¿Cómo estás? -sujeta algo con la mano derecha. Es un mechón de pelo rubio. Ríe tontamente.
– Janine -le digo. Pero ahora se deja ir totalmente, como en una caída libre, en actitud de abandono.
– Que lo pases bien -dice y pasa junto a nosotras, en dirección a la entrada.
La observo. Ten cuidado, pienso. Ni siquiera siento pena por ella, aunque debería sentirla. Siento rabia. No me siento orgullosa por ello, ni por nada de todo esto. Pero eso es lo que cuenta.
Las manos me huelen a alquitrán caliente. Quiero regresar a la casa y subir al cuarto de baño y restregarme una y otra vez con el jabón duro y la piedra pómez para eliminar de mi piel cualquier rastro de este olor que me hace sentir enferma.
Y también estoy hambrienta. Parece monstruoso, pero sin embargo es verdad. La muerte me hace sentir hambre. Quizá es porque he quedado vacía; o quizá es el modo que tiene mi cuerpo de comprobar que estoy viva, y sigo repitiendo como en una plegaria: estoy, estoy. Aún estoy.
Quiero irme a la cama y hacer el amor, ahora mismo.
Pienso en la palabra fruición.
Me comería un caballo.
CAPÍTULO 44
Las cosas han vuelto a la normalidad.
¿Cómo puedo llamarle normalidad a esto? Aunque comparado con lo de esta mañana, es normal.
Para almorzar me dieron un bocadillo de pan moreno con queso, un vaso de leche, unas ramas de apio y peras en conserva. Un almuerzo de escolar. Me lo comí todo, no muy rápidamente, sino degustando de la exuberancia de sabores con la lengua. Ahora iré a la compra, como de costumbre. Casi espero ese momento ansiosamente. En cierto modo es un consuelo quebrar la rutina.
Salgo por la puerta de atrás y recorro el sendero. Nick está lavando el coche y lleva la gorra puesta de costado. No me mira. Ahora intentamos no mirarnos. Seguramente nos descubriríamos, incluso aquí al aire libre, donde nadie nos ve.
Me detengo en la esquina para esperar a Deglen. Se está retrasando. Finalmente, la veo venir, una silueta de ropa roja y blanca, como una cometa, caminando con paso uniforme, tal como nos han enseñado. La veo y al principio no noto nada. Pero a medida que se acerca me doy cuenta de que hay algo que no está bien. Tiene un aspecto raro. Ha cambiado de una manera indefinida; no está lastimada ni cojea. Es como si se hubiera encogido.
Cuando la tengo más cerca me doy cuenta. No es Deglen. Tiene la misma estatura, pero es más delgada, y su cara es beige en lugar de rosada. Se acerca a mí y se detiene.
– Bendito sea el fruto -me saluda. Imperturbable. Mojigata.
– Y que el Señor permita que se abra -contesto. Intento no revelar mi asombro.
– Tú debes de ser Defred -me dice. Respondo que sí y empezamos a caminar.
¿Y ahora?, pienso. La cabeza me da vueltas, esto no significa nada bueno, ¿qué habrá sido de ella, cómo averiguarlo sin que se note demasiado mi preocupación? No podemos crear amistades ni lealtades entre nosotras. Intento recordar cuánto tiempo tenía que pasar Deglen en su actual destacamento.
– Tenemos muy buen tiempo -comento.
– Lo que me llena de gozo -es una voz plácida, monótona, inexpresiva.
Pasamos por el primer puesto de control sin decir nada más. Ella se muestra taciturna, pero yo también. ¿Está esperando que yo empiece a hablar, que me descubra, o es una creyente que está absorta en la meditación?
– ¿Deglen ha sido trasladada? ¿Tan pronto? -le pregunto, sabiendo que no la han trasladado. La vi esta mañana. Me lo habría dicho.
– Yo soy Deglen -responde la mujer. Lo sé perfectamente. Por supuesto que lo es, es la nueva; y Deglen, esté donde esté, ya no es Deglen. Nunca supe su verdadero nombre. Así es como puedes perderte en un mar de nombres. Ahora no sería fácil encontrarla.
Vamos a Leche y Miel, y a Todo Carne, donde yo compro un pollo y la nueva Deglen coge un kilo de hamburguesas. Hay cola, como de costumbre. Veo a varias mujeres que reconozco e intercambio con ellas los infinitesimales movimientos de cabeza con los que mutuamente nos demostramos que somos conocidas, al menos para alguien, que aún existimos. Cuando salimos de Todo Carne, le digo a la nueva Deglen: