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Joseph Teller

El Décimo Caso

Un caso de Jaywalker, 1

© 2008 Joseph Teller

Título originaclass="underline" The Tenth Case

Traducido por María Perea Peña

Nota del autor

En mi último cumpleaños me di cuenta de que he llegado a la misma edad que tenía mi padre cuando dejó este mundo, demasiado pronto. Era médico obstetra; un médico encantador, venerado por sus empleados y por sus colegas, y adorado por sus pacientes. Hoy día sigo encontrándome con personas que, al saber que su primer apellido es el mismo que el mío y no por mera coincidencia, exclaman con emoción: «Oh, Dios mío, ¡él trajo a mis niños al mundo!», y de vez en cuando «¡Él me trajo al mundo!».

No es que mi padre no tuviera defectos, ni mucho menos. Era una persona que rendía más de lo esperado en todo lo que hacía, lo cual significa que sacaba las mejores notas del colegio, que cebaba el anzuelo a la perfección y que era capaz de recorrer el campo de béisbol a toda velocidad. Era un verdadero perfeccionista, un temprano obsesivo compulsivo.

Era, en resumen, un Jaywalker.

Agradecimientos

Estoy en deuda con mi editora, Leslie Wainger, y con la editora ejecutiva, Margaret O’Neill Marbury, así como con el editor adjunto Adam Wilson, por su fe en mí y su entusiasmo por mi alter ego, Jaywalker. Le agradezco a mi agente literario y amigo, Bob Diforio, que haya sido lo suficientemente inteligente como para reunirnos.

Mi esposa, Sandy, se merece reconocimiento por haberme convencido de que tirara a la basura la idea anterior que tenía para escribir un libro, y de que escribiera éste en su lugar.

Y les doy las gracias a mis amigos y antiguos colegas de 100 Centre Street, con muchos de los cuales sigo teniendo contacto. Les agradezco la camaradería que me demostraron cuando estábamos en las trincheras, y por las historias que compartimos a lo largo de los años. Seguramente, muchas de ellas habrán asomado en estas páginas.

1.

Un acto espontáneo de gratitud

– Ahora nos referimos al asunto de lo que constituye un castigo apropiado para sus muchas infracciones -dijo el juez que ocupaba el lugar central, un hombre de pelo gris cuyo nombre siempre le resultaba difícil de recordar a Jaywalker-. Se nos ocurrió inhabilitarlo para el ejercicio de la abogacía, ciertamente, y sin duda lo tendría bien merecido, de no ser por todos sus años de servicio, su evidente devoción hacia sus clientes y sus considerables capacidades legales, que se han reflejado en su actual registro de… ¿qué nos ha dicho? ¿Diez absoluciones consecutivas?

– En realidad, once -dijo Jaywalker.

– Once. Impresionante. Dicho todo esto, todavía es necesario un periodo de suspensión. Un periodo considerable. Sus infracciones son muy numerosas y graves como para pasarlas por alto. Traer a un doble de un acusado para confundir a un testigo, por ejemplo. Hacerse pasar por un juez para engañar a un policía y conseguir que le entregara sus notas. Entrar ilegalmente en la sala de pruebas para que un químico de su elección analizara algunos narcóticos. Referirse públicamente a un juez como, y esto voy a parafrasearlo, «una pequeña cantidad de excremento». Y, finalmente, aunque no por ello menos grave, recibir, digamos, «un favor sexual» de una clienta en las escaleras del juzgado…

– No era un favor sexual, Su señoría.

– Por favor, no me interrumpa.

– Disculpe, señor.

– Y puede negar todo lo que quiera, pero mis colegas y yo nos hemos visto obligados a visionar la cinta de vídeo de la cámara de seguridad varias veces, completamente, debería añadir, para conseguir determinar lo que parecen ser sus gemidos. No sé cómo lo llamaría usted a eso, pero…

– No fue nada más que un acto espontáneo de gratitud, Su señoría, de una clienta llena de admiración. Había sido falsamente acusada de ejercer la prostitución, y acababan de absolverla. Y si la cinta hubiera tenido banda sonora, sabrían que yo no estaba gimiendo en absoluto. Estaba diciendo «¡No! ¡No! ¡No!».

En realidad, aquello tenía algo de verdad.

– ¿Está usted casado, señor Jaywalker?

– Soy viudo, señor. De hecho, he estado muy abatido desde la muerte de mi mujer.

– Entiendo -dijo el juez, que hizo una breve pausa-. ¿Cuándo murió su esposa?

– Era un jueves. El nueve de junio, creo.

– ¿De este año?

– Eh, no, señor.

– ¿Del año pasado?

– No.

Hubo un silencio embarazoso.

– ¿De este milenio?

– No exactamente.

– Entiendo -repitió el juez.

Sternbridge. Aquél era su hombre. Debería haber sido más fácil recordarlo.

– Este tribunal -estaba diciendo Sternbridge en aquel momento- lo suspende para el ejercicio de la abogacía durante tres años, pasados los cuales deberá conseguir de nuevo el certificado de la Comisión de Moralidad y Aptitud.

Cuando terminó, elevó el mazo, pero Jaywalker, que había estado en alguna subasta que otra con su difunta esposa en el milenio anterior, se adelantó al juez antes de que éste pudiera golpear en la mesa.

– ¿Si me permite el tribunal?

Sternbridge lo miró por encima de la montura de las gafas; se había quedado momentáneamente desconcertado por aquel raro lapso que Jaywalker había originado en el funcionamiento normal del discurso en un tribunal. Jaywalker se lo tomó como una invitación a que continuara.

– Pese al hecho de que sabía que este día de la verdad iba a llegar, Su señoría, ocurre que todavía tengo unos cuantos casos pendientes. Muchos de estos casos son de clientes que se encuentran en situaciones muy precarias. Son personas que han puesto su vida en mis manos. Aunque estoy dispuesto a aceptar el castigo que me ha impuesto este tribunal, les ruego que me permitan completar los procesos relativos a estos casos. Por favor, por favor, no dejen que su desagrado por mi comportamiento afecte a estas personas indefensas. Añadan un año a mi suspensión, si lo desean. Añadan dos. Pero dejen que termine de ayudarlos.

Los tres jueces murmuraron entre sí, se giraron hacia atrás y se encorvaron, dando la espalda a la sala. Tras un minuto de deliberación, se volvieron de nuevo al frente y fue la juez de la derecha, de nombre Ellerbe, la que se dirigió a Jaywalker.

– Le será permitido terminar cinco casos -dijo-. Facilítenos, antes del fin de la jornada de mañana, la lista de aquellos que quiere resolver, cada uno de ellos con el nombre y el número de la acusación o la demanda, el nombre del juez a quien ha sido asignado y la fecha de la próxima vista. Al resto de sus clientes le será asignado otro abogado. En cuanto a los cinco casos que va a terminar, deberá comparecer ante nosotros el primer viernes de cada mes para darnos un informe detallado de sus progresos. ¿Entendido?

– Entendido -dijo Jaywalker-. Y…

– ¿Qué?

– Gracias.

Aquella noche, trabajando en su oficina pequeña y mal iluminada hasta pasada la medianoche, Jaywalker hizo lo posible por reducir la lista de casos pendientes, pero era como tener que elegir a la gente a la que iba a arrojar al agua desde la balsa. ¿Cómo iba a abandonar a un chico de catorce años que había confiado lo suficiente en él como para aceptar pasar un año en una residencia cumpliendo un programa de desintoxicación de drogas? ¿O a un inmigrante ilegal que se enfrentaba a que lo deportaran a Sudán por el imperdonable crimen de vender bolsos de señora con el permiso de vendedor expirado? ¿O a una mujer sin hogar que luchaba por poder visitar a sus hijos pequeños en un centro de acogida una vez al mes? ¿Cómo le decía al antiguo miembro de una banda de delincuentes que el abogado en el que había tardado dos años en confiar iba a ser sustituido por un nombre elegido al azar de una lista generada por ordenador? ¿Cómo iba a comunicarle al recluso inocente que estaba cumpliendo condena perpetua en Sing Sing que ya no recibiría la visita de un abogado los primeros sábados de cada mes? ¿O al empleado de la limpieza discapacitado que quizá su nuevo abogado no quisiera agarrarle la mano con fuerza la próxima vez que compareciera ante el juez, para que el pobre hombre no se echara a temblar sin control y se mojara los pantalones delante de todos los presentes en la sala del juicio?