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Al final, con grandes dificultades, Jaywalker consiguió reducir la lista hasta diecisiete casos. La imprimió y se la envió a los jueces la tarde siguiente, junto a una larga disculpa explicando que era lo mejor que había podido hacer. Una semana después recibió una carta del juzgado en la que le informaban de que el tribunal había reducido la lista de diecisiete a diez casos, y advirtiéndole que no alargara ningún proceso innecesariamente.

2.

Jaywalker

Su nombre no era Jaywalker, por supuesto. Una vez había sido Harrison J. Walker. Sin embargo, odiaba Harrison, que le parecía pretencioso y burgués, y odiaba todavía más Harry, porque lo asociaba con un calvo barrigón y con la colilla de un cigarro viejo. Así pues, mucho tiempo antes había comenzado a llamarse a sí mismo Jay Walker, y en algún momento, ambos nombres se habían unido y se habían convertido en Jaywalker. Lo cual, para él, había sido perfecto; la verdad era que nunca había tenido paciencia como para quedarse parado en la acera esperando a que un semáforo le dijera que era seguro cruzar, ni disciplina para caminar desde la mitad de una manzana a la esquina y después a mitad de la manzana otra vez, todo para terminar exactamente enfrente de donde había empezado.

Respondía a su teléfono de la oficina con «Jaywalker», y también contestaba sin pensar cuando lo llamaban señor Jaywalker, y cuando le pedían que diera su apellido y su nombre, se limitaba a escribir Jaywalker en ambos huecos, de modo que muchas de sus cartas le llegaban a nombre del señor Jaywalker Jaywalker. Pensaba que aquello era como llamarse Major Major o Woolly Woolly, pero no le importaba. Había llegado a la conclusión de que los nombres estaban sobrevalorados.

Su oficina no era una oficina, en realidad. Era una habitación en una suite de oficinas que rodeaban una sala central que hacía las veces de sala de reuniones, biblioteca y comedor. Aquel planteamiento, que se repetía en todo edificio y en toda la zona, les permitía a los profesionales independientes mantener su actividad por poquísimo dinero. Por quinientos dólares al mes tenía un despacho con un escritorio, dos sillas, un sofá de segunda mano, un perchero y algunas cajas de cartón que él consideraba archivadores portátiles. Encima del escritorio estaban el teléfono, el contestador, el ordenador, varias pilas de papeles y fotografías de su difunta esposa y de su hija. Sin coste adicional, podía utilizar la sala multiusos y una modesta sala de espera, una recepcionista, una fotocopiadora y una máquina de fax, todo ello de mil novecientos noventa y cinco, más o menos, salvo la recepcionista, que era mucho mayor.

No había servicio en la suite, sino en el pasillo, más allá de la zona de ascensores. Las noches en las que Jaywalker terminaba durmiendo en el sofá de su despacho, y como no había nadie esperándolo en su apartamento, aquellas noches eran muy numerosas, sobre todo cuando estaba en mitad de un juicio, el servicio de hombres era el lugar en el que se lavaba los dientes, se lavaba la cara y se afeitaba. De hecho, era sólo la falta de ducha lo que le obligaba a ir a casa tan a menudo como iba.

Los compañeros de oficina de Jaywalker eran dos abogados especializados en daños y perjuicios; un abogado de inmigración llamado Herman Greenberg, a quien llamaban Henry Greencard porque en un golpe de inspiración de marketing había impreso sus tarjetas en cartulina verde, color que hacía referencia al documento de identidad de los residentes legales en Estados Unidos; un abogado mercantilista especializado en suspensión de pagos y quiebras llamado Feinblatt; un tipo mayor que no hacía más que fumar como un carretero, toser, leer el Law Journal y gestionar contratos de compraventa inmobiliaria; y por último, una mujer que siempre estaba esperando que le llegara el gran caso, cuando su último gran caso había terminado quince años antes.

Jaywalker era el único abogado criminalista que había en la oficina. Por algún motivo, los abogados criminalistas casi siempre trabajaban en solitario, y los que habían intentado formar bufetes o grupos, o tan sólo trabajar bajo el mismo techo, habían salido de la experiencia como si hubieran intentado formar una fila de serpientes.

Sin embargo, a Jaywalker siempre le había gustado trabajar solo. Había estado dos años trabajando para la Sociedad de Ayuda Legal, donde había encontrado bastante camaradería y tantas compañeras de cama como para llenar una vida entera. También había aprendido cómo abordar un caso, o más específicamente, cómo no abordarlo.

Una vez que había comenzado a trabajar en el ámbito privado, Jaywalker había reconvertido lo aprendido gradualmente. Durante los veinte años siguientes, se había ganado la reputación de renegado entre los renegados. Era como si hubiera querido darle un nuevo significado a la expresión «poco ortodoxo». Transgredía todas las normas, desafiaba todos los axiomas que se habían establecido sobre cómo debía llevarse un caso y, durante el proceso, se las arreglaba para enfurecer a muchos fiscales experimentados y a jueces que, de no verse frente a él, serían imperturbables.

Sin embargo, también había conseguido una cifra de éxitos nunca vista fuera de Hollywood o de la televisión. En un negocio en el que los fiscales alardeaban frecuentemente de índices de condena que iban desde el sesenta y cinco al noventa y cinco por ciento de los casos, y donde los abogados defensores oían las palabras «No culpable» sólo como consecuencia de un trato, Jaywalker lograba una tasa de absoluciones de más del noventa por ciento.

¿Cómo lo hacía?

Si se lo hubieran preguntado, probablemente no habría sido capaz de explicar su método de trabajo tan bien como lo llevaba a cabo. Sin embargo, aquéllos que lo veían trabajar habitualmente señalaban un fenómeno en concreto: cuando el jurado de un juicio de Jaywalker se retiraba a deliberar sobre un caso, habían entendido de verdad que su trabajo no era averiguar si el acusado había cometido el crimen. Más bien, su trabajo era averiguar si, basándose en las pruebas que se habían aportado en la sala del juicio, o en la falta de esas pruebas, la fiscalía había conseguido demostrar que el acusado había cometido el crimen, y si lo había hecho más allá de la duda razonable.

La diferencia era asombrosa.

Jaywalker se convirtió en una leyenda en 100 Centre Street. Sin embargo, su éxito había tenido un precio. Para empezar, se exigía a sí mismo llegar al juzgado mejor preparado que su adversario, pero no sólo diez veces mejor, sino cincuenta veces mejor. Apenas dormía cuando estaba en mitad de un juicio, y cuando dormía, siempre tenía papel y lápiz cerca, para apuntar los pensamientos inconexos en la oscuridad e intentar descifrarlos a la mañana siguiente. Preveía cualquier contingencia, tenía en cuenta todos los detalles y se organizaba con el fanatismo del obsesivo compulsivo que era. Cuando salía del juzgado después de otra absolución, miraba al cielo y daba las gracias a un dios en el que no creía, seguidas de una plegaria por no tener que enfrentarse nunca más a aquella experiencia tan difícil.

Sin embargo, siempre había otra ocasión.

Aunque su notable cifra de éxitos le granjeara la admiración de sus colegas de profesión, también les creaba un problema a esos mismos colegas. «Si él puede hacerlo», les preguntaban los clientes que lo conocían, «¿por qué no puedes tú?».

Por lo tanto, no era ninguna sorpresa que muchos de los que habían estado presentes en la vista disciplinaria de Jaywalker, los que lo admiraban en el aspecto profesional, los que le guardaban simpatía en el aspecto personal y los que le deseaban buena suerte con sinceridad, también se alegraran secretamente de librarse de él, aunque sólo fuera durante una temporada.