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Lo hicieron un viernes por la tarde, una vez convocados en la Sala 30, en el undécimo piso de 100 Centre Street, el edificio de los Juzgados de lo Penal. Su casa, como le gustaba pensar a Jaywalker.

– La acusada tiene el derecho constitucional de elegir abogado -argumentó.

– Cierto -concedió Burke-, pero es un derecho limitado. Cuando eres indigente y no puedes permitírtelo, el tribunal te asigna el abogado, y tú no puedes elegirlo.

– Pero ella no es indigente, y puede permitirse contratar a un abogado -señaló Jaywalker-. Al menos, habría podido hacerlo hasta que ustedes decidieron que, en vez de que fuera ella misma quien se pagara la defensa, debían costeársela los contribuyentes.

Aquél era un argumento bastante rastrero, Jaywalker lo sabía, pero había media docena de periodistas tomando notas en la primera fila de la sala, y Jaywalker sabía que la juez no quería despertarse a la mañana siguiente y encontrarse con titulares como Una juez decreta que los contribuyentes paguen la defensa legal de una multimillonaria.

Al final, después de una ardua negociación, la juez Berman hizo una concesión parcial, como siempre intentaban hacer los jueces. Autorizó una utilización limitada del dinero de la cuenta bancaria para pagar los honorarios del abogado defensor y los gastos relacionados con la defensa. Sin embargo, fijó la tarifa de Jaywalker en setenta y cinco dólares la hora, que habría sido lo que habría ganado de ser Samara una indigente y de haber recibido él su caso por asignación del tribunal.

«Magnífico», pensó Jaywalker. «Aquí estoy, ganando treinta y cinco de los grandes por llevarle el caso de la conducción bajo los efectos del alcohol, y ganando lo mismo que un peón caminero por llevarle un caso de asesinato».

– Gracias -fue lo que le dijo, en realidad, a la juez Berman.

Con aquello, se dirigió hacia el secretario de sala y cumplimentó una notificación de comparecencia para declarar formalmente que era el nuevo abogado de Samara Moss Tannenbaum. Entonces, Tom Burke le entregó una caja de cartón de unos veinte kilos de peso que contenía copias de todas las pruebas que había contra su clienta. Hasta el momento.

Nada como pasarse el fin de semana leyendo.

6.

Un fin de semana de lectura

Resultó ser una novela de terror.

Jaywalker comenzó a leer aquella misma noche, tumbado en la cama. En la caja que le había dado Burke había informes policiales, gráficos y fotografías de la escena del crimen, la orden de registro de la casa de Samara, una lista de los objetos que se habían encontrado allí, peticiones para que se llevaran a cabo exámenes científicos de las pruebas físicas y una pila de documentación.

Era mucho más de lo que debía darle el fiscal en aquella fase tan temprana del proceso. Muchos fiscales habrían usado técnicas obstruccionistas, habrían esperado a que la defensa presentara los documentos pertinentes y una orden del juez. Aquél, sin embargo, no era el estilo de Tom Burke, algo por lo que Jaywalker estaba muy agradecido.

Al menos, hasta que empezó a leer.

Por los informes policiales, Jaywalker supo que cuando Barry Tannenbaum no había acudido a su oficina una mañana, y su secretaria no había podido localizarlo ni en su mansión de Scarsdale ni en su ático de Central Park South, la empleada había llamado a la policía. Los agentes de Scarsdale habían derribado la puerta de la mansión y la habían registrado, pero no habían encontrado a nadie, ni nada que estuviera fuera de lo normal. Sin embargo, los agentes que habían acudido al apartamento de Nueva York habían encontrado a Barry tendido boca abajo en el suelo de la cocina, en medio de un charco de sangre seca, según había descrito uno de los policías científicos que había procesado la escena del crimen.

No habían encontrado ningún arma en el piso ni tampoco en la basura, ni en el tejado, ni en los alrededores del edificio. Los oficiales habían registrado, incluso, los contenedores y las alcantarillas cercanos, pero con resultado negativo.

No había tampoco señales de que la puerta hubiera sido forzada, y la empresa de seguridad que protegía el apartamento les comunicó que ninguna de las alarmas había saltado. Se empolvaron todas las superficies del piso en busca de huellas dactilares, y se fotografiaron o capturaron una serie de huellas latentes. Se recogieron muestras de cabello, sangre y fibras.

Después se avisó al forense. Fue el mismísimo Médico Forense en Jefe quien acudió, puesto que no le hacía ascos a la publicidad. Después de un primer examen del cuerpo, encontró una sola herida de arma blanca en el pecho, justo a la izquierda del esternón, en la zona del corazón. No parecía que hubiera más heridas, ni señales de lucha. El forense le tomó la temperatura rectal al cuerpo y, basándose en la cantidad de calor que había perdido y en la lividez y el rigor mortis, pudo hacer una estimación preliminar de la hora de la muerte: había ocurrido entre las seis de la tarde y las doce de la noche del día anterior.

Se interrogó a todos los vecinos del edificio para determinar si alguien había oído o visto algo fuera de lo común aquella noche. Sólo una mujer de unos ochenta años, que vivía sola en el ático contiguo al del millonario, dijo haber oído una ruidosa discusión entre un hombre y una mujer, justo después de ver La Ruleta de la Fortuna. La anciana había reconocido las dos voces; eran la de Barry Tannenbaum, a quien conocía bien, y la de su esposa Sam.

Según la Guía TV, La Ruleta de la Fortuna se había emitido aquella noche a las siete y media, y había terminado a las ocho.

El portero que estaba de servicio la noche anterior fue localizado. Recordaba perfectamente que Barry Tannenbaum había tenido una invitada a cenar; sin embargo, aunque el portero había apuntado su nombre en el registro de visitas, no le había pedido que firmara al entrar y al salir, porque conocía personalmente a la mujer.

Era Samara Tannenbaum.

En aquel momento, habían enviado a dos detectives hacia casa de Samara. Después de llamar durante quince minutos a su portero automático, ella había abierto una rendija de la puerta sin quitar la cadena de seguridad. Ellos le dijeron que querían entrar y hacerle algunas preguntas.

– ¿Sobre qué? -preguntó Samara.

– Sobre su marido.

– ¿Y por qué no le preguntan a él mismo?

Los dos detectives se miraron. Después, uno de ellos dijo:

– Por favor. Sólo serán unos minutos.

Entonces, Samara quitó la cadena de la puerta y «voluntariamente y a sabiendas de lo que hacía, les concedió permiso para realizar la entrada en la residencia», según las anotaciones de los detectives. Jaywalker nunca dejaría de asombrarse por lo difícil que les resultaba a los policías elaborar una frase sencilla.

Más tarde, en su informe, escribirían que Samara parecía nerviosa, que estaba despeinada y que tenía la ropa desarreglada, y que fumaba sin parar.

Ellos le preguntaron cuándo había visto por última vez a su esposo.

– Hace más o menos una semana -respondió ella.

– ¿Está segura?

– ¿Que si estoy segura de que lo vi hace una semana?

– No señora. Si está segura de que no lo ha visto desde entonces.

– ¿Por qué?

Jaywalker podía imaginársela, encendiendo nerviosamente cigarrillo tras cigarrillo, fumando y apagando las colillas en el suelo.

– ¿De qué va todo esto?

– Es algo rutinario -le aseguraron-. Tenemos unas cuantas preguntas más.

– Bueno, si no me dicen de qué va esto -les dijo Samara-, pueden salir con su rutina por la puerta.