Nell se enteró cuando presenciaba la extracción de dinamita del depósito de explosivos y subió corriendo por el sendero. Estaba demasiado impaciente para esperar el funicular. Todo el dolor y el horror que Elizabeth se resistía a demostrar se reflejaban al desnudo en Nell, que miraba fijamente a su madre. Las lágrimas caían dibujando surcos en su cara sucia; sus pequeños pechos se agitaban debajo del mono manchado.
– ¡No puede ser verdad! -exclamó después de que Elizabeth le hubiera contado la historia-. ¡No puede ser verdad!
– ¿Qué no puede ser verdad? -preguntó Elizabeth, impasible-. ¿Que Jade haya matado a Sam O'Donnell o que sea Sam O'Donnell el que abusó de Anna?
– ¿Alguna vez sientes algo, mamá? ¿Alguna vez sientes algo? Estás ahí sentada como un maniquí en un escaparate: ¡la señora Kinross, perfecta! ¡Jade es mi hermana! Y Butterfly Wing es más madre para mí que lo que tú fuiste jamás. ¡Por Dios! Mi hermana ha confesado un asesinato. ¿Cómo has permitido que lo haga, señora Kinross? ¿Por qué no le has tapado la boca con la mano, si es que no había otro modo de mantenerla callada? ¡Has dejado que confiese! ¿No entiendes lo que eso significa? Ni siquiera la juzgarán. Se juzga a una persona si existe alguna duda sobre su culpabilidad. Esa es la tarea del jurado, ¡la única tarea del jurado! A un hombre o una mujer que confiesa y no se retracta se los sube al estrado para que el juez los sentencie. -Nell se volvió-. Bueno, voy a la comisaría a ver a Jade. Debe retractarse. Si no lo hace, la colgarán.
Elizabeth escuchó todo, escuchó el odio (no, no era odio, era desprecio) en la voz de su hija; meditó acerca de aquellas amargas palabras y no pudo menos que admitir la verdad que encerraban. Alguien puso un tapón a la botella que contiene mi espíritu, mi alma, y la dejó encerrada para siempre. Me quemaré en el infierno. Merezco arder en él. No he sido ni esposa ni madre.
– Sugiero -dijo tras llamar a Nell- que te des un baño y te pongas un vestido si piensas ir allí.
Pero Jade rehusó retractarse. Al sargento Stanley Thwaites no se le hubiera ocurrido jamás impedir que la señorita Nell viese a un detenido, así que Nell logró entrar en la única celda reservada a los prisioneros peligrosos, apartada de las otras seis, en las que se hacinaban los borrachos y los rateros.
– ¡Jade, te colgarán! -exclamó Nell, llorando otra vez.
– No me importa que me cuelguen, señorita Nell -replicó Jade con tranquilidad-. Lo que importa es que maté al violentador de Anna.
– Violador -la corrigió Nell, mecánicamente.
– Arruinó la vida a mi pequeña Anna; tenía que morir. Nadie más hubiera reaccionado, señorita Nell. Era mi deber matarlo.
– ¡Aunque lo hayas matado, niégalo! Así, tendrás un juicio justo, podremos presentar circunstancias atenuantes y estoy segura de que papá contratará abogados que podrían… que podrían liberar a Jesús de Poncio Pilatos! ¡Retráctate, por favor!
– No podría hacerlo, señorita Nell. Lo maté, y estoy orgullosa de haberlo hecho.
– Oh, Jade, ¡nada justifica una vida, especialmente tu vida!
– Eso está mal, señorita Nell. Un hombre que engaña a una niña pequeña como mi Anna para satisfacer sus deseos y que derrama sus asquerosas secreciones en una niña pequeña como mi Anna no es un hombre. Sam O'Donnell se merecía todo lo que le hice. Lo volvería a hacer una y otra vez. En mi mente lo revivo con alegría.
Y no tenía intenciones de cambiar de parecer.
Al día siguiente, la subieron al coche policial y la llevaron a la prisión de Bathurst. Uno de los policías llevaba las riendas de los caballos y el otro iba sentado al lado de Jade. Le tenían miedo y no se lo tenían. Cuando el sargento Thwaites había ordenado que no le pusieran las esposas, ellos creyeron que era una estupidez. Sin embargo, el viaje transcurrió sin incidentes. Jade Wong fue entregada en cautiverio casi al mismo tiempo en que el cadáver de Sam O'Donnell era enterrado en el cementerio de Kinross. Los gastos del entierro los pagaron Theodora Jenkins y otras mujeres afligidas y perturbadas. El reverendo Peter Wilkins pronunció una conmovedora homilía en el cementerio (mejor asegurarse de no ofender a Dios velando el cuerpo en la iglesia, por si acaso había sido Sam quien había abusado de Anna). Las que concurrieron al entierro se acomodaron entre las coronas sollozando tras sus velos negros.
Aunque la policía registró el campamento de O'Donnell y los alrededores con admirable celo y cuidado, no encontraron nada que lo relacionara con Anna Kinross. Ninguna prenda femenina, ninguna alhaja, ningún pañuelo con iniciales, nada.
– Abrimos las latas de pintura y las vaciamos, cogimos los pinceles, descosimos su ropa y hasta nos aseguramos de que no hubiera escondido nada entre los pedazos de corteza de su desigual techo -dijo el sargento Thwaites a Ruby-. Palabra de honor, señorita Costevan, miramos en todas partes. No es que viviera en una pocilga. Para vivir en una tienda, era más limpio que una patena: tenía instalada una soga para tender la ropa, una palangana, la comida guardada en viejas latas de galletas para mantenerla lejos de las hormigas, cepillos y betún para sacar lustre al calzado, sábanas limpias en su jergón… Sí, era un tipo ordenado.
– ¿Qué pasará ahora? -preguntó Ruby, demostrando cada año de su edad.
– Entiendo que los magistrados de oficio han recibido autorización para procesarla y que rechazarán la fianza porque el castigo que corresponde a su delito es la pena capital.
Para entonces la noticia había llegado a Sydney, y los diarios publicaron todos los detalles morbosos, sin mencionar exactamente qué partes de la anatomía de Sam O'Donnell habían sido cercenadas y metidas en su boca, aunque insinuaban que había sido forzado a tragárselas. Los artículos de fondo tendían a resaltar los peligros de contratar criados chinos, utilizando la muerte de Sam O'Donnell como prueba adicional de cuan inadmisible era tolerar la inmigración china. Los diarios y semanarios más sensacionalistas se mostraron a favor de la deportación en masa de los chinos que ya residían en el país, aun cuando hubieran nacido en Australia. El hecho de que la modesta y pequeña niñera proclamara orgullosa su culpabilidad fue considerado como prueba de su absoluta depravación. Y, por otra parte, describían a Anna Kinross como una niña «un tanto simple», lo cual hacía pensar a los lectores que era capaz de sumar dos más dos, pero no trece más veinticuatro.
Alexander recibió el telegrama cuando estaba en la costa occidental del continente australiano, aunque todavía no había avisado a sus colegas de la junta directiva de su inminente regreso. El paso de los años no le había hecho perder su carácter reservado. Su barco llegó al puerto de Sydney una semana antes de que Jade fuera procesada, y Alexander tuvo que enfrentarse con una enardecida multitud de periodistas formada por representantes de los distintos estados y corresponsales de los grandes diarios del extranjero, desde el Times hasta el New York Times. Sin inmutarse, dio una conferencia de prensa improvisada en el embarcadero, respondiendo preguntas y repitiendo constantemente que, visto que casi todo el mundo en Sydney sabía más que él, ¿por qué lo molestaban?
Summers, que estaba allí esperándolo, lo acompañó a su nuevo hotel en la calle George, lejos de los malditos tranvías de vapor.
– ¿Qué ha pasado, Jim? -preguntó-. Es decir, ¿cuál es la verdad?
Que lo llamara Jim era toda una novedad; Summers parpadeó varias veces antes de responder.
– Jade mató al hombre que violó a Anna -dijo después.
– ¿El que violó a Anna, o el que ella pensaba que había violado a Anna?
– No tengo dudas, sir Alexander, de que Sam O'Donnell fue el culpable. Yo estaba allí cuando Anna llamó a mi perro Rover. Vi su rostro; estaba como unas pascuas y buscaba al dueño. Si yo hubiera sabido que Sam O'Donnell poseía un perro pastor llamado Rover, lo habría entendido todo de inmediato. Jade lo comprendió porque había conocido a O'Donnell y al perro en casa de Theodora Jenkins, él se la estaba pintando. Pero yo no me di cuenta, así que Jade me ganó por la mano.