Alexander estudió su expresión. Suspiró.
– Estamos en apuros, ¿verdad? Deduzco que no se han descubierto más pruebas.
– Ninguna, señor. Tenemos que ser muy cuidadosos.
– ¿Podemos librarla de esto? ¿Qué piensas?
– No hay esperanzas, señor, aun cuando usted esté de su lado.
– Entonces será cuestión de montar un buen espectáculo para salvar a la familia y prepararla a ella para lo peor.
– Sí, señor.
– Si al menos hubiera comentado sus sospechas contigo o con Ruby…
– Tal vez -dijo Summers tímidamente-, en ese momento ella ya sabía que al final todo se reduciría a la palabra de él contra la de Anna, y decidió que era mejor no involucrar a la niña.
– Sí, estoy seguro de eso. ¡Pobre, pobre Jade! Estoy en deuda con ella.
– No creo que a Jade se le haya pasado jamás una cosa así por la cabeza. Lo hizo por Anna, sólo por Anna.
– ¿A quién recomendaron Lime y Milliken?
– A sir Eustace Hythe-Bottomley, señor. Es una persona mayor, pero es abogado del Estado y el más distinguido criminalista de… Bueno, en toda Australia no hay otro que le llegue a los talones -dijo Summers.
Antes de partir de Sydney hacia Kinross, Alexander hizo lo que pudo. Junto con sir Eustace (que no veía otra posibilidad que la pena de muerte, a menos que la acusada se retractara) había utilizado sus contactos para asegurarse de que el juez presidente de sala fuera razonable y que la audiencia final se llevara a cabo a puertas cerradas en Bathurst, en vez de en Sydney, y, además, lo más pronto posible. Sir Eustace viajó en el vagón privado de Alexander hasta Lithgow, donde el vagón fue desenganchado para acoplarlo al tren que iba a Kinross. De ahí, el abogado prosiguió solo hasta Bathurst, en un compartimiento de primera clase, mientras sus numerosos colaboradores viajaban apretujados en uno de segunda clase, meditando sobre el modo en que las leyes de Inglaterra se aplicaban en las colonias.
La entrevista con Jade en la prisión de Bathurst no sirvió para nada. Por más que intentó persuadirla, sobornarla y rogarle, ella permaneció impasible: no se retractaría, estaba orgullosa de lo que había hecho; había vengado a su pequeña Anna.
Cuando Alexander llegó a la estación de Kinross, sólo Ruby lo esperaba en la plataforma.
Su visión lo impresionó. ¿Me veré yo también tan repentinamente viejo como ella? Su cabello seguía siendo de ese color único que él tan bien conocía, pero había engordado tanto que los ojos estaban desapareciendo dentro de un budín de piel; su cintura era inexistente; sus manos parecían pequeñas estrellas de mar regordetas. Sin embargo, la besó, la tomó del brazo y atravesó con ella la sala de espera.
– ¿Tu casa o la mía?
– La mía, por ahora -respondió ella-. Tenemos que hablar de algunas cosas que no podrías discutir con Elizabeth ni con Nell.
Para su tranquilidad, comprobó que el pueblo se veía exactamente como debía, a pesar de la reducción en la mano de obra. Las calles estaban limpias y cuidadas; los edificios, bien conservados; los parterres de la plaza Kinross estaban cubiertos de dalias, caléndulas y crisantemos, todas flores típicas del final del verano. Un torrente de amarillos, naranjas, rojos, cremas. ¡Bien! Los jardineros de Sung Po habían hecho lo que les había ordenado: habían excavado un montículo de tierra artificial para insertar un mecanismo gigante que hiciera desplazar las manecillas de tres metros de largo del reloj floral alrededor de las doce horas de cada mitad del día. Las hojas y los pimpollos brillantes y coloridos resaltaban los números romanos, el disco del frente del reloj y las macizas manecillas. Y además, funcionaba bien: cuatro y media de la tarde. El quiosco para la banda de música estaba recién pintado. ¿Sería obra de O'Donnell, o del borracho de Scripps? Junto a los árboles que flanqueaban las calles crecían arrayanes floridos y melaleucas cuyas cortezas asemejaban tener múltiples capas de pintura descascarillada. ¡Oh, por favor, sir Alexander! ¡Piensa en metáforas que no tengan nada que ver con la pintura!
¡Cómo había extrañado el lugar que llevaba su nombre! Y sin embargo, ¡cómo deseaba librarse de él cada vez que llegaba! ¿Por qué las personas no hacían lo que tenían que hacer, es decir, vivir sus vidas con lógica, razón y sentido común? ¿Por qué revoloteaban como la flor del cardo en los remolinos y las brisas de un caluroso día de verano? ¿Por qué no podían los maridos amar a sus esposas y las esposas a sus maridos y los hijos a todo el mundo? ¿Por qué las diferencias entre las personas superan las cosas que tienen en común? ¿Por qué los cuerpos envejecen más rápido que las mentes que los alimentan? ¿Por qué estoy rodeado de tanta gente y me siento tan solo? ¿Por qué el fuego arde con la misma intensidad y sin embargo las llamas se vuelven cada vez más tenues?
– Estoy gorda -dijo ella, hundiéndose en el sofá de su tocador y abanicándose con una cosa plegable del color de la bilis.
– Es verdad -respondió él, sentándose frente a ella.
– ¿Te molesta, Alexander?
– Sí.
– De todas formas este asunto está siendo muy beneficioso para mi silueta.
– Teníamos un monstruo entre nosotros.
– Un monstruo muy astuto, que convenció a medio pueblo de que no era un monstruo sino un simple trabajador.
– El ídolo de tontos como Theodora Jenkins.
– Por supuesto. Las tenía caladas. Se deleitaba seduciéndolas para que lo adoraran. No le gustaban las vírgenes entradas en años ni las viudas, pero probablemente se masturbaba haciendo que se mojaran las bragas.
– ¿Cómo está Elizabeth? ¿Y Nell?
– Elizabeth está igual que siempre. Nell se muere por ver a su padre.
– ¿Y Anna?
– Cumplirá dentro de un mes aproximadamente.
– Por lo menos conocemos el linaje del bebé.
– ¿Estás seguro?
– Summers está convencido de que fue Sam O'Donnell. Él estaba cuando Anna creyó reconocer al perro, y me parece que vio la cara de Anna mejor que Jade.
– ¡Bravo por Summers!
– Lo más importante, Ruby: ¿cómo digo a Elizabeth que van a colgar a Jade?
Su rostro cambió, los pliegues se hicieron aún más profundos.
– ¡Ay, Alexander, no digas eso!
– Hay que decirlo.
– Pero… pero… ¿Cómo puedes estar tan seguro?
Hurgó con los dedos en su bolsillo y sacó un cigarro.
– No has dejado de fumar en este tiempo, ¿verdad?
– No, dame uno. Dime, ¿cómo puedes estar tan seguro?
– Porque ahora Jade es un chivo expiatorio en manos de los políticos. Tanto los librecambistas como los proteccionistas (y ni hablar de los sindicalistas, que ahora se autodenominan movimiento laborista) necesitan demostrar que están en contra de los chinos y que obedecerán a su electorado a la hora de deshacerse de ellos. ¿Qué mejor modo para calmar los ánimos que colgar a una pobre chica mitad china, por más nacida en Australia que sea, por lo que se considera un crimen imperdonable? Un crimen contra los hombres, Ruby. Castración. ¡Amputación de la virilidad! El hombre al cual le hizo eso era blanco y la única prueba que ella tenía en su contra era que mi hija retrasada había identificado a su perro. ¿Se puede llamar a testificar a Anna ante el tribunal, por más que el juicio sea a puertas cerradas y no haya jurado? ¡Por supuesto que no! El juez puede llamar al testigo que quiera antes de emitir el veredicto, pero llamar a Arma sería considerado una farsa.
Las lágrimas de Ruby parecían brotar de una masa cruda. A él se le revolvió el estómago, no podía desearla. ¡No me dejes solo!, rogó en silencio, pero en realidad no sabía a quién se lo decía.