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– Vete Alexander -dijo Ruby apagando el cigarro-. Vete ahora mismo, por favor. Jade es la hija mayor de Sam Wong, y yo la aprecio.

Fue directamente hacia el funicular y subió a él para ir hasta la cima de la montaña. Se sentó en un asiento que, como todos los demás, miraba hacia Kinross, que se extendía ante sus ojos. El humo de las chimeneas, un lago de sombras azules, lilas, perladas, agregaba una capa más al sombrío color del mar del Norte que habían comenzado a usar para pintar los nuevos acorazados que, en lo que parecía ser otra vida, tanto lo habían fascinado.

Elizabeth estaba sentada en su biblioteca, una novedad; no recordaba que jamás hubiera elegido esa habitación. ¿Cuántos años tenía? Cumpliría treinta y tres en septiembre. Faltaban pocas semanas para que él mismo cumpliera cuarenta y ocho años. Ahora sí se podía decir que habían estado casados la mitad de su vida. Una eternidad, había dicho ella. Y así era, si la eternidad fuera flexible. ¿Y quién se atrevería a decir que no? ¿Cuál era la diferencia entre un intervalo de eternidad y la cantidad de ángeles que pueden bailar en la cabeza de un alfiler? Una discusión para filósofos.

Elizabeth estaba pensando que Alexander mejoraba con los años, y se preguntaba por qué el cabello gris metálico con vetas blancas era tan atractivo en un hombre y tan desagradable en una mujer. Su cuerpo esbelto y bien parecido no se había debilitado ni encogido. Se movía con la gracia de un muchacho. De Lee. Las líneas grabadas en su rostro no eran signo de la edad sino de la experiencia; de repente tuvo ganas de convencerlo de que se hiciera esculpir un busto en… ¿bronce? No. ¿En mármol? No. En granito. Sí, ésa era la piedra adecuada para Alexander.

Sus ojos negros tenían una expresión nueva, de cansancio, de tristeza, una determinación tenaz más impulsada por la desilusión que por el éxito. Esto no lo abatirá, nada puede hacerlo. Afrontará cada tempestad que se presente en su vida porque su esencia es el granito.

– ¿Cómo estás? -preguntó él besándola en la mejilla.

– Bien -respondió Elizabeth. El dolor de ese beso la atravesó como una lanza.

– Sí, te ves bien a pesar de todo.

– Me temo que falta un poco para la cena. No estaba segura de cuándo llegarías, así que Chang dijo que cocinaría comida china, que se prepara en pocos minutos. -Se levantó-. ¿Jerez? ¿Whisky?

– Jerez, por favor.

Sirvió dos copas llenas casi hasta el borde, le dio una, y se llevó una consigo a su asiento.

– Nunca he entendido por qué el jerez se sirve en vasos tan pequeños, ¿y tú? -preguntó dando pequeños sorbos-. De esa manera tienes que levantarte continuamente para servirte más, en cambio así no.

– Una brillante innovación, Elizabeth. La apruebo plenamente.

La estudió por encima del borde del vaso, saboreando el agradable aroma del amontillado antes de dar el primer sorbo y dejarlo descansar sobre la lengua. Ya podía sentir el paso del vino acariciándole la garganta como una brasa. La hermosura de su esposa aumentaba. Cada vez que volvía a verla descubría admirado algún detalle nuevo y perfecto que se agregaba a su belleza, desde un cambio en la forma en que sostenía la cabeza, hasta una pequeña arruga en las comisuras de la boca. Debajo del vestido de color malva tenue, se revelaba su silueta voluptuosa, pero sin rastros de gordura. Las manos, que llevaban los anillos que él le había regalado, parecían anémonas de mar. Se arqueaban, se balanceaban, se dejaban llevar por las corrientes de su pensamiento.

Pero no conocía su mente. Ella nunca se lo había permitido. Un enigma, así era Elizabeth. El ratoncillo se había convertido en leona pero no se había quedado así. ¿Qué era ahora? No tenía idea.

– ¿Quieres que hablemos de Jade? -preguntó, dejando finalmente que el jerez se deslizara por su garganta.

– Imagino que ya habrás hablado con medio mundo, así que prefiero no tocar el tema, si no te molesta. Ambos sabemos lo que tiene que suceder, y las palabras, una vez pronunciadas, no se desvanecen, ¿no crees? Quedan todas ahí, dando vueltas, repicando como campanas. -Tenía los ojos vidriosos, llenos de lágrimas-. Es insoportable, eso es todo. -Las lágrimas se fueron; le sonrió-. Nell llegará de un momento a otro. Hazle un cumplido por su apariencia, Alexander. Se muere por agradarte.

Como si un director teatral le hubiera dado el pie, entró Nell.

Lo que Alexander vio fue una versión femenina de sí mismo. No era una experiencia nueva, y sin embargo era completamente original. Durante los seis meses que él había estado fuera, Nell había crecido, había pasado de ser una niña a ser una mujer. Tenía el cabello negro recogido sobre la cabeza, y la boca ancha de labios finos pintada con una sustancia rosada que también se había puesto en los pómulos. Se veía sensual y segura de sí misma. Su rostro alargado y ligeramente sombrío era fascinante, pero advertía al mundo que con ella no se jugaba. Imperiosa. Tenía la piel clara y saludable hasta donde terminaba el cuello, y color marfil más abajo. Al igual que su madre, había cambiado el polisón por un tipo de falda más abultada en la parte de atrás que en la de delante, hecha de piel de seda del color de las nubes de tormenta. No era una mujer robusta y de pechos grandes como Ruby, ni tampoco de proporciones perfectas como su madre, pero su redondeada frugalidad le sentaba bien. Además, tenía el cuello largo, de cisne, como el de Elizabeth.

Alexander apoyó el vaso y caminó hacia ella rápidamente. La tomó primero con los brazos extendidos, sonriendo, y después la abrazó. Por encima de su hombro Elizabeth podía observar el rostro de Nell. Su mentón estaba pegado al abrigo de su padre y tenía los ojos, de tupidas pestañas, cerrados. El retrato de la felicidad.

– Te ves bellísima, Nell -dijo besándola tiernamente en los labios, mientras la llevaba hacia una silla cercana a la suya-. ¿Un poco de jerez para mi mujer adulta?

– Sí, gracias, papá. Ya tengo quince años, y mamá dice que debo aprender a beber un poco de vino. -Sus ojos resplandecían al ver a su padre-. El truco es no beber más que un poco.

– Por eso te daré un jerez en un vaso de jerez. -Y levantó el suyo para brindar. Elizabeth también lo hizo-. ¡Por nuestra hermosa hija Eleanor! ¡Que prospere siempre!

– ¡Que prospere siempre! -repitió Elizabeth. Atenta a la situación como de costumbre, Nell no hizo ningún comentario acerca de Jade y sus problemas. En cambio, se dedicó a deleitar a su padre contándole acerca del trabajo que le había conseguido Ruby. Estaba dispuesta a ponerse en ridículo, deseosa de hablarle de este disparate y de aquel error, y de cuánto le gustaba trabajar con hombres una vez que dejaban de pensar en ella como mujer.

– Y eso sucede en las emergencias -dijo-, cuando la única que ve la solución es la digna de confianza Nell Kinross.

Enseguida se enzarzó en una animada charla con Alexander sobre las dificultades técnicas que estaban experimentando en la refinería de cianuro. Después, pasaron a una discusión acalorada acerca de la corriente eléctrica continua y la alterna y sus respectivos méritos. Los hombres más jóvenes y nuevos eran partidarios de la alterna, mientras Alexander consideraba que gastaba demasiado y estaba sobrevaluada.

– Papá, Ferranti demostró que la corriente alterna puede trabajar más. Alimentar cosas más grandes que teléfonos y bombillas de la luz. Los motores eléctricos son débiles, pero te aseguro que pronto, usando la corriente alterna, se harán motores eléctricos lo suficientemente potentes para alimentar nuestro teleférico. -El rostro de Nell estaba encendido.

– Pero no se puede almacenar en baterías, hija, y eso es imprescindible. Usar alternadores significa tener las dínamos funcionando todo el tiempo, lo cual implica un desperdicio terrible. Si no se almacena en baterías, la producción total de energía acaba en el momento en que se rompe una dínamo, y son famosas por eso.

– Una de las razones por las que eso sucede, papá, es que los idiotas conectan los alternadores en serie, cuando es obvio que deberían conectarlos en paralelo. ¡Espera y verás, papá! Algún día la industria necesitará el tipo de alto voltaje y de transformadores que sólo la corriente alterna puede proveer.