Ruby había terminado de arreglarse el pelo; se lo había peinado hacia atrás, más tirante que nunca. Había descubierto que de esa manera la piel de la cara se le alisaba más y las arrugas se atenuaban.
– Parece como si Lee estuviera tratando de robarte el puesto.
– ¡No tengo dudas de que es así! Pero estoy seguro de que tú ya sabes todo esto, Ruby. Él debe de escribirte.
Hizo una mueca de disgusto que podía ser tanto por lo difícil que le estaba resultando ponerse el vestido, como por lo que le había dicho de Lee, Alexander no estaba seguro.
– Lee me escribe con la regularidad de un reloj, pero sólo dos o tres líneas para decirme que está bien y que está viajando de un lugar extraño a otro. Es como si odiara acordarse de Kinross -agregó con melancolía-. Siempre espero que me escriba diciéndome que está comprometido o casado, pero nunca lo hace.
– Las mujeres -dijo Alexander cínicamente- son como arcilla entre sus manos. -La miró y frunció el ceño-. Has cambiado el modo de vestir, querida. Echo de menos un poco aquellos suntuosos vestidos de satén.
Se miró al espejo de cuerpo entero y contempló sin entusiasmo aquel vestido que tenía una falda que no arrastraba, una cintura que no era preciso ajustar y el escote cubierto. Simple y bastante sobrio. Era evidente que era de cordellate, pero de ese maldito color bilis que estaba tan de moda.
– A mi edad, quedaría ridícula, mi amor. Además, los miriñaques ya no se usan, las plumas están pasadas de moda, los escotes son cada vez más cerrados y las mangas triangulares están por todos lados. ¡Cosas repugnantes! Excepto en las funciones nocturnas más lujosas, todo es lana, paño y cordellate, en caso de que quieras usar seda. Una vieja prostituta ya no puede darse el lujo de vestirse como tal.
– Yo opino -dijo Alexander sonriendo- que las modas reflejan los tiempos que corren. Ahora, la situación es mala, y pronto será peor. Estamos atravesando una decadencia comercial que no afecta sólo a esta parte del mundo. Por eso las mujeres se visten de forma más austera, con colores más apagados y usan sombreros horrorosos.
– Acepto los vestidos simples y los colores apagados, pero me niego a ponerme un sombrero horroroso -dijo Ruby, pasando el brazo por debajo del de Alexander.
– ¿Adonde vas? -preguntó él sorprendido.
Puso cara de inocente.
– ¿Por qué? Subo contigo la montaña. No veo a Dolly desde ayer. -Se detuvo en seco-. ¿Enviaste un mensaje a Jade para decirle lo de la niña?
– Lo hizo Elizabeth apenas la niña nació.
– ¿Es difícil hacerle llegar los mensajes?
– No si vienen de parte de la familia de sir Alexander Kinross.
– ¿Cuánto falta para la audiencia?
– Es en julio.
– Y apenas estamos en mayo. Pobrecilla.
– Sí, pobrecilla.
El artículo del diario acerca del crimen de la niñera china de los Kinross no llamó mucho la atención a Bede Evans Talgarth, que estaba inmerso en los acontecimientos que tenían en plena ebullición al movimiento obrero. Cuando estalló la gran huelga de agosto de 1890, el Consejo Gremial, impulsado por un lancasteriano astuto y dedicado llamado Peter Brennan, acababa de aceptar que el movimiento obrero tenía futuro político y estaba comenzando a esbozar un borrador de programa. Sin embargo, la derrota aplastante de los sindicatos involucrados en la huelga sólo había estimulado a los líderes del movimiento obrero a conseguir la representación parlamentaria para los trabajadores blancos. En octubre de 1890, se llevaron a cabo unas elecciones parciales en Sydney Oeste; el movimiento obrero participó presentando un candidato aprobado por los sindicatos que ganó ampliamente. El escenario parecía estar listo para las elecciones generales que se llevarían a cabo en 1892 en Nueva Gales del Sur, que, de todos modos, eran lo suficientemente lejanas en el tiempo para que el movimiento obrero pudiera prepararse de manera adecuada y zanjar los conflictos internos a propósito de la identidad de los candidatos.
En abril de 1891, un año antes de las elecciones, el Consejo Gremial terminó de elaborar el programa político oficial de los laboristas, que incluía: la abolición de las diferencias electorales, educación gratuita y universal, concreción de objetivos sindicales, instauración de un banco nacional y varias medidas para desalentar la participación de los chinos en la industria. Acerca de los impuestos, los delegados estaban más divididos: algunos estaban a favor de un impuesto sobre la tierra y abogaban por un impuesto único que abarcara a todo y a todos. Una vez modificado el programa a fin de que incluyese las reformas de los gobiernos municipales, surgió un nuevo partido político: la Liga Electoral Laborista que, más adelante, se convertiría en el Partido Laborista de Australia. (Labor en latín significa «trabajo», «faena».)
Entonces, sobrevino un potencial desastre. La Cámara baja de Nueva Gales del Sur fue testigo de cómo el Partido del Libre Comercio de sir Henry Parkes sucumbía ante un voto de censura. Esto dio lugar a que el gobernador disolviera el Parlamento y convocara elecciones nuevamente, que fueron fijadas para las tres semanas que iban del 17 de junio al 3 de julio de 1891. Casi un año antes de lo previsto. Los laboristas libraron una encarnizada lucha interna para elegir candidatos en cada uno de los distritos, tarea complicada en un Estado de setecientos setenta y siete mil kilómetros cuadrados de extensión. Por supuesto, no valía la pena meterse con los distritos en los que vivían muchas personas influyentes, pero había muchos otros con los que sí. A los electores de los distritos rurales más remotos se llegaba por medio del telégrafo o a través de los miembros del comité central que los iban a visitar soportando varios días de viaje en tren, carruaje o inclusive a caballo. Por ese motivo, las elecciones duraron tres semanas.
A los electores del distrito de Bourke, que quedaba a varios días de viaje desde Sydney, les importaban un bledo los problemas de la ciudad. Su principal preocupación eran los afganos y sus camellos, que estaban echando del mercado del transporte de mercancías a los australianos blancos que manejaban grandes carretas tiradas por bueyes. El programa del Partido Laborista había sido elaborado por habitantes de la ciudad y mineros del carbón, de modo que no mencionaba a los afganos ni a los camellos, pero para los de Bourke ése era un tema importante. Se desató una lucha feroz contra los de Sydney. Sin embargo, finalmente, los de Bourke se vieron obligados a ceder: los camellos no entrarían en el programa.
Ni el Partido del Libre Comercio ni el Partido Proteccionista tomaron en serio a la Liga Electoral Laborista, por lo que hicieron sus habituales campañas, relajadas y displicentes, que consistían básicamente en invitar a los empresarios a almorzar o a cenar, ignorando por completo a la clase obrera. Los del Partido del Libre Comercio querían abolir los aranceles o impuestos a las importaciones; los proteccionistas, en cambio, querían reforzar la industria local aplicando aranceles e impuestos a las importaciones. Ambos partidos subestimaban por completo a los laboristas.
Trabajando arduamente en el área sudoeste de Sydney que había escogido, Bede Talgarth logró ser designado candidato oficial por el laborismo, y después se dedicó a visitar a los votantes potenciales. Hizo frente a las elecciones con temor pero a la vez con un cierto grado de confianza en sí mismo; no veía por qué los trabajadores comunes habrían de votar por personas que los despreciaban ahora que tenían una alternativa mejor, como eran los políticos salidos del movimiento obrero.