Dado que su distrito estaba en Sydney, se enteró rápidamente de su suerte. Bede Evans Talgarth pasó a ser un MLA (Miembro de la Asam blea Legislativa). A medida que fueron llegando los resultados de los otros ciento cuarenta y un distritos del Estado, se supo que el laborismo había ganado treinta y cinco escaños más. El equilibrio de poder en el Parlamento también cambió a favor del laborismo. De todas formas, no todo fueron alegrías para el partido: dieciséis de los MLA representaban distritos urbanos y diecinueve distritos rurales. Los hombres de la ciudad (las mujeres no tenían derecho a voto, tanto menos a presentarse para el Parlamento) eran, por lo general, sindicalistas acérrimos, mientras que los de los distritos rurales, salvo un grupo de mineros del carbón y un esquilador, ni siquiera estaban afiliados a un sindicato. Sólo diez de los MLA del Partido Laborista eran australianos, había cuatro que tenían más de cincuenta años y seis que tenían menos de treinta. Era un bloque parlamentario rebosante de jóvenes ansiosos por cambiar la cara a la política australiana para siempre. Ansiosos pero inexpertos.
¡Qué demonios!, pensó el MLA Bede Talgarth. La única forma de ganar experiencia es zambullirse de cabeza, con botas y todo. Las palabras con las que había hecho vibrar a grandes multitudes en el Sydney Domain ahora resonarían en una cámara que se estaba cansando de la retórica de Parkes. De todas formas, el viejo patriarca logró mantenerse en su cargo de primer ministro, aunque se vio obligado a tratar de ganarse el favor de los presuntuosos bufones del laborismo (por desgracia, algunos lo eran) para poder ganar las votaciones. La tarea se hacía aún más difícil debido a la complejidad interna del laborismo, que además se guiaba por una atroz cantidad de ideas fundadas en esa estúpida entidad norteamericana: la democracia. Casi la mitad de los miembros del laborismo estaban a favor del libre comercio; los demás, del proteccionismo.
Así que en julio, cuando ya era demasiado tarde para preocuparse, Bede Talgarth recordó aquel día, en Kinross, en que Sam O'Donnell lo había dejado plantado en el hotel después del almuerzo. «Un poco de jugueteo», le había explicado cuando llegó, sonriendo avergonzado, horas más tarde. En fin, como prueba era aún más débil que la del perro. No habría convencido al juez de cambiar la decisión de que Jade Wong, solterona, de treinta y seis años, habitante de la ciudad de Kinross, fuera ahorcada.
Como se temía que hubiera demostraciones masivas si se llevaba a Jade a Sydney, se dispuso que fuera colgada en una horca construida especialmente en la prisión de Bathurst y que a la ejecución no pudieran asistir ni los periodistas ni el público.
El juez, miembro de la Corte Suprema de Nueva Gales del Sur, había sido más que ecuánime, pero Jade se había obstinado en sostener que había matado a Sam O'Donnell de la manera que había descrito, y que estaba contenta de haberlo hecho. Él había arruinado la vida de su pequeña Anna.
– No tengo alternativa -dijo el juez durante su exposición ante las pocas personas presentes que lo escuchaban con atención-. El crimen fue, sin lugar a dudas, premeditado. Fue planeado y llevado a cabo con un grado de minuciosidad y sangre fría que me resulta difícil imaginar, teniendo en cuenta la historia y el trabajo de la señorita Wong. No dejó nada al azar. Tal vez, el aspecto más repugnante del hecho sea que la señorita Wong cosiera los ojos a la víctima para que los mantuviera abiertos. Lo obligó a presenciar su propia mutilación y destrucción. Por otra parte, la señorita Wong no ha demostrado en ningún momento, ya sea con gestos o con palabras, algún signo de remordimiento. -Su señoría tomó un pequeño paño negro de su estrado y lo acomodó sobre su peluca-. Sentencio a la acusada a que sea llevada al lugar de ejecución y que sea colgada del cuello hasta que muera.
El único miembro de la familia Kinross que se había personado para escuchar la sentencia era Alexander. La expresión en el rostro de Jade no cambió; su sonrisa no perdió espontaneidad. En sus grandes ojos marrones no había temor ni señales de arrepentimiento. Era evidente que Jade estaba satisfecha consigo misma.
La ejecución tuvo lugar dos semanas después, a las ocho en punto de la mañana de un día triste y lluvioso de julio. Las montañas que rodeaban Bathurst estaban cubiertas de nieve y soplaba un viento gélido. Tanto que Alexander no podía protegerse con su paraguas y el abrigo se le pegaba a las piernas.
Había ido a verla a la cárcel el día anterior para darle cuatro cartas: una de su padre, una de Ruby, una de Elizabeth y otra de Nell. De parte de Anna le había llevado un mechón de pelo, que le había gustado más que cualquier cosa que pudieran decir las cartas.
– Lo llevaré en mi pecho -dijo besando el mechón de pelo-. ¿La pequeña, Dolly, está bien?
– Hermosa, y parece bastante normal a sus diez semanas. ¿Puedo hacer algo por ti, Jade?
– Cuide de mi niña Anna, y júreme por Nell que nunca la enviará a un asilo.
– Lo juro -dijo sin vacilar.
– Entonces he cumplido con mi cometido -dijo, sonriendo.
Cuando se la llevaron, Jade vestía chaqueta y pantalones negros y tenía el cabello recogido en un moño. La lluvia no parecía molestarle; se veía tranquila y caminaba sin tambalearse. No había ningún sacerdote presente; Jade había rechazado el consuelo espiritual porque decía que no había sido bautizada y que no era cristiana.
El guardia que la escoltaba la colocó en el centro de la trampa, mientras otro le ataba primero las manos a la espalda y luego los tobillos. Cuando quisieron cubrirle la cabeza con una capucha comenzó a agitarla violentamente hasta que desistieron. Entonces, el verdugo se adelantó y le puso la soga alrededor del cuello. La colocó de manera tal que el nudo le quedara detrás de la oreja izquierda y la ajustó. Por el interés que demostraba se podría haber dicho que Jade ya estaba muerta.
Parecía cosa de un segundo, pero se prolongó durante una hora. El verdugo accionó la palanca y la trampa se desplomó produciendo un fuerte sonido metálico. Jade cayó desde una distancia calculada para romperle el cuello sin decapitarla. No hubo espasmos, contorsiones, ni estremecimientos. Su silueta vestida de negro, pequeña e inofensiva, sólo se balanceó un poco; tenía el rostro sereno como lo había tenido desde el principio.
– Nunca vi un condenado a muerte que tuviera tanto coraje -dijo el guardia que estaba de pie junto a Alexander-. Es horrible.
Todo estaba preparado. Una vez que el forense hubiera confirmado la muerte, Alexander retiraría el cuerpo. Lo iban a incinerar en las instalaciones de Sung, pero las cenizas no serían enviadas a China, ni a Sam Wong. A Sung, que se había mantenido completamente al margen del asunto por miedo a las represalias contra su pueblo, se le había ocurrido una idea que pensaba que Jade habría apreciado. A Alexander también le gustó. En medio de la noche, Sung entraría en el cementerio de Kinross y enterraría las cenizas de Jade en el enorme montículo de tierra que cubría el cuerpo de Sam O'Donnell. Por toda la eternidad (o al menos por el tiempo de la eternidad que importaba), Sam O'Donnell tendría a su asesina filtrándose a través de las delgadas maderas de su barato ataúd.
– Quisiera que me devolviese las cartas de la señorita Wong, por favor -dijo Alexander al guardia.
– Salgamos de la lluvia -sugirió el hombre empezando a caminar-. Las quiere leer, ¿eh?
– No, quiero quemarlas antes de que alguien las lea. Estaban dirigidas sólo a ella. Espero que me haga ese favor. No me gustaría verlas publicadas en algún periódico.
El guardia advirtió el puño de hierro escondido en el guante de terciopelo y desistió de inmediato.
– Por supuesto, sir Alexander. ¡No faltaba más! -dijo sinceramente-. En mi oficina hay una chimenea junto a la que nos podemos secar. ¿Una taza de té mientras esperamos?