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Un mundo de hombres

Cuando Nell empezó sus estudios de ingeniería en la Universidad de Sydney, en marzo de 1892, con tan sólo dieciséis años, Alexander hizo todo lo posible por ayudarla. La facultad funcionaba en un edificio blanco de un solo piso, bastante espacioso, que servía como ubicación temporal hasta que se pudiera construir la sede definitiva. Estaba situado en la parte de la universidad que daba a la calle Parramatta y tenía una galería frente a la cual se cultivaban tomates. Alexander, que no veía razón para andar con sutilezas, le había dicho lisa y llanamente a William Warren, decano de ciencias y profesor de ingeniería, que contribuiría con una suma considerable de dinero para la construcción del edificio si su hija y sus compañeros chinos no sufrían maltratos por parte de los profesores. Apesadumbrado, el profesor Warren le aseguró que Nell, Wo Ching, Chan Min y Lo Chee serían tratados de la misma manera que los estudiantes blancos varones pero que en ningún caso podía incurrir en favoritismos.

Alexander sonrió y alzó sus puntiagudas cejas.

– Verá, profesor, ni mi hija ni los muchachos chinos necesitan favores especiales. Serán los estudiantes más brillantes.

Compró cinco casas pequeñas con terrazas adyacentes, donde Glebe empalmaba con la calle Parramatta, y contrató obreros para que comunicaran las casas por dentro. Cada estudiante tenía su propia habitación y un lugar en el altillo para los sirvientes. En el caso de Nell, aquel lugar era para Butterfly Wing, por supuesto.

Durante la semana de orientación, la estudiante femenina se tuvo que enfrentar con la ira de los novatos que no venían de Kinross. Al principio, la actitud de los otros veinte estudiantes, los más avanzados, rayaba en la insurrección; sin embargo, la furiosa delegación que acudió a presentar sus protestas al profesor Warren, se retiró frustrada.

– Entonces -dijo Roger Doman, que a fin de año obtenía su licenciatura científica en ingeniería de minas-, tendremos que obligarla a irse extraoficialmente. -Hizo un gesto amenazador-. Lo mismo vale para los chinos.

Dondequiera que Nell fuera, la abucheaban y la silbaban. Cualquier cosa que tuviera que hacer en el laboratorio era sistemáticamente saboteada. Le robaban los apuntes y se los borraban. Sus libros desaparecían. Sin embargo, nada de eso intimidó a Nell, que pronto demostró que estaba muy por encima de los demás estudiantes de la clase en cuanto a inteligencia, conocimientos y aptitud. Si los estudiantes blancos la habían odiado durante la semana de orientación, eso no era nada comparado con lo que sintieron cuando ella les demostró que no tenía el menor escrúpulo en humillarlos delante del profesor Warren y de su pequeño grupo de asistentes. Le causaba una gran satisfacción corregir sus cálculos, demostrar que sus conclusiones eran erradas y que no sabían reconocer una parte de una máquina de vapor de otra, comparados con ella; o con los muchachos chinos, otra humillación más.

El peor insulto a la supremacía masculina blanca era que Nell invadiera los baños de la facultad, que se encontraban en un edificio separado y que no habían sido pensados para mujeres. Al principio, cuando ella aparecía, los usuarios se retiraban, pero después Doman y sus secuaces decidieron que era mejor no irse, sino adoptar una actitud grosera: mostrar sus penes, defecar en el piso delante de ella, obstruir los retretes y sacar las puertas.

El problema es que Nell no jugaba limpio, ni siquiera se comportaba como una mujer. En lugar de echarse a llorar, se vengaba. Doman, que estaba sacudiendo su pene, recibió una sonora bofetada que lo hizo doblarse del dolor. Muy pronto sus comentarios despectivos acerca del tamaño de los penes (¿ya no quedaba nada sagrado?) lograron que, apenas la veían entrar, los que estaban orinando buscaran desesperadamente el modo de esconder sus partes. Hizo frente al tema de la limpieza sin ningún miramiento: fue a buscar al profesor Warren y lo llevó a hacer un recorrido por los baños.

– ¡Estás buscando que te follen, estúpida! -la amenazó Doman cuando la encontró a solas poco después de que hubieran ordenado a los varones que fregaran las instalaciones y que se comportaran adecuadamente en el futuro.

¿Acaso Nell se inmutó, ya sea por el lenguaje o por el concepto? No. Miró de arriba abajo con desprecio al estudiante que lideraba a la pandilla.

– No podrías follarte ni a una vaca -respondió-. A ti te gusta chupar pollas, pervertido.

– Hija de puta -dijo él, furioso.

Los ojos de Nell danzaban.

– Lo mismo digo, indecente -respondió ella.

De modo que parecía no existir otra forma de deshacerse de Nell que no fuera con la fuerza bruta. La perra era más deslenguada que un forajido, y sus venganzas eran despiadadas. No jugaba limpio y, decididamente, no actuaba como una mujer.

El complot para propinarle una paliza, tanto a ella como a los chinos, se puso en marcha un mes después del inicio de las clases. El plan, ideado cuidadosamente, era esperar escondidos a que pasaran por el sendero desierto que atravesaba un pequeño bosque donde, más tarde, se construiría el campo de deportes. El único problema era Donny Wilkins, que era blanco. Al final, los agresores decidieron que Wilkins ya había demostrado de qué lado estaba, así que tendrían que castigarlo a él también. El grupo de asalto (doce hombres corpulentos) estaba armado con palos de criquet y sacos rellenos de arena. Doman llevaba además una fusta con la que pretendía golpear la espalda desnuda de la señorita Nell Kinross después de haber sometido tanto a ella como a sus amigos amarillos.

Pero no fue así como ocurrieron las cosas. Cuando se les arrojaron encima, Nell, Donny y los tres muchachos chinos contraatacaron como… como…

– Como un torbellino de derviches -fue lo único que atinó a decir Roger Doman más tarde, mientras se curaba las heridas.

Los patearon, los golpearon con el canto de las manos, les arrebataron los palos y los sacos de arena con una facilidad irrisoria, lanzaron por los aires algunos cuerpos que caían redondos para luego ser pisoteados, dislocaron algunos hombros y rompieron algún que otro brazo.

– Admítelo, Roger -dijo Nell agitada cuando todo terminó, algunos segundos después-. No estás a nuestro nivel. Si llegas a ser ingeniero de minas tendrás que portarte bien, o mi padre se asegurará de que jamás consigas trabajo en Australia.

Eso era lo peor de todo. La perra tenía poder y no tenía miedo de usarlo.

Así que, para el momento en que los nuevos estudiantes fueron enviados a los diferentes talleres de las zonas industriales de Sydney, la oposición de los universitarios a la presencia femenina entre ellos había fallecido de una muerte vergonzosa y Nell Kinross era famosa desde la facultad de Artes hasta la de Medicina. Cuando apareció vestida con su mono para realizar los trabajos sucios, nadie dijo nada. Fascinado, el profesor Warren, que no era más partidario de las mujeres en la carrera de ingeniería que sus estudiantes, tuvo que admitir que algunas mujeres eran demasiado fuertes para sucumbir ante los métodos tradicionales que los hombres utilizaban para deshacerse de ellas. Además, ella era la estudiante más brillante que había visto en su vida, y sus conocimientos de matemáticas lo deslumbraban.

Uno hubiera pensado que Nell se convertiría en una heroína para el pequeño contingente de mujeres militantes de la universidad que luchaban por obtener el voto femenino y la igualdad de derechos. Sin embargo no sucedió así, principalmente, porque una vez que sus problemas se acabaron, Nell Kinross no mostró interés alguno por esas mujeres, todas estudiantes de la facultad de Artes. Admiradora de los hombres hasta la médula, Nell consideraba que las mujeres eran aburridas, aunque fueran feministas, como se hacían llamar, y sus demandas fueran muy legítimas.

Durante el primer año de Nell, la situación económica empeoró y algunos estudiantes tuvieron que ponerse a contar los centavos y empezar a pensar si sus padres podrían permitirse mantenerlos en la relativa inactividad que requería una licenciatura, demasiado agotadora para permitirles trabajar siquiera a tiempo parcial. Sin embargo, gracias a la influencia de Nell, su padre ofreció becas a los estudiantes de ingeniería que no podían continuar. Deberían de haberle estado agradecidos, pero no fue así. Aceptaron las becas y repudiaron aún más a Nell por tener los contactos y el poder para crearlas.