Выбрать главу

– ¡No es justo! -exclamó Donny Wilkins-. Deberían estar de rodillas agradeciéndotelo. En cambio, comenzaron a abuchearte y silbarte, como hacen cada vez que apareces.

– Soy una pionera -dijo Nell sin abatirse ni impresionarse-. Soy una mujer en un mundo de hombres, y ellos saben que soy el principio de algo peor. Después de mí, no lograrán mantener excluidas a las mujeres, incluso mujeres que no tendrán a sir Alexander Kinross como padre. -Se rió, un sonido delicioso-. Un día tendrán que poner un baño para mujeres, y ese día se va a acabar la resistencia, Donny.

El llamado «trabajo práctico» requería que los estudiantes trabajaran en una fábrica. Los textos y la teoría no eran suficientes. El profesor Warren consideraba que un buen ingeniero tenía que ser capaz de fundir, soldar y tratar metales como cualquier técnico y, si era un ingeniero en minas, tenía que saber excavar en la roca, detonar explosivos, taladrar y procesar el producto extraído, ya fuese carbón, oro, bronce o cualquier otra de las sustancias que se obtienen en una mina. La práctica en minería para los estudiantes de ingeniería en minas no se llevaba a cabo durante el primer año. El trabajo práctico para los estudiantes del primer año consistía en adquirir experiencia en el área de producción de una fábrica o de una fundición.

En el caso de Nell, los propietarios de las industrias tenían que ser informados de que era mujer por anticipado y aceptarla. Lo cual no era un problema considerando que tenían, o esperaban tener, como cliente a Empresas Apocalipsis; de otro modo, habría sido imposible.

La situación no fue un obstáculo para Nell hasta que, hacia el final de ese primer año, quiso desesperadamente trabajar en el área de producción de una fábrica del sudoeste de Sydney, donde se estaban construyendo nuevas máquinas perforadoras para minas siguiendo un nuevo diseño que prometía revolucionar los métodos de excavación en paredes rocosas. Como Empresas Apocalipsis era un cliente importante, obtuvo el permiso. Sin embargo, el sindicato de obreros metalúrgicos, que ejercía el monopolio sindical en la zona, se negó a aceptar que entrara una mujer, y ni hablar de que se paseara entre las máquinas.

Ése era un problema que sir Alexander no podía resolver. Nell tenía que arreglárselas sola. Lo primero que hizo fue tratar de conseguir una entrevista con el delegado sindical, que hacía de enlace entre los obreros metalúrgicos y la sede central del sindicato. La reunión fue tensa y no salió como el delegado sindical se había imaginado. Pensaba que podía mandar a la perra capitalista a freír espárragos y ahogada en un mar de lágrimas. Era un intolerante escocés de Glasgow que consideraba que sir Alexander Kinross era un traidor a su clase y le juró solemnemente a Nell que preferiría morir antes que ver a una mujer en su área de producción. En lugar de lágrimas, ella le respondió con preguntas imposibles de contestar y cuando, exasperado, él la insultó ella le pagó con la misma moneda.

– Es peor que una mujer -comentó con varios compañeros cuando Nell se retiró caminando airosamente-. Es un hombre vestido de mujer.

¿Y ahora qué?, se preguntaba Nell, decidida a ganar a cualquier precio. ¡Viejo chinche! Los delegados sindicales eran famosos por ser los más holgazanes o los menos competentes entre los trabajadores, razón por la cual buscaban los puestos de representación. Eso los protegía y los liberaba de tener que trabajar demasiado. ¡Angus Robertson, vas a tener que soportarme por más que te opongas!

Después de leer atentamente los diarios laboristas como el Worker, se dio cuenta de cuál era el próximo paso a seguir: conseguir la ayuda del MLA laborista local, republicano reconocido y socialista insobornable. Se llamaba Bede Talgarth.

¡Bede Talgarth! ¡Lo conocía! O al menos, se corrigió, había almorzado con él una vez en Kinross. Así que se dirigió a sus oficinas parlamentarias en la calle Macquarie, donde le negaron la audiencia porque no era una votante, ni estaba relacionada con el movimiento obrero. Su secretario, que compartía con varios otros diputados del Partido Laborista, era un hombrecillo enjuto, que le sonrió con desprecio y le dijo que se marchara y se dedicara a criar niños como las demás mujeres.

Entonces se dedicó a investigar un poco en la biblioteca del Parlamento, y así descubrió que Bede Talgarth, profesión anterior minero del carbón, estado civil soltero, nacido el 12 de mayo de 1865, vivía en Arncliffe. Era un barrio obrero poco poblado de los suburbios de Botany Bay y no quedaba muy lejos de la fábrica de perforadoras. Como no le permitían verlo en su oficina, decidió ir a buscarlo a su madriguera. Era una casa pequeña de arenisca, de la época de los convictos, y estaba ubicada en un terreno de menos de media hectárea, que nadie mantenía.

Cuando llegó a la descascarillada puerta color verde oscuro e hizo sonar la aldaba, nadie respondió. Después de varios intentos más y diez minutos de espera, abandonó la puerta principal y caminó alrededor de la casa observando las cortinas sucias, los vidrios mugrientos y el bote de la basura repleto ante la puerta trasera. El hedor que salía de la letrina situada en el fondo del abandonado patio trasero le revolvió el estómago.

Como detestaba la inactividad, pero estaba decidida a esperar hasta que Bede Talgarth volviera a su casa, empezó a sacar la maleza que crecía alrededor de la casa. Es difícil cultivar vegetales o flores en esta tierra pobre y arenosa, pensó mientras juntaba las malas hierbas en una pila que muy pronto se convirtió en una pequeña montaña.

Ya había anochecido cuando Bede atravesó la maltrecha portezuela de la cerca empalizada que separaba el terreno de la acera. Lo primero que percibió fue el aroma de las plantas arrancadas, lo segundo, la enorme pila de malezas. Pero ¿quién era el jardinero que se estaba ocupando de tan ingrata tarea?

La encontró en la parte de atrás: una muchacha alta y delgada. Llevaba un vestido de algodón gris oscuro que le llegaba casi hasta los tobillos, y cuya forma no valía la pena describir. Tenía cuello alto y mangas largas, que ella se había arremangado hasta arriba de sus codos afilados y huesudos. No la reconoció ni siquiera cuando ella se irguió y lo miró fijamente.

– Este lugar es un desastre -dijo limpiándose las manos en la falda-. No es difícil darse cuenta de que es un soltero que se conforma con comer de una caja y sentarse sobre un cajón de naranjas. Pero, si está corto de dinero, podría plantar sus propios vegetales agregando un poco de estiércol de vaca a la tierra. Tampoco le haría mal hacer algo de ejercicio: le está creciendo la barriga, señor Talgarth.

Lo sabía de sobra y además le molestaba, así que el comentario de Nell lo hirió vivamente. Sin embargo, había reconocido la voz aguda y autocrática y la observaba estupefacto.

– ¡Nell Kinross! -exclamó-. ¿Qué hace aquí?

– Quitando las malas hierbas -respondió ella. Sus ojos azules recorrieron el traje de tres piezas color azul marino de él, el cuello y los puños de celuloide y la corbata y los gemelos exclusivos de los MLA-. Veo que ha progresado, ¿eh?

– Hasta los miembros laboristas del Parlamento tenemos que cumplir con las normas de vestimenta -se defendió.

– De todas formas, es viernes, así que puede ponerse alguna ropa vieja y dedicarse un fin de semana a sacar maleza.

– Los fines de semana visito a mis electores -respondió con solemnidad.

– Y come galletas, toma té con azúcar, probablemente también panecillos con mermelada y crema y, después, bebe grandes vasos de cerveza. Si no cambia sus hábitos, señor Talgarth, no llegará a los cuarenta.