– A propósito, ¿cuántos años tienes, Nell?
– Dieciséis y… mmm… ocho meses.
– ¡Dios mío! -exclamó sintiendo que un sudor frío lo recorría.
– ¡Tranquilízate! -dijo con desdén mientras se marchaba-. Sé cuidarme sola.
Apuesto a que sí, pensó Bede mientras veía desaparecer el carruaje de Nell por la calle. ¡Por Dios! Había entrado a su casa. ¡Podían enviarlo a la cárcel! De todas formas, nadie lo sabía así que, ¡qué importaba!
Además tenía razón, todos sus votantes lo consideraban un pobre soltero que vivía en una casa espantosa, incapaz de cuidarse a sí mismo. Por eso, cada vez que hacía sus rondas le ofrecían comida. ¿Cómo hacía para explicarles a esas personas que el Parlamento le pagaba un excelente almuerzo cada vez que tenía sesión? ¿Y que en el Consejo Gremial también le daban de comer? Tomaría un azadón y mejoraría el terreno. Contrataría (por un salario digno) a una mujer desesperadamente pobre para que limpiara su casa. Colocaría trampas para ratas y ratones, pondría veneno para cucarachas, y compraría papel caza moscas y lo colgaría del techo para atraparlas en su superficie pegajosa y tóxica. No quiero morir antes de los cuarenta, se dijo. Además, me doy cuenta de que mis tripas no están del todo bien. Si la casa está más limpia tal vez no me den esos ataques al hígado. Nell Kinross, dieciséis años de edad pero sesenta hasta la desfachatez.
La respuesta fue sí, pero con una condición: que Nell remachara dos placas de metal juntas. Si lograba hacerlo, podría aprender a trabajar en el torno para metales. Por más que odiara admitirlo, Angus Robertson anunció que la joven sabía remachar. Sin embargo, cuando regresó tres días más tarde para tomar su lección, encontró el taller parado.
– La máquina de vapor no funciona -dijo Angus Robertson, secretamente satisfecho-. Y, además el mecánico que se ocupa de eso está enfermo.
– Ay señor, señor, señor -dijo Nell mientras se dirigía hacia donde estaba la máquina echando vapor y desplazaba a los tres hombres que estaban allí curioseando-. ¿Enfermo? Espero que no tenga fiebre.
– No -respondió Angus observando fascinado cómo estudiaba la unidad reguladora que controlaba el paso del vapor a través de la válvula en dirección a la cámara de combustión-. Reuma.
– Mañana traeré unos sobrecillos de un polvo para que se los dé. Dígale que lo tome tres veces por día, con abundante agua. Es un antiguo remedio chino para la fiebre y los dolores reumáticos -dijo Nell, tanteando con una mano para alcanzar una herramienta que no estaba allí-. Páseme la llave inglesa, por favor.
– ¿Un veneno chino? -Angus retrocedió resollando dramáticamente-. ¡Ni loco le daría eso a Johnny!
– ¡Tonterías! -exclamó Nell empuñando la llave-. Está hecho principalmente de corteza de sauce mezclada con otras hierbas medicinales. No hay restos de tritón ni de ancas de rana. -Señaló la unidad reguladora con el aire de quien no puede entender por qué nadie ha podido solucionar el problema-. Las pesas están desequilibradas, señor Robertson. Hay dos correas rotas que se pueden reparar en poco tiempo.
En dos horas, las pesas flotantes del regulador, bolas de cobre del tamaño de una pelota de tenis de mesa, y la unidad de elevación estaban otra vez en su lugar, y las correas que sostenían las pesas, soldadas a la corona y al elevador. Las bolas giraban hacia fuera por la fuerza centrífuga, la válvula se abrió para permitir que pasara suficiente vapor a la cámara de combustión y el volante empezó a girar haciendo funcionar todas las máquinas que alimentaba la máquina de vapor.
Bede Talgarth se había vuelto para observar, al igual que el señor Arthur Constantine, socio menor de Constantine Drills.
– ¿Hay algo que esta chica no pueda o no sepa hacer? -preguntó Arthur Constantine a Bede.
– La conozco tan poco como usted, señor -dijo Bede con la formalidad adecuada para un encuentro entre un capitalista y un socialista-, pero tengo entendido que a su padre le gusta el trabajo manual y ella ha aprendido con él desde pequeña. El profesor Warren, que es el decano de ciencias, dice que superará la clase con tanta facilidad que es poco menos que inútil examinarla.
– Una perspectiva aterradora -dijo Arthur Constantine.
– No, una campanada de alarma -corrigió Bede-, que me está diciendo que allá fuera, en la mitad débil de la población, hay talentos femeninos que están siendo desperdiciados. Por suerte, la mayoría de las mujeres están contentas con la vida que les tocó. Pero Nell Kinross nos está dando una señal de que algunas abominan de su destino.
– Pueden dedicarse a la enfermería, o a la enseñanza.
– Salvo que tengan talento para la mecánica -replicó Bede, no porque hubiese abrazado repentinamente la causa feminista, sino porque quería incomodar a aquel hombre. El y los de su clase pasaban muchas horas preocupándose por sus trabajadores, así que, ¿por qué no incluir en ese elenco a las mujeres?
– Le sugiero, señor Constantine -dijo Nell acercándose a ellos-, que invierta en una nueva unidad reguladora para la máquina de vapor. Las correas ya fueron soldadas cientos de veces, de modo que van a ceder nuevamente. Es cierto que un solo motor puede alimentar todo su taller, pero para eso tiene que funcionar. Hoy ha perdido tres horas de producción. Ningún empresario puede permitirse ese lujo cuando tiene un solo mecánico especializado en la materia.
– Gracias, señorita Kinross -respondió Constantine solemnemente-. Nos ocuparemos del asunto.
Nell guiñó un ojo a Bede y se retiró con paso decidido llamando a gritos a Angus Robertson, que se le acercó a toda prisa con el aire de quien ha sido derrotado, al menos momentáneamente.
Con una sonrisa en los labios, Bede decidió quedarse para ver cómo se las arreglaba la señorita Kinross para seguir manejando a Arthur Constantine, Angus Robertson y el torno para metales, con el que maniobraba como pez en el agua.
Hay cierta poesía en sus movimientos, pensó Bede; se mueve con mucha seguridad, gracia, fluidez. Nada la perturba, y logra mantenerse ajena a cuanto escapa a la esfera de lo que está haciendo.
– Aún no puedo creer lo fuerte que eres, Nell -dijo esa noche cuando fue a cenar a su casa-. Manejabas el acero como si fuera una pluma.
– Manejar cosas pesadas es un truco -respondió ella sin demostrar demasiado interés por su abierta expresión de admiración-. Lo sabes, ¿verdad? Tienes que saberlo. No siempre has llevado tus pantalones relucientes de tanto estar sentado en tu sillón del Parlamento o de tanto negociar con los empleadores.
Bede se sobresaltó.
– Lo que más me gusta de ti -dijo- es tu tacto y tu diplomacia.
Cuando llegó, descubrió que la cena no era un íntimo tête à tête, sino una alegre y ruidosa comida compartida con los tres chinos y Donny Wilkins. Deliciosa comida china y buena compañía.
Sin embargo, advirtió, ninguno está enamorado de ella. Parecen un grupo de hermanos con una hermana mayor mandona, aunque ella sea la menor.
– Tengo un mensaje de parte de Angus Robertson -dijo cuando terminaron de comer y los «hermanos», conscientes de que se acercaban los exámenes finales, se retiraron para enfrascarse en sus libros.
– Ingeniero escocés, viejo y testarudo -dijo afectuosamente-. Me lo gané, ¿verdad? Para cuando aprendí a utilizar el torno, lo tenía comiendo de mi mano.
– Has demostrado tu valor en un mundo de hombres.
– ¿Cuál es el mensaje?
– Que tus polvillos chinos funcionaron. El hombre encargado de las máquinas de vapor volvió al trabajo y se siente de maravilla.
– Le enviaré unas líneas a Angus para que le diga que puede comprar más polvillos en la herboristería china del Haymarket. Aunque, si los toma regularmente, le conviene beber leche en lugar de agua. Es un remedio fantástico, pero perjudica el estómago. La leche es una buena solución para las medicinas de cualquier nacionalidad que dañan el estómago.