– Estoy empezando a pensar que, a pesar de todas tus cualidades para la ingeniería, te iría mejor como médica, Nell -dijo Bede.
Lo acompañó hasta la puerta, más complacida por ese comentario que por cualquier otro cumplido que le hubiera hecho.
– Gracias por haber venido.
– Gracias por haberme invitado -correspondió él bajando de un salto un escalón sin tratar de tocarla-. Cuando termines los exámenes y antes de que regreses a Kinross, ¿querrás venir a cenar a mi casa? Aunque no lo creas, soy buen cocinero cuando tengo un buen motivo para andar entre fogones. En nuestra familia todos los hermanos nos turnábamos para cocinar. Prometo que el lugar estará limpio.
– Gracias, me encantaría ir. Llámame por teléfono.
Caminó, pensativo, hacia Redfern; no estaba seguro de sus sentimientos. Había algo en ella que lo atraía irresistiblemente. Tal vez su forma de ser, intrépida e indomable. El modo en el que conseguía siempre lo que quería, pero sin dar el primer paso antes de que fuera el momento indicado. Me pregunto si su padre sabrá que ella desea fervientemente ser médica, se dijo Bede Talgarth. La carrera de medicina es uno de los bastiones masculinos más defendidos, probablemente porque, pensándolo bien, es una carrera perfecta para las mujeres.
Pero sir Alexander quiere que trabaje con él en la empresa, y además está acostumbrado a salirse con la suya. Aunque la pequeña señorita Nell también lo está.
No volvieron a ponerse en contacto entre la cena y el final de los exámenes, que Nell aprobó sin problemas y con más confianza en sí misma que nunca, gracias a que su «trabajo práctico» había sido muy variado y satisfactorio. En algún rincón de su mente, Nell se preguntaba si los profesores intentarían desacreditarla poniéndole notas más bajas, pero si lo hacían, ella estaba preparada. Pediría sus exámenes y los haría corregir nuevamente por algún profesor de Cambridge que no supiera cuál era su sexo. Ni a la facultad de Ciencias ni al departamento de ingeniería les gustaría recibir una orden judicial.
Sin embargo, el profesor Warren y sus ayudantes percibieron que esa niña terrible estaba dispuesta a llegar lejos, o tal vez anhelaban recibir las suculentas donaciones de su padre. Fuese cual fuese el motivo que los impulsó, la calificaron correctamente. En una disciplina como la ingeniería en la cual las respuestas son básicamente correctas o incorrectas, eso significaba que Nell era la primera de su clase, con un impresionante margen entre ella y Chan Min, que había resultado segundo seguido de cerca por Wo Ching. Donny Wilkings era el mejor en ingeniería civil y arquitectura, y Lo Chee, en ingeniería mecánica. Victoria total para los estudiantes de Kinross.
Nell envió una carta a Bede a su casa para decirle que estaba libre para ir a cenar, si él aún quería invitarla. Bede contestó proponiéndole el día y la hora.
Una de las cosas que le sorprendía de Nell era su renuencia a exhibir su riqueza. Para llegar a su casa, dos sábados más tarde, a las seis en punto, había tomado el tranvía y después había caminado varias manzanas desde el mercado. Sin embargo, podría haber llamado un coche que la transportara cómodamente desde la puerta de su casa hasta Arncliffe. Llevaba otro vestido gris de algodón aformo; el dobladillo llegaba diez centímetros más arriba de sus tobillos, un detalle bastante osado si el vestido hubiera sido color escarlata o un modelo festivo de un color menos apagado. No usaba sombrero (otro despropósito), ni joyas, y, colgado del hombro izquierdo, llevaba el mismo bolsón de cuero de siempre.
– ¿Por qué son tan cortos tus vestidos? -preguntó cuando la recibió en la puerta de entrada.
Nell estaba demasiado ocupada observando encantada el terreno.
– ¡Bede, has quitado muy bien toda la maleza! ¿Y qué es eso que veo en el patio de atrás? ¿Una huerta?
– Sí, y espero que también notes que la barriga se ha ido -respondió-. Tenías razón, necesitaba ejercicio. Pero ¿por qué son tan cortos tus vestidos?
– Porque no soporto los vestidos que barren la suciedad -dijo haciendo una mueca-. Ensuciarse la suela de los zapatos ya es bastante desagradable, pero es mucho peor cuando lo que se ensucia es algo que no se puede lavar cada vez que se usa.
– ¿Eso quiere decir que lavas las suelas de los zapatos?
– Si he estado en un lugar desagradable, por supuesto. ¡Piensa en todo lo que se les pega! Las calles están cubiertas de escupitajos, mocos de gente que se suena la nariz con las manos… ¡Un asco! Y ni hablemos de los vómitos, los excrementos de perro y la basura podrida.
– Entiendo lo de los escupitajos. Nosotros tuvimos que implantar una multa para los que escupen en los tranvías y en los vagones de tren -replicó él, acompañándola por el sendero hasta la puerta principal.
– Las cortinas están limpias y las ventanas también -exclamó complacida.
Hacerla entrar en su casa no era algo que lo llenara de orgullo pues no tenía ningún mueble del cual hablar: un viejo sofá de resortes que asomaban entre la parte de abajo y el suelo, una cómoda y un escritorio viejo y destartalado con una silla al lado. La mesa de la cocina ahora ostentaba dos sillas de madera y el cajón de naranjas había desaparecido. Los suelos eran de madera sin revestimiento o de linóleo barato. De todas formas, alguien había refregado las paredes para sacar la suciedad de las moscas y no se veían excrementos de ratas o ratones ni de cucaracha.
– Aunque todavía no he logrado deshacerme de esos malditos bichos -dijo haciéndola sentar a la mesa de la cocina-. Son inmortales.
– Prueba con platillos llenos de vino tinto -sugirió Nell-. No se resisten y se ahogan. -Lanzó una carcajada-. Eso sí que les gustaría a los de la Liga Antialcoholismo, ¿no? -Carraspeó-. Supongo que la casa no es tuya. ¿La alquilas? -preguntó.
– Sí.
– Entonces trata de convencer al dueño de que cerque la propiedad con una empalizada de un metro ochenta. Así podrías tener unas cuantas gallinas que te darían huevos y servirían como una protección exterior contra las cucarachas. A las gallinas les encanta comer cucarachas.
– ¿Cómo sabes todas estas cosas?
– Bueno, vivo en Glebe, que está lleno de cucarachas. Butterfly Wing las elimina con platillos de vino tinto y un montón de gallinas que deambulan por el patio trasero.
– ¿Por qué no llevas sombrero? -preguntó abriendo la puerta del horno para espiar hacia dentro.
– Huele delicioso -dijo ella-. Odio los sombreros, eso es todo. No tienen ningún tipo de utilidad y cada año los hacen más feos. Si tengo que estar bajo el sol durante muchas horas, me pongo un sombrero culi, es más sensato.
– Y en Constantine Drills te vi en mono en el área de producción. Ahora entiendo por qué Angus no estaba de acuerdo con que fueras.
– Lo último que se necesita en una fábrica o en un taller es una tonta que se enganche las faldas en una máquina. Si los monos no son precisamente sugestivos, ¿qué importa?
– Es verdad -admitió Bede mientras controlaba las ollas que estaban sobre la cocina.
– ¿Qué hay de comer? -preguntó.
– Pata de cordero asada con patatas y calabaza; pequeñas y deliciosas cayotas y habichuelas muertas.
– ¿Habichuelas muertas?
– Cortadas en finas rodajas. ¡Ah! Y salsa, por supuesto.
– ¡Venga! Podría comerme un caballo.
La comida era tradicionalmente británica pero muy buena; Bede no había exagerado cuando había dicho que sabía cocinar. Hasta las habichuelas muertas estaban bien hechas. Nell se puso manos a la obra y comió casi tanto como su anfitrión.
– ¿Tengo que dejar lugar para el postre o puedo servirme otro plato? -preguntó mientras limpiaba los restos de la salsa del plato con un trozo de pan.
– He de controlar la barriga, así que te sirvo otro plato -replicó él con una sonrisa-. A juzgar por tu apetito, se diría que no tienes tendencia a engordar.