– Estoy de acuerdo -dijo Nell, manteniendo la calma, y se volvió hacia su padre-. Tienes que hacer algo, papá.
– Siempre eres tú la que ves la verdad, Nell. Sí, tengo que hacer algo.
– ¡No! -gritó Elizabeth poniéndose de pie de un salto en medio de un chaparrón de jerez-. ¡No, Alexander, no te lo permitiré!
– Vete, Nell -ordenó Alexander.
– Pero, papá…
– Ahora no. Vete.
– Ha llegado la fase final -dijo Alexander después de cerrar la puerta-. Primero fui pá, después papi, y ahora soy papá. Nell ha crecido.
– A tu imagen y semejanza: fría y despiadada.
– No. Se ha convertido en ella misma: una persona sorprendente. Siéntate Elizabeth.
– No puedo -repuso ella, y comenzó a caminar de un lado a otro.
– ¡Pues te sientas! Me niego a tener una conversación seria con alguien que se mueve de aquí para allá tratando de eludir la verdad.
– Anna es mi hija -dijo Elizabeth hundiéndose en su asiento.
– Y Dolly es tu nieta, no lo olvides. -Se inclinó hacia delante, se apretó las manos y la observó fijamente con su mirada color ébano, sin pestañear-. Elizabeth, por más que no te agrade y me desprecies, soy el padre de tus hijas y el abuelo de Dolly. ¿Realmente crees que soy tan insensible que no puedo darme cuenta de la magnitud de esta tragedia? ¿Piensas que no sufrí por Anna cuando supe lo mal que estaba? ¿Que no sufrí por Jade, que pagó las consecuencias? ¿Crees que, si hubiera podido, no habría tratado de aliviar de alguna manera el dolor y la tristeza que rodearon a Anna durante sus quince años de vida? ¡Por supuesto que lo habría hecho! Habría movido cielo y tierra si hubiera servido para algo. Pero las tragedias no dejan de ser tragedias, siguen su curso hasta su terrible final, y lo mismo sucederá con ésta. Quizá no exista una muchacha tan brillante como Nell sin algún tipo de contrapeso. Pero no puedes culpar a Nell por ser como es, ni tampoco puedes culparme a mí (o a ti misma) por cómo es Anna. Acepta los hechos, querida. Tenemos que separar a Anna de Dolly antes de que la tragedia empeore.
Lo escuchó; las lágrimas caían por su rostro.
– Te he hecho mucho daño -sollozó-, aunque nunca quise hacerlo. Si ésta es la hora de la verdad, debo decirte que sé que no te mereces lo que te he hecho. -Se restregó las manos y apretó los dedos-. Tú has sido amable y generoso conmigo y yo sé, ¡yo sé!, que si me hubiera comportado de manera diferente contigo, no se habría dicho ninguna de estas cosas dolorosas. Tampoco habrías necesitado a Ruby. Pero no lo puedo evitar Alexander, no lo puedo evitar.
Alexander, pañuelo en mano, se levantó de su asiento y se acercó a ella, puso el lienzo en su mano y la abrazó contra su muslo.
– No llores así, Elizabeth. No es culpa tuya que no me ames o que yo no te agrade. ¿Por qué te atormentas por algo que no puedes evitar? Eres esclava de tus deberes, pero fui yo el que te hizo esclava cuando Anna era bebé. -Apoyó las manos sobre su pelo-. Es una lástima que no hayas correspondido al afecto que siento naturalmente por ti. Yo esperaba que con el paso de los años fueras acercándote poco a poco. Pero lo cierto es que tú te alejas cada día más de mí.
Elizabeth contuvo sus sollozos, pero se quedó en silencio.
– ¿Te sientes mejor? -dijo Alexander.
– Sí -respondió Elizabeth, enjugándose las lágrimas con el pañuelo.
El volvió a su asiento.
– Entonces podemos terminar con esto. Sabes, al igual que yo, que debemos hacerlo. -Un dolor extraño se reflejó en su rostro-. Lo que no sabes es que juré a Jade que nunca enviaría a Anna a un asilo. Creo que ella sabía mucho más de lo que nos dijo. Se veía venir esto o algo similar. Por lo tanto, tenemos dos cosas que resolver: la primera es cómo separar a Dolly de su madre natural, que no la puede seguir cuidando. La segunda es decidir qué hacemos con Anna. ¿La dejamos aquí, como una prisionera virtual, o la enviamos a un lugar donde la tengan encerrada?
– ¿Crees que funcionaría si la mantuviéramos encerrada aquí, siempre?
– Pienso que Nell diría que no. Para empezar, seguiría estando muy cerca de Dolly, y Anna es bastante astuta. La prueba está en la facilidad con la que lograba eludir a sus guardianas cuando tenía sus encuentros secretos con O'Donnell.
Elizabeth tocó el pequeño timbre situado en la mesa que estaba al lado de ella.
– Señora Surtees -dijo al ver entrar al ama de llaves-, ¿podría pedir a Nell que vuelva a la biblioteca, por favor?
Cuando Nell apareció con la frente en alto, Elizabeth se le acercó, la abrazó y la besó en la frente.
– Lo siento, Nell, lo siento mucho. Por favor, perdóname.
– No hay nada que perdonar -respondió Nell sentándose-. Fue sólo la sorpresa, lo sé.
– Tenemos que hablar de Anna -dijo Elizabeth.
Alexander se reclinó, con el rostro envuelto en la sombra.
– Hemos decidido separar a Dolly de Anna -continuó Elizabeth-, así que tenemos que decidir qué hacemos con ella. ¿La dejamos encerrada aquí, o la enviamos a otro sitio?
– Creo que debemos llevarla a otra parte -dijo Nell lentamente, con los ojos empañados-. O'Donnell abrió una puerta a Anna que no se puede cerrar. Pienso que eso tuvo que ver con su deterioro. Ella no sabe qué es lo que echa de menos, pero le falta algo que antes tuvo, y que le gustaba. Hay un elemento de… de… frustración en su comportamiento, y se está desquitando con Dolly. ¡Es todo tan secreto, tan misterioso…! No sabemos nada acerca del modo en que los retrasados mentales perciben su mundo, o qué emociones, más sutiles que la rabia y la alegría, experimentan. No puedo evitar pensar que viven en un mundo más complejo de lo que nosotros creemos.
– ¿Qué has visto hoy, Nell? -preguntó Alexander.
– Una sombra de rencor en el modo en que Anna trata a Dolly. Honestamente, papá, la zarandea para todos lados sin piedad, y el hecho de que Dolly sepa cómo reaccionar hace pensar que es algo que sucede de manera habitual. Pero esto no ha ocurrido hasta que Dolly no ha sido lo suficientemente mayor e inteligente para evitar lastimarse. Es ella la más importante, porque tiene futuro. Es una pequeña adorable, con un cerebro normal. ¿Cómo podemos permitir que esté expuesta a Anna? Sin embargo, si las dos se quedan aquí, Anna la encontrará.
– ¿Estás sugiriendo que no digamos a Dolly que Anna es su madre? ¿Que yo, por ejemplo, debería hacerme pasar por su madre?
– Mientras podamos mantener la ficción, sí.
Alexander había estado escuchando sólo a medias; una parte de su mente intentaba encontrar el modo de no traicionar el juramento que había hecho a Jade.
– ¿Y qué pasaría si en lugar de enviar a Anna a un asilo la enviáramos a una casa privada que fuera segura? Las personas encargadas de cuidarla tendrían que ser mujeres, visto lo que pasó con O'Donnell. Un lugar que tuviera un parque enorme donde ella pudiera caminar y jugar, donde se sintiera como en casa. ¿Anna aprendería a olvidarnos, Nell? ¿Aprendería a querer a alguna de las personas que la cuidan en lugar de nosotros?
– Prefiero eso a un asilo, papá. Prefiero eso a dejarla aquí. Si encuentras una casa adecuada en Sydney, yo estaría dispuesta a supervisar su cuidado.
– ¿Supervisar el cuidado? -preguntó Elizabeth alarmada.
Alexander Kinross miró a su hija a los ojos.
– Sí, mamá, es necesario supervisar su cuidado. La gente puede no ser lo que parece, especialmente el tipo de personas que se ocupan de los más indefensos, que habitualmente resultan víctimas de pequeñas crueldades y perversiones inútiles. No me preguntéis cómo lo sé, lo sé y basta. Así que yo podría supervisar el lugar: llegar de sorpresa, buscar posibles heridas, ver si la mantienen limpia y todas esas cosas.
– Te esclavizarías -gruñó Alexander.
– Papá, ya es hora de que haga algo por Anna. Hasta ahora mamá se ha ocupado de todo.