– He tenido mucha ayuda -dijo Elizabeth que estaba de humor para ser justa-. Imagínate cómo habrían sido las cosas si no hubiera podido pagar para que me ayudasen. En Kinross hay una familia que tiene el mismo problema.
– Pero es poco probable que tengan una Dolly. La niña que tú dices está muy marcada: tiene labio leporino, el paladar hendido, crecimiento retardado -explicó Nell.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Alexander asombrado.
– Solía observarla cuando vivía aquí, papá. Me interesaba. Pero ella no vivirá tanto como Anna.
– Y eso es una bendición -opinó Alexander.
– No para su madre -dijo Elizabeth bruscamente-. Ni para sus hermanos y hermanas. La adoran.
Una semana más tarde, Anna le rompió un brazo a Dolly y atacó a Peony mientras ésta trataba de rescatar a la niña, que lloraba con desesperación. De pronto, no hubo más tiempo para remordimientos. Hubo que contener a Anna, que forcejeaba y pataleaba, y separar definitivamente a la niña de su madre. Hasta que surgiera una alternativa en Sydney, Anna fue confinada en una suite para huéspedes que en la entrada tenía un pequeño vestíbulo y se podía cerrar con llave antes de abrir las demás habitaciones. Lo peor de todo fue que hubo que colocar rejas en las ventanas, porque la suite estaba en la planta baja.
Alexander y Nell se apresuraron a partir hacia Sydney en busca de una casa. Una oportunidad ideal para que Nell expusiera sus propuestas a su padre. Sin embargo, el tren ya estaba llegando a Lithgow y ella todavía no había reunido el coraje necesario para empezar.
– Creo -comenzó a decir- que tal vez debamos construir una casa, papá; nadie hace una con un parque enorme. Además, tenemos a Donny Wilkins para que la diseñe. Quedaría todo en familia, ¿no crees?
– Continúa -dijo Alexander observando a su hija entre divertido y escéptico.
– Bajando por el puerto, en Drummoyne y Rozelle, hay grandes terrenos que, por lo que escuché, se pusieron a la venta a causa de los malos tiempos que corren. Ahora que la mayoría de los bancos están quebrando, muchos de los hombres que podían permitirse vivir en mansiones con grandes extensiones de tierra están declarándose en bancarrota. ¿Apocalipsis tiene problemas, papá?
– No los tiene ni los tendrá, Nell.
Suspiró aliviada.
– Entonces está bien. ¿Tengo o no tengo razón al decir que las tierras cercanas al puerto son una buena inversión?
– Sí, la tienes.
– ¿O sea que si compraras una o dos propiedades en quiebra no perderías dinero?
– No. Pero ¿por qué concentrarse en las zonas alejadas del puerto cuando existen mansiones igual de grandes a precios bajísimos en Vaucluse y Point Piper?
– Son barrios refinados, papá, y las personas refinadas son… raras.
– ¿O sea que a nosotros no nos consideras refinados?
– Las personas refinadas no se confinan en sitios aislados como Kinross. Les gusta estar en lugares donde pueden codearse con la realeza y los gobernantes. Darse aires -dijo Nell utilizando una frase nueva.
– ¿Entonces nosotros qué somos, si no somos ni refinados ni nos damos aires?
– Estamos podridos en dinero -respondió seriamente-. Sólo eso: estamos podridos en dinero.
– Querida, querida… ¿Entonces tendría que comprar mansiones rodeadas de vastos terrenos en barrios ordinarios como Rozelle?
– Exactamente. -Nell estaba radiante.
– En realidad es una idea bastante buena -dijo Alexander-, salvo por una cosa. Te resultará difícil ir de Glebe a Rozelle para supervisar a Anna.
– No estaba pensando en que Anna estuviese en un lugar como Rozelle, todavía… -Nell trataba de hacer tiempo-. Viviría allí más adelante, cuando la mansión se convierta en el núcleo central de un hospital. No será un asilo, sino un hospital. Un sitio en el que se pueda trabajar bien a fin de encontrar una cura para los discapacitados mentales.
Alexander frunció el entrecejo, pero era evidente que no estaba enfadado.
– ¿Adonde quieres llegar, Nell? ¿Quieres que dedique mi podrido dinero a la filantropía?
– No, no es eso. En realidad es más… eh… Bueno.
– Dilo de una vez, hija.
Ella tomó aire y se decidió.
– No quiero seguir estudiando ingeniería, papá. Prefiero la medicina.
– ¿Medicina? ¿Cuándo lo decidiste?
– En realidad no lo sé, ésa es la verdad -respondió pausadamente-. Verás, es algo que siempre me ha interesado, desde que era pequeña, cuando abría mis muñecas y les fabricaba órganos. Pero nunca pensé que un día podría estudiar medicina; ésa era la única facultad que no admitía mujeres. Ahora sí pueden ingresar, así que están yendo en tropel.
Alexander no lo pudo evitar y se echó a reír.
– ¿Y cuántas mujeres conforman ese tropel? -preguntó secándose los ojos.
– Cuatro o cinco -respondió ella riendo.
– ¿Y cuántos estudiantes varones hay?
– Alrededor de cien.
– De todas formas tuviste una experiencia peor en ingeniería y sobreviviste.
– Estoy acostumbrada a ser una mujer en un mundo de hombres. -Se llenó de entusiasmo; dio un brinco-. En realidad estoy más preocupada por cómo me llevaré con las estudiantes de medicina que con los varones.
El tren, que estaba llegando a Lihtgow, disminuyó la velocidad. Durante aproximadamente cinco minutos permanecieron sentados, uno enfrente del otro, en silencio. Nell angustiada, Alexander pensativo.
– Nunca hemos hablado -dijo él finalmente- acerca de ti y de tu futuro.
– No, pero supongo que siempre pensé que estudiaría ingeniería. Así podría incorporarme a la empresa y tal vez hasta ayudar a dirigirla.
– Es verdad, pero eso no es lo que yo quería decir. Me refería a tu herencia, que es el setenta por ciento de Empresas Apocalipsis.
– ¡Papá!
– Es un problema que nunca haya tenido un hijo varón -dijo Alexander esforzándose por seguir mirándola a la cara-, pero tuve una hija con una mente prodigiosa. Una mente capaz de realizar cualquier razonamiento técnico o matemático. Además, a medida que crecías comencé a darme cuenta de que, a pesar de ser mujer, llegarías a ocuparte de la gestión de nuestros negocios tan bien como cualquier padre podría esperar que lo hiciera un hijo varón. Hacer que te licencies en ingeniería en minas es una forma de prepararte para tu herencia. Espero que conserves tu sentido común y te cases con un hombre que complemente tu inteligencia y que sea un compañero para ti en todo sentido.
Ella se puso de pie y se acercó a la ventanilla, la abrió y asomó la cabeza y los hombros para observar cómo cambiaban de vía el tren de Kinross hacia el apartadero y desenganchaban el vagón en el que iban ellos.
– El tren de Bathurst va con retraso -dijo ella entonces.
– Es más fácil hablar sin ese ruido. -Alexander sacó un cigarro y lo encendió-. Haré un trato contigo, Nell.
– ¿Qué tipo de trato? -preguntó ella cautelosamente.
– Si terminas ingeniería, no me opondré a que estudies medicina. Entonces tendrás al menos un título. Seguramente habrá más mujeres en medicina que en ingeniería, pero no tendré las mismas influencias entre tus profesores que la que tengo con los propietarios de las fábricas. -Sus ojos brillaron a través del humo-. Supongo que podría tentarlos con uno o dos edificios nuevos, pero lo cierto es que tendré que ahorrar algo de mi podrido dinero para ese hospital.
Nell extendió su mano.
– Trato hecho -dijo.
Se estrecharon la mano solemnemente.
– El profesor de fisiología es un escocés, papá. Thomas Anderson Stuart. El de anatomía, otro escocés: James Wilson. La mayor parte del cuerpo docente viene de Escocia. El profesor Thomas Anderson Stuart continúa trayéndolos desde Edimburgo, lo cual hace irritar sobremanera al rector y al consejo universitario. Pero a Anderson Stuart nadie le niega nada. ¿Te suena familiar, papá? Cuando llegó, en mil ochocientos ochenta y tres, la facultad de Medicina funcionaba en una cabaña de cuatro habitaciones. Ahora dispone de un edificio enorme.