– ¿Y quién es el profesor de medicina?
– No hay -dijo Nell-. ¿Caminamos un poco por el andén, papá? Necesito estirar las piernas.
Hacía calor, pero eso no impidió que Nell se tomara del brazo de su padre y se acurrucara contra él mientras se paseaban de extremo a extremo del andén.
– Te quiero mucho, papá. Eres el mejor -dijo.
Y eso, concluyó Alexander, es todo lo que uno puede pedir de un hijo: que lo ame y que lo considere el mejor. Lo que le había dicho lo había desilusionado amargamente, pero era una persona demasiado ecuánime para obligarla a hacer algo que su corazón no deseaba. ¡Vaya si se acordaba de aquellas muñecas diseccionadas! Las páginas marcadas de su precioso Durero. La enorme colección de libros de medicina que le había encargado a su distribuidor de libros en Londres. Todos allí, mirándolo, durante todos estos años. Además, era una mujer, así que haría lo que le dictara su corazón. Extrañas criaturas las mujeres, reflexionó. Nell no era parecida a Elizabeth, y sin embargo una mitad de ella provenía de Elizabeth. Tarde o temprano esa mitad saldría a la luz.
De Nell, su mente pasó a Lee.
Siempre sentí que Lee era mi heredero natural, desde el primer momento en que lo conocí. Tengo que encontrarlo y traerlo de regreso. Aunque eso signifique bajar la cabeza y pedirle perdón.
Alexander y Nell pasaron dos semanas ajetreadas en Sydney. Encontraron una casa que había sido construida hacía cuarenta años, en la calle Glebe Point, cerca de la residencia de Nell, y decidieron que era apropiada. Las paredes eran de ladrillos de arenisca revestidos, y tenía espacio suficiente para albergar cómodamente a Anna y a seis asistentes, más un cocinero, una lavandera y dos personas para la limpieza. Estaba situada sobre un terreno de casi media hectárea, así que Alexander hizo construir un patio de ejercicios enfrente de la habitación de Anna, separado tan sólo por una puerta.
Encontrar a los asistentes adecuados fue más difícil. Alexander y Nell los entrevistaron juntos. Nell incluso olía el aliento a los candidatos. El aliento a clavo de especia era tan significativo para ella como el olor a licor. Nell se lo explicó a Alexander, que la escuchaba fascinado.
– Antes de la clase, los muchachos que habían estado bebiendo la noche anterior, masticaban clavos aromáticos -explicó.
Alexander quería contratar como asistente principal a una mujer radiante y visiblemente maternal, mientras que Nell prefería una mujer austera con pelos en el mentón y lentes apoyados en la nariz.
– ¡Es un barco de guerra a toda vela! -protestó Alexander-. ¡Es un dragón, Nell!
– Es verdad, papá, pero necesitamos a alguien como ella para que esté al mando. Deja que las simpáticas jueguen con Anna y la mimen todo lo que quieran, y que la severa esté al mando. La señorita Harbottle es una buena persona y no abusará de su autoridad, pero insistirá en capitanear con firmeza el barco de guerra. O estar al frente de una decente guarida de dragón.
Y en abril, cuando todo estuvo listo, Anna, fuertemente sedada, fue traslada de Kinross a su nuevo hogar en Glebe. Sólo Elizabeth, Ruby y la señora Surtees lloraron. Dolly estaba demasiado ocupada explorando su nuevo mundo, Alexander estaba de viaje otra vez y Nell había vuelto a la universidad a estudiar ingeniería.
TERCERA PARTE
1
El regreso del hijo pródigo
El año que había pasado en Birmania había procurado a Lee rubíes y zafiros estrella, y el útil dato de que allí también el petróleo brotaba generosamente del subsuelo. Sin embargo, por ahora sólo se usaba para fabricar queroseno, después de un arduo viaje desde las regiones montañosas en vasijas de barro. Durante el año que había pasado en el Tíbet no había encontrado diamantes, sino riquezas espirituales mucho más valiosas que un Koh-i-Noor. El año en la India, con sus amigos de Proctor, había empezado justamente con una búsqueda de diamantes, pero después se había convertido en algo más beneficioso para la gente del marajá. La producción de hierro proveniente de los depósitos de mena, inmensamente ricos en mineral, estaba obstaculizada por la técnica de fundición que utilizaban y que se mantenía igual desde hacía milenios. El proceso dependía del carbón vegetal, que escaseaba a causa de la tala incontrolada de los bosques. Lee decidió utilizar un nuevo método de fundición con sales de magnesio, exportó carbón desde Bengala y estableció en aquel principado los fundamentos de una sólida industria. Cuando algunos miembros del virreinato británico protestaron por su atrevimiento, él contestó que era un simple sirviente del marajá, que era quien todavía reinaba (si bien con el consenso británico) y que no tenían de qué quejarse. Estaba seguro de que la emperatriz de la India recibiría su parte.
Después de eso, se marchó tan pronto como pudo a Persia para visitar a sus mejores amigos de Proctor, Ali y Husain, hijos del sah Nasru'd-Din de Persia, que, aparentemente, lograría cumplir cincuenta años en el trono real. En 1896 celebraría un jubileo.
La curiosidad llevó a Lee a internarse en las montañas de Elburz para observar por sí mismo los pozos de petróleo y de alquitrán que Alexander le había descrito. Todavía estaban allí sin explotar.
Montado sobre su caballo árabe con una bota sobre la cruz y mordiéndose una uña, dejó vagar su mirada perdida a través del árido territorio. Había descubierto que «Elburz» era un nombre erróneo que los geógrafos europeos habían dado a toda la cadena montañosa del oeste de Persia. El verdadero Elburz era el que estaba alrededor de Teherán, que tenía picos altísimos cubiertos de nieves eternas. Lo que él estaba mirando eran sólo… montañas. Sin nombre.
Un oleoducto que llegara al golfo Pérsico… un pozo cada dos hectáreas… Si explotara esos recursos, Persia podría deshacerse de su terrible deuda, y él lograría amasar su propia fortuna. Cada vez se descubrían más usos para el petróleo: aceites lubricantes, el queroseno, la parafina, un alquitrán de mejor calidad que el que venía del carbón, vaselina, anilinas para teñir y otros derivados químicos. Y también podría servir como combustible para motores que lo vaporizaran dentro de las partes del mecanismo con un nivel de eficacia que el vapor no puede igualar. ¿Acaso el marajá no le había contado que el añil artificial estaba destruyendo el comercio indio de tinturas naturales?
Lee se decidió y volvió a Teherán, donde solicitó una audiencia con el sah.
– Irán posee grandes recursos petrolíferos -dijo utilizando el nombre correcto. Su nivel de farsi era lo suficientemente avanzado para poder prescindir del intérprete-. Pero no dispone de los conocimientos para aprovecharlos. Yo cuento tanto con los conocimientos como con los fondos para explotarlos. Quisiera que me concediera un permiso para intentar esa explotación a cambio de un acuerdo por medio del cual yo obtengo el cincuenta por ciento de las ganancias más el dinero extra que invierta en equipamientos y maquinaria.
Continuó explicando su propuesta sin utilizar términos técnicos. Ali y Husain lo ayudaban en lo que podían.
Había otro hombre que permanecía en silencio, el posible heredero de Nasru'd-Din, Muzaffar-ud-Din. Era el gobernador de Azerbaiyán, una provincia persa que limitaba con las montañas del Cáucaso y que estaba en lucha continua con los turcos y los rusos. Muzaffar-ud-Din se mostraba muy interesado porque estaba al tanto del rápido desarrollo de Bakú como fuente de petróleo para Rusia. Por otra parte, no quería que Irán fuera superado en ninguna carrera por controlar los territorios que poseían recursos. Para la familia del sah, Lee representaba un socio relativamente benigno, porque no tenía ambiciones territoriales ni lo movía ningún otro objetivo que los que dictaba Mammón. Ellos entendían a Mammón, podían soportarlo. El viejo sah estaba sumido en un letargo ejecutivo, paralizado por el sistema de privilegios y derechos que, a menudo, llevaba al poder a las personas menos apropiadas. Sin embargo, Muzaffar-ud-Din tenía más de cuarenta años y, hasta el momento, no había sufrido enfermedades graves que pudieran perjudicarlo en el futuro. No eran los turcos los que más le preocupaban, sino los rusos, que estaban siempre tramando lograr el acceso a los océanos del mundo aprovechándose del mar y de las formidables naves de algún otro país. Irán era un objetivo altamente codiciado.