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Así que, después de meses de negociaciones, Lee Costevan obtuvo el permiso para explotar el petróleo en la Persia occidental, en un área de casi seiscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados. Había que montar y poner en funcionamiento Peacock Oil. Sólo era cuestión de contratar unos cuantos buscadores de petróleo descontentos en Estados Unidos, comprar torres de perforación que bombearan agua presurizada a través de los tubos verticales de revestimiento, hasta el último punzón dentado rotativo, e instalar máquinas de vapor para proveer energía.

Tenía muchas dificultadas, no precisamente técnicas. Tuvo que acostumbrarse a moverse acompañado de un batallón de soldados, porque las montañas estaban plagadas de tribus salvajes que no aprobaban el régimen de Teherán. Las intimidantes alturas hacían que las excursiones, aun las más elementales, se convirtieran en una pesadilla. El ferrocarril era prácticamente inexistente, y lo peor era que en todo el país había una grave escasez de materiales combustibles, tanto carbón como leña.

Por lo tanto, decidió Lee, empezaré con lo que es factible hacer bajo las actuales circunstancias. De esta manera, limitó sus primeros pozos a Laristan, donde había un ferrocarril que conectaba la ciudad de Lar con el golfo Pérsico. Además, cerca de Lar había carbón. Pronto se dio cuenta de que los buscadores de petróleo no sólo tenían un olfato especial para encontrarlo, sino que además tenían muchísima experiencia. Lee escuchaba y acumulaba conocimientos prácticos para complementar los estudios en geología que había seguido en Edimburgo. No cabía duda, se dijo, de que un oleoducto era una idea fantástica. Sin embargo, el petróleo podía viajar en trenes cisterna. Además, los británicos supervisaban el golfo Pérsico, una región que consideraban de su propiedad. Las estructuras portuarias eran primitivas y los buques cisternas escaseaban. Impertérrito y seguro de que el negocio del petróleo continuaría creciendo año tras año, Lee luchó para lograr que Peacock Oil fuera algo factible. Afortunadamente, el sah y su gobierno eran tan pobres que las diez mil libras esterlinas de ganancia que él les ofrecía resultaron una fortuna.

En 1896, el viejo sah Nasru'd-Din fue asesinado, pocos días antes de festejar sus cincuenta años en el trono. El asesino, un humilde habitante de Kerman, dijo que había actuado por orden del jeque Kemalu'd-Din, quien agradecía a su pariente el sah que hubiese sido tan gentil al predicar la sedición y después refugiarse en Constantinopla. El asesino fue colgado y el jeque Kemalu'd-Din, que fue extraditado para ser procesado, murió en el camino. Irán aceptó pacíficamente la subida al trono de Muzaffar-ud-Din. El inicio del gobierno del nuevo sah fue bastante prometedor: reguló la acuñación de cobre y abolió un antiguo impuesto sobre la carne. Sin embargo, debajo de la superficie, los complots no cesaban.

Fueron tiempos difíciles para Lee. El petróleo no circulaba demasiado y, aunque él obtenía ganancias, no eran los millones que sabía que tenían que llegar.

Lee, que desconocía que el sah estaba enfermo, decidió recorrer Inglaterra en 1897. Hacía siete años que se había ido de Kinross y se había mantenido deliberadamente fuera de escena. Las cartas que enviaba a Ruby se las daba a algún viajante de paso por Europa para que las mandara por correo, y no revelaba jamás su paradero. Así que Alexander, que lo estaba buscando, no había logrado localizarlo. La razón era simple: a Alexander no se le había ocurrido que Lee pudiera haber decidido dedicarse al negocio del petróleo, especialmente en un lugar como Persia. Una vez que Lee dejó la India, se había convertido en el hombre invisible.

Sólo llevaba dos cosas de Kinross consigo: una foto de Elizabeth y otra de Ruby. Su madre se las había enviado cuando estaba en la India junto con una de Nell, pero como ésta le parecía una versión femenina de Alexander, no le había gustado y la había arrojado en una pila de hojas en llamas. Aunque las fotos habían sido tomadas en 1893, tres años después de su partida, todavía lo impresionaban. La de Ruby, porque había envejecido mucho, y la de Elizabeth, porque no había envejecido para nada. Parece una mosca en ámbar, había pensado cuando la había visto por primera vez. No está muerta, está suspendida. Era un dolor del pasado. No lo sentía a menos que pasara inadvertidamente su mano por allí. Así que llevaba la foto a todas partes pero casi nunca la miraba.

El señor Maudling, del Banco de Inglaterra, finalmente se había retirado. Lo había reemplazado un caballero igual de cortés y competente, el señor Augustus Thornleigh.

– ¿Cuánto dinero me queda? -preguntó Lee al señor Thornleigh.

Augustus Thornleigh lo observó fascinado. La anécdota de la primera vez que Alexander Kinross había aparecido en el Banco de Inglaterra todavía se contaba. Llevaba una caja de herramientas, ropas de gamuza y un viejo sombrero. Y ahora había otra anécdota más, pensó el banquero. Aquel hombre, Lee, tenía la piel suave color roble claro, una extravagante coleta, el rostro oscuro y una extraña luz en sus ojos. Llevaba un traje de gamuza, que seguramente era muy similar al que solía vestir sir Alexander, pero no usaba sombrero y la parte de arriba de su traje parecía más una camisa que una chaqueta. La usaba abierta hasta la mitad del pecho, que era del mismo color de la cara. Sin embargo, su acento era elegante y sus modales impecables.

– Algo más de medio millón de libras esterlinas, señor.

Las finas cejas negras de Lee se alzaron y su sonrisa reveló unos dientes sorprendentemente blancos.

– ¡Las benditas ganancias de Apocalipsis! -dijo Lee-. ¡Qué alivio! Aunque debo de ser el único accionista de Apocalipsis que saca dinero continuamente y casi nunca deposita nada.

– De algún modo sí, doctor Costevan. Regularmente llegan depósitos de la compañía a su nombre. -El señor Thornleigh lo miró algo intrigado-. ¿Puedo preguntarle cuáles son sus inversiones personales?

– Petróleo -dijo Lee concisamente.

– ¡Oh! Una industria prometedora, señor. Todo el mundo dice que los carruajes sin caballos pronto reemplazarán a los de tracción animal, lo cual tiene a los veterinarios y criadores bastante desesperados.

– Para no hablar de los talabarteros.

– Es verdad.

Conversaron hasta que un empleado del banco trajo a Lee el dinero que había solicitado. Después, el señor Thornleigh se puso de pie y acompañó a su cliente hasta fuera.

– Por poco no se encuentra con sir Alexander -dijo.

– ¿Está en Londres?

– En el Savoy, doctor Costevan.

¿Voy o no voy?, se preguntó mientras hacía señas a un coche de punto. Después de todo, ¿por qué no?

– Al Strand… mejor dicho al Savoy -dijo al subir.

Como no tenía cambio, Lee dio al cochero una libra esterlina de oro, que el hombre guardó velozmente en su bolsillo haciendo como si fuera un chelín, por miedo a que su cliente se hubiera equivocado de moneda. De todas formas, Lee ya no estaba allí para presenciar aquella picardía. Entró en el hotel, y pidió una habitación a un hombre que se paseaba por la recepción vestido con un uniforme de mayordomo.

¡Oh, qué fastidio!, pensó el hombre. ¿Cómo explico de manera sutil a este muchacho tan particular que el dinero no le va a alcanzar para pagar este hotel?