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En ese momento, Alexander bajó las escaleras vestido con un traje de día y un sombrero de copa.

– ¡Qué coincidencia, Alexander! -exclamó Lee-. ¡Qué petimetre te has vuelto en tu vejez!

El gran hombre recorrió en dos zancadas los diez metros que lo separaban del particular muchacho, lo abrazó con fuerza y lo besó en la mejilla.

– ¡Lee! ¡Lee! ¡Déjame verte! Oh, prefiero mil veces lo que tienes puesto tú que este uniforme de enfermero -dijo Alexander con una sonrisa de oreja a oreja-. Mi querido muchacho, ¡cuánto me alegra verte! ¿Estás alojado en alguna parte?

– No, estaba pidiendo una habitación en este momento.

– En mi suite hay una habitación libre, si me haces el honor.

– Con mucho gusto.

– ¿Dónde está tu equipaje?

– No tengo. Perdí todo mi guardarropa europeo en una pequeña riña con unos baluches hace mil años. Lo que ves es lo que tengo -respondió Lee.

– Este es el doctor Lee Costevan, Mawfield -dijo Alexander-. Es uno de mis socios. Por favor, pídale a mi sastre que venga mañana a la mañana.

Después se dirigió hacia las escaleras apoyando uno de sus brazos en el hombro de Lee.

– ¿No usamos el ascensor? -preguntó Lee, absurdamente contento de verlo.

– No lo hago nunca. Si no, no hago nada de ejercicio. -Con una mano le tomó la coleta y la sacudió-. ¿Nunca te la has cortado?

– Me recorto las puntas de vez en cuando. ¿No tenías nada importante que hacer?

– A la mierda con ellas. ¡Tú eres más importante!

– ¿Por qué siempre elegimos el lenguaje grosero de mamá? ¿Cómo está ella?

– Muy bien. Acabo de llegar de Kinross, así que hace sólo seis semanas que no la veo. -Alexander sonrió-. Ya no quiere viajar conmigo. Dice que se cansa demasiado.

A Lee se le secó la boca. Tragó saliva.

– ¿Y Elizabeth?

– También estupendamente. Muy ocupada con Dolly. ¿Te enteraste de lo que le pasó a la pobre Anna? No recuerdo con exactitud cuándo desapareciste.

– Será mejor que me lo cuentes todo de nuevo, Alexander.

Al final, no fue necesario que ninguno ofreciera sus disculpas. Los dos hombres se sentaron a compartir un prolongado almuerzo en la suite de Alexander como si hubieran estado juntos el día anterior, aunque hacía un siglo que no se veían.

– Te necesitamos, Lee -dijo Alexander.

– Si puedo trabajar a tiempo parcial, sí, estoy contento de que me necesitéis.

Lee explicó cuáles habían sido sus tareas en Persia y sus expectativas respecto de la industria del petróleo. Alexander lo escuchó con atención, asombrado de que sus propios recuerdos de Bakú hubieran llevado a Lee a interesarse en esa actividad.

– No me di cuenta en ese momento -dijo-, porque no podía hablar las lenguas del lugar, de que los nativos habían descubierto una forma de procesar el petróleo crudo para convertirlo en combustible para motores. Pero, por supuesto, no podían refinado y, además, el doctor Daimler todavía no había descubierto el motor de combustión interna. ¡Una cosa tan simple! Hacer que el combustible trabaje dentro del cilindro en lugar de fuera. Te lo aseguro, Lee, los materiales crudos aparecen en el momento justo para hacer que una nueva invención no sólo sea factible sino también práctica.

Sin embargo, Alexander no estaba a favor del negocio persa.

– No sé mucho de ese país, pero sí que está en bancarrota, que es muy vulnerable y que está a merced de los rusos. Thornleigh, del Banco de Inglaterra, dice que Rusia intentará controlarlos a través de la banca o de un banco concreto. Persia necesita un préstamo y Gran Bretaña se está comportando como una joven a la que le propusieron matrimonio en una ocasión y espera, segura de que se lo volverán a proponer más de una vez. ¿Entonces, por qué no decir que no y aguardar un poco? Sigue adelante todo lo que quieras, Lee, pero mi consejo es que te retires mientras todavía puedas hacerlo sin perder hasta la camisa.

– Cada vez me inclino más hacia ese punto de vista -dijo Lee con un suspiro-. Sin embargo, hay más dinero en el petróleo que en el oro.

– Y es una ventaja que esté a nivel del suelo. Sin embargo, pienso que te has adelantado a hacer tu jugada. Yo me he dedicado a otro campo: al caucho, en lugar del petróleo. Ya hemos plantado en Malasia miles de hectáreas de árboles traídos del Brasil que producen caucho.

– ¿Caucho? -preguntó Lee frunciendo el entrecejo.

– Se está difundiendo cada vez más. Se usa para un montón de cosas. Los automóviles necesitan ruedas de caucho; en concreto, se trata de una cubierta exterior de tela de goma con un tubo de caucho puro lleno de aire en su interior. Las bicicletas han avanzado mucho desde que se inventaron las llantas neumáticas. Elásticos, válvulas, arandelas, telas impermeables y zapatos de goma, sábanas de caucho para las camas de los hospitales, cojines, bolsas de gas, correas para máquinas, sellos, rodillos, etcétera. La lista es infinita. Ahora usan el caucho para los aislamientos de los cables en lugar de la gutapercha, y hay una especie de caucho duro como la roca que se llama vulcanita y es resistente a la corrosión de los ácidos y los álcalis.

Estaba ausente. Lee se reclinó sobre el respaldo con el estómago repleto por el jugoso filete y miró cómo se dibujaban las emociones en el rostro de Alexander. En realidad, no había cambiado nada y probablemente nunca cambiara. Como la mayoría de los hombres vigorosos, había parecido viejo cuando era joven y se veía joven ahora que ya no lo era. Su cabello, más espeso que nunca, estaba casi todo blanco y le daba un aspecto leonino, porque todavía lo llevaba largo hasta los hombros. Sus ojos conservaban el mismo fuego de obsidiana. A pesar de que insistía en que tenía que usar las escaleras para hacer ejercicio, no había engordado ni un kilo.

Aunque su carácter se había aplacado otra vez, quizá por lo que había sucedido con Anna y Dolly, Lee no estaba convencido de que la arrogancia y el autoritarismo que le había visto desplegar en Kinross hubieran desaparecido para dar lugar al antiguo Alexander. Seguía siendo tan dinámico como siempre y todavía poseía ese instinto infalible acerca de lo que había que hacer. Caucho. ¡Por el amor de Dios!

Sin embargo, era más amable, más… compasivo. Le había sucedido algo que le había enseñado a ser humilde.

– Tengo un regalo para ti -dijo Lee hurgando en el bolsillo de su camisa. Las fotografías asomaban a punto de salirse, pero antes de que pudiera pasarlas al otro bolsillo, Alexander se había inclinado sobre la mesa y se las había arrebatado de la mano. Todavía le quedaba algo de autoritarismo.

– Que lleves la de tu madre puedo entenderlo, pero ¿la de Elizabeth?

– Mamá me envió tres cuando estaba en la India -dijo Lee sin perturbarse-. Una de ella, una de Nell y otra de Elizabeth. La de Nell se me perdió en alguna parte.

– La de Ruby está mucho más gastada que la de Elizabeth.

– Porque la miro muchas más veces.

Alexander le devolvió las fotografías.

– ¿Vas a volver a casa, Lee? -preguntó.

– Antes… ¡Ah! Aquí está.

Alexander estudió maravillado la moneda.

– Un dracma de Alejandro Magno, ¡y además muy raro! Está en excelente estado. Diría que sin usar, pero es imposible.

– Me la dio el actual sah de Persia, así que, ¿quién sabe? Puede haber estado allí sin que nadie la tocara desde que tu tocayo salió de Ecbatana. El sah me dijo que venía de Hamadan, que era Ecbatana.

– Mi querido muchacho, esto no tiene precio. No sé cómo agradecértelo. Entonces, ¿volverás a casa? -insistió.

– Dentro de un tiempo. Primero quiero ver el Majestic.

– Yo también. Dicen que es el mejor acorazado del mundo.

– Lo dudo, Alexander. ¿Qué le pasa a la Marina británica, que continúa poniendo esos cañones de treinta centímetros en barbetas en lugar de en torretas? Creo que la Marina de Estados Unidos está mucho más adelantada en materia de torretas.