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– De todos modos, esos acorazados son demasiado lentos. ¡Catorce nudos! Además, el acero de Krupp está mejor blindado que el de Harvey. El káiser Guillermo también está empezando a construir acorazados -dijo Alexander saboreando su cigarro-. Yo, personalmente, creo que la Marina británica está consumiendo una parte demasiado grande del dinero del gobierno de la nación.

– Oh, por favor, Alexander -respondió Lee cortésmente-. Sé que he estado alejado de este tipo de cosas durante cuatro años, pero dudo mucho que los británicos estén tan faltos de dinero.

– Es verdad que tienen un imperio para saquear, pero la depresión económica a la que estamos haciendo frente en Australia es mundial. La realidad es que la construcción de acorazados da trabajo a la gente. No se ven quillas de buques de pasajeros en los astilleros de Clyde.

– ¿Cómo están las cosas en Nueva Gales del Sur?

– Muy difíciles. Desde mil ochocientos noventa y tres, los bancos se han declarado en quiebra uno tras otro, aunque ése fue el peor año. Los capitales extranjeros se retiraron enseguida. Traté de decir a Charles Dewy que no depositara su dinero en Sydney años atrás, pero no quiso escucharme. Menos mal que Constance tiene dos yernos que son más hábiles de lo que era Charles. -Sus ojos negros brillaron-. Henrietta todavía sigue soltera. ¿Tú no estarás buscando una excelente esposa por casualidad?

– No.

– ¡Qué lástima! Es una buena muchacha, y me temo que está destinada a convertirse en una solterona. Como Nell, que es demasiado irritable y prepotente.

– ¿Cómo está Nell?

– Está estudiando medicina en Sydney. ¿Puedes creerlo? -Alexander frunció el entrecejo-. Se licenció con matrícula de honor en ingeniería en minas y después accedió al segundo año de medicina. ¡Mujeres!

– Bien por ella. Medicina debe de ser una carrera complicada para una mujer.

– ¿Después de haber estudiado ingeniería? ¡Tonterías!

– Es tu hija, Alexander.

– Ni me lo recuerdes.

– ¿Y qué pasó con la federación? -preguntó Lee cambiando de tema.

– El resultado era de prever, aunque Nueva Gales del Sur no está muy conforme. Creo que es porque Victoria sí lo está. No hay animosidad entre las dos colonias. Victoria ganará.

– ¿Y los sindicatos?

– Los esquiladores y el movimiento obrero se unieron y formaron la A.W.U. (Unión Obrera Australiana). Los mineros, los del carbón, obviamente, siguen tan conflictivos como siempre, y la Liga Elec toral Laborista se muere por probar suerte en el Parlamento federal.

– Lo cual me lleva a hacerte una pregunta cruciaclass="underline" ¿cuál será la nueva capital del país?

– Por derecho tendría que ser Sydney, pero Melbourne no va a estar de acuerdo. Todos coinciden en que debería ser una ciudad de Nueva Gales del Sur.

– En cualquier parte menos en Sydney, ¿eh?

– Sería demasiado fácil hacerla en Sydney, Lee. Es la colonia más antigua, y todo eso. He escuchado propuestas que van desde Yass hasta Orange. De todos modos, hay que agradecer las pequeñas bendiciones: sir Parkes no podrá ser primer ministro porque murió el año pasado.

– ¡Por Dios! El fin de una era. ¿Quién es el actual patriarca?

– Nadie. En Nueva Gales del Sur hay un tipo llamado George Reid. Y en Victoria está Turner, pero no llegará a ser primer ministro. Es una batalla interminable, como la rivalidad que hay entre Inglaterra y Francia.

– Los franceses están a la cabeza con el tema de los automóviles.

– No por mucho tiempo -dijo Alexander cínicamente-. No tienen la experiencia que poseen los americanos y los británicos con el acero. Tienen ingeniería de precisión, pero Alemania se quedó con todos sus metalúrgicos, la planta industrial y la región de Alsacia-Lorena después de la guerra francoprusiana. Los franceses nunca se recuperaron.

– Me sorprende que todavía no tengas un automóvil, Alexander.

– Estoy esperando que Daimler cree algo que valga la pena comprar. Los alemanes y los americanos tienen los mejores ingenieros de precisión del mundo. Además, el diseño del motor es muy simple. Lo bueno de los automóviles es que no necesitas ser ingeniero para repararlos. Con algunos conocimientos de mecánica y un par de herramientas el dueño del automóvil puede repararlo sin problemas.

– También contribuirá a disminuir el ruido en las calles. Basta de ruedas revestidas de hierro, basta de herraduras para los caballos. Además son más fáciles de conducir y maniobrar que los carros tirados por caballos. Me sorprende que no te hayas puesto a fabricarlos tú mismo.

– Ya hay alguien en Australia que se está dedicando a eso. Los van a llamar Pioneer. Pero no, por el momento seguiré dedicándome al vapor -dijo Alexander.

Cuando el traje de Lee estuvo listo, se dirigieron a los astilleros navales de Portsmouth armados con cartas de presentación para recorrer el Majestic.

– Tienes razón acerca de la velocidad. Es lento. Los barcos americanos viajan a dieciocho nudos y llevan armamentos más pesados. Sin embargo, hay que admitir que tienen un blindaje más delgado. -Lee observó atentamente las escotillas del carbón-. Dicen que carga dos mil toneladas. Suficiente para navegar más de cuatro mil trescientas millas marinas a doce nudos. Pero me atrevería a decir que serán los barcos viejos los que naveguen por el océano. Con semejante consumo, éste no se alejará demasiado de los límites del mar del Norte.

– Puedo leer tus pensamientos como si tu mente estuviera emitiendo señales luminosas, Lee. Están utilizando el turborreactor de vapor Parsons para los barcos de pasajeros y los buques mercantes, y también escuché que la Marina británica lo ha usado en algunas lanchas torpederas. Cuando lo pongan en uno de estos barcos de cinco mil toneladas y cambien las barbetas por buenas torretas giratorias, tendrán verdaderos acorazados.

Alexander le dedicó una sonrisa. Recorrió al trote la crujía haciendo girar su bastón con empuñadura de color ámbar, saludando hacia el puente.

– Mantengamos los ojos abiertos y veamos cómo se desarrollan las cosas -dijo, mientras caminaban bajo la fina llovizna.

– Puedo leer tus pensamientos como si tu mente estuviera emitiendo señales luminosas -repitió Lee seriamente.

Por supuesto, era necesario inspeccionar los trabajos de ingeniería del señor Charles Parsons, así como también otras fábricas que producían maquinarias innovadoras, pero en agosto decidieron partir hacia Persia para ver los oleoductos de Peacock. Allí, Lee descubrió que el norteamericano, que hablaba farsi muy fluidamente y que había quedado al mando durante su ausencia, había hecho las cosas muy bien y podía continuar ocupándose de todo. No había más excusas: tenía que volver a casa.

Una parte de él esperaba que, de camino, Alexander decidiera ir a visitar su plantación de árboles del caucho en Malasia, pero no fue así. En Aden se embarcaron en un buque de vapor rápido que iba directo a Sydney.

– Es decir, vía Colombo, Perth y Melbourne -dijo Lee-. Creo que ésa es la razón de que Sydney sea tan impopular como capital del país. Perth podría estar perfectamente en otro continente, pero los barcos llegan primero a Melbourne. Hay que recorrer casi ochocientas setenta millas marinas más para llegar a Sydney, así que muchos barcos ni se molestan en continuar hasta allí. En cambio, si se encontrara alguna forma de llegar a Australia desde el norte, Sydney sería mucho más importante que Melbourne.

Pasó todo el viaje hablando sin parar porque no quería dar a Alexander el más mínimo indicio de que tenía miedo de volver a Kinross. ¿Cómo haría para comportarse normalmente con Elizabeth, sobre todo ahora que Alexander estaba decidido a tenerlo más cerca que nunca? Podía vivir en el hotel Kinross, sí, pero desde que Anna se había marchado, Alexander había trasladado toda la parte administrativa y de documentación a su casa. Las oficinas se habían convertido parcialmente en instalaciones para la investigación supervisadas por Chan Min, Lo Chee, Wo Ching y Donny Wilkins. Lee tendría que trabajar todo el tiempo con Alexander y seguramente debería almorzar y hasta puede que cenar en su casa.