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Esos años habían sido solitarios, pero había logrado soportarlos gracias a las enseñanzas de los monjes tibetanos. Si no hubiera sido por Elizabeth, Lee tal vez habría decidido quedarse con ellos. Hubiera abandonado todo el entrenamiento y los preceptos que su madre y Alexander le habían inculcado a cambio de una vida que poseía un elemento hipnótico, una sincronía comunal gobernada por el alma. A su parte oriental le gustaba eso. Habría podido ser feliz viviendo en la cima del mundo, ajeno al tiempo, al dolor y al deseo. El problema era que Elizabeth le importaba mucho más. Y eso era un misterio. Jamás hubo en ella una mirada o un gesto que lo alentara. Ni siquiera una palabra que le diera algún tipo de esperanza. Sin embargo, no podía quitársela de la mente ni dejar de amarla. ¿Será que algunos de nosotros tenemos verdaderamente un alma gemela y que, una vez que la encontramos, vagamos sin rumbo llevados por la marea luchando eternamente por sumergirnos y fundirnos con nuestra alma gemela? ¿Para llegar a ser sólo uno?

– ¿Has avisado a Ruby y a Elizabeth de que pronto llegaremos? -preguntó a Alexander cuando el barco estaba cerca de Melbourne.

– Todavía no, pero puedo llamar por teléfono desde Melbourne. Pensé que así sería mejor -dijo Alexander.

– ¿Me harías un favor?

– Por supuesto.

– No le digas a nadie que estoy contigo. Quisiera darles una sorpresa -dijo Lee tratando de sonar informal.

– Así se hará.

Sin embargo, eso complicaba un poco las cosas. Tenían que hacer algunas visitas en Sydney: a Anna y a Nell. ¿Sería capaz esta última de mantener el secreto?

– Ahora está viviendo en la casa de Anna -dijo Alexander en el coche de punto que los llevaba a Glebe-. Cuando los muchachos se graduaron y volvieron a Kinross, no podía quedarse sola en la casa en la que vivían antes, así que sugirió que construyéramos un departamento para ella en la parte de atrás de la casa de Anna. Para mí fue un alivio. Ella tiene su intimidad pero, al mismo tiempo, está cerca de Anna para poder controlar que esté bien cuidada.

– ¿Cuidada? -preguntó Lee frunciendo el entrecejo.

– Verás -respondió Alexander en tono misterioso-, hay algunas cosas que no te dije porque son bastante difíciles de explicar.

Lo impresionó ver a Anna. La hermosa niña de trece años que había conocido en Kinross (cuando él se había ido ella acababa de conocer a O'Donnell) se había convertido en una mujer gorda que babeaba y caminaba arrastrando los pies. No reconocía a su padre; mucho menos a él. Tenía la mirada perdida y un pulgar sangrando y en carne viva de tanto chupárselo.

– No podemos lograr que deje de hacerlo, sir Alexander -dijo la señorita Harbottle-, y yo estoy de acuerdo con Nell en que no debemos atarle el brazo.

– ¿Habéis intentado untarle el dedo con sustancias amargas?

– Sí, pero escupe y se limpia lo que le hemos puesto en el vestido. Existen productos menos solubles, pero son bastante tóxicos. Nell piensa que seguirá mordiéndoselo hasta llegar al hueso. Cuando eso suceda habrá que amputarlo.

– Y entonces empezará con el otro -dijo Alexander entristecido.

– Me temo que sí -respondió la señorita Harbottle carraspeando-. También le dan ataques, sir Alexander. Es epilepsia, una grave enfermedad. Es decir, que las convulsiones atacan todo el cuerpo.

– ¡Oh, mi pobre, pobre Anna! -Alexander miró a Lee con los ojos llenos de lágrimas-. No es justo que un ser tan inofensivo tenga que sufrir de esta manera. -Enderezó los hombros-. De todos modos, está haciendo un excelente trabajo, señorita Harbottle. Anna está limpia, seca, y se la ve contenta. Por lo que veo, la comida es uno de sus grandes placeres.

– Sí, le encanta comer. Nell y yo estamos de acuerdo en que no hay que prohibirle que coma. Hacerlo sería como no dejar comer a un animal.

– ¿Nell se encuentra aquí?

– Sí, lo está esperando, sir Alexander.

A medida que recorrían la casa, Lee observó lo bien organizada que estaba, y cuántas mujeres había para asistir a Anna. El ambiente era agradable, la casa estaba impecable y bien decorada. Se notaba, pensó Lee, que, en este momento, el objetivo era mantener contentos a los empleados más que a Anna, que no se daba cuenta de nada. Sin embargo ésa no era idea de Alexander. A él no se le hubiera ocurrido. Debía de ser de Nell.

A su apartamento se accedía a través de una puerta pintada de amarillo. Estaba entreabierta, pero Alexander llamó para avisar que había llegado. Nell salió de una habitación interior con paso tranquilo. Llevaba su negro pelo sujetado en un moñito tirante. Su delgada figura estaba envuelta en un sencillo vestido de algodón color aceituna que no definía la cintura y que le llegaba por encima de los tobillos. En los pies llevaba unas prácticas botas marrones que le cubrían los tobillos. Otra sorpresa para Lee. Su parecido con Alexander era impresionante. La suavidad infantil de sus rasgos había desaparecido. Su rostro era austero, resuelto y levemente masculino. Sólo los ojos eran inconfundiblemente suyos. Y parecían más grandes porque había adelgazado. Eran como dos poderosos rayos azules que atravesaban todo lo que veían.

Al principio sólo se había apercibido de la presencia de Alexander. Fue hacia él y lo abrazó y lo besó espontáneamente. Estaban muy unidos. Como si fueran mellizos. Por más que se quejara porque había decidido estudiar medicina, Alexander se volvía arcilla en las manos de Nell.

Después, cuando se separó de su padre, vio a Lee. Dio un pequeño brinco y sonrió.

– Lee ¿eres tú? -preguntó, y le dio un beso fugaz en la mejilla-. Nadie me dijo que habías vuelto.

– Porque no quiero que nadie se entere de que he regresado, Nell. ¿Podrías mantener el secreto, por favor?

– ¡Te lo juro por mi vida!

Butterfly Wing había preparado un almuerzo sencillo: pan fresco, manteca, mermelada, carne fría cortada en lonchas y el postre favorito de Alexander: pastelillos de crema espolvoreados con nuez roscada. Nell dejó que los hombres comieran, después se preparó una taza de té y se sentó a conversar con ellos.

– ¿Cómo es estudiar medicina? -preguntó Lee.

– Tal como me lo esperaba.

– Pero es difícil.

– Para mí no: me llevo bastante bien con mis instructores y profesores. Para las otras mujeres es más difícil porque no tienen la capacidad que yo tengo para tratar con los hombres. Las pobrecillas terminan siempre llorando, cosa que ellos detestan. Además, ellas saben que les están poniendo calificaciones más bajas adrede, porque son mujeres. Así que, por lo general, tienen que repetir cursos. Algunas llegan a suspender dos veces el mismo año. Sin embargo, continúan luchando.

– ¿A ti te han suspendido, Nell? -preguntó Alexander, y esbozó una expresión de desdén.

– ¡Nadie se atrevería a hacerlo! Soy como Grace Robinson, que se licenció en mil ochocientos noventa y tres sin suspender un solo año. Aunque ella tendría que haberse licenciado con matrícula de honor y no se la dieron. Verás, las escuelas de mujeres no las preparan en química y física, ni siquiera en matemáticas. Así que las pobrecillas tienen que empezar verdaderamente de cero y los profesores no están preparados para enseñar lo más elemental. En cambio, yo me licencié en ingeniería y eso me da bastante poder con los profesores. -Puso cara de astuta-. Ellos detestan que alguien ponga en evidencia sus errores, especialmente si quien lo hace es una mujer, así que por lo general me dejan en paz.

– ¿Te llevas bien con tus compañeras? -preguntó Lee.