– Mejor de lo que esperaba, en realidad. Les enseño ciencias y matemáticas, aunque me parece que algunas de ellas nunca lograran ponerse al día.
Alexander revolvió su té, sacudió la cuchara contra el borde de la taza y la puso en el platillo.
– Háblame de Anna, Nell.
– Su mente se está deteriorando rápidamente, papá. Bueno, lo has visto con tus propios ojos. ¿La señorita Harbottle te dijo que tiene ataques de epilepsia?
– Sí.
– No le queda demasiado tiempo en este mundo, papá.
– Temí que dijeras eso porque la señora Harbottle no habló de los próximos años.
– Tratamos de mantenerla abrigada, alejada de las corrientes de aire e intentamos que camine un poco, pero cada vez se niega más a hacer ejercicio. Puede ser que entre en un estado de epilepsia constante; es decir, que tenga un ataque detrás de otro hasta que muera por agotamiento. Pero es más probable que agarre un resfrío que le afecte seriamente el pecho y muera de una neumonía. Cuando un miembro del personal está resfriado, no viene a trabajar hasta que no deja de estornudar y toser. Pero también es posible que alguien la contagie antes de darse cuenta siquiera de que está resfriado. Me sorprende que todavía no haya sucedido. Todos son muy buenos con ella.
– Considerando lo ingrato y lo poco gratificante que es este tipo de trabajo, me alegro de escucharte decir eso.
– Una mujer que tiene vocación de enfermera encuentra satisfacción en los trabajos más ingratos, papá. Elegimos muy bien a nuestras empleadas.
– ¿Cuál sería la muerte menos terrible para Anna? -preguntó de pronto Alexander-. ¿La neumonía o los ataques continuos?
– Los ataques, porque pierde la conciencia con el primero y ya no la recupera. Parece horrible, pero el paciente no sufre. La pulmonía es mucho peor. Produce mucho dolor y sufrimiento.
Se hizo un silencio. Alexander bebía lentamente su té, Nell jugaba con el tenedor de su pastelillo y Lee deseaba estar en cualquier otro lugar.
– ¿Tu madre ha venido a visitarla? -preguntó Alexander.
– Le prohibí que siguiera viniendo, papá. No tiene sentido. Anna no la reconoce a ella tampoco, y verla, ay papá, es como mirar a los ojos a un animal que sabe que va a morir pronto. No puedo ni siquiera imaginarme el dolor que siente.
Lee tomó un pastelillo de crema. Cualquier cosa era mejor que no tener nada que hacer. Incluso masticar aserrín.
– ¿Tienes novio, Nell? -preguntó alegremente.
Ella pestañeó, y después esbozó un gesto de reconocimiento.
– Estoy demasiado ocupada, en verdad. Medicina no es tan sencilla como ingeniería.
– Entonces serás una doctora soltera.
– Así parece. -Nell suspiró, e hizo un gesto melancólico que resultaba extraño en un rostro tan imperturbable-. Hace algunos años conocí a un muchacho que me gustaba, pero yo era muy joven y él demasiado honrado para aprovecharse de mí. Cada uno siguió su camino.
– ¿Era un ingeniero? -preguntó Lee.
Ella se echó a reír.
– Yo diría que no.
– ¿Entonces qué era, o qué es?
– Prefiero reservarme esa información -dijo Nell.
Era noviembre. Era un año de cigarras. Aun con el resoplido de las locomotoras y del clic-clac de las ruedas se podía escuchar con claridad el chillido ensordecedor que venía del bosque cercano al ferrocarril. Era un verano de calor intenso, tanto en la costa como en el interior del país. Una terrible temporada de monzones en el norte. Por eso las cigarras cantaban.
En el trayecto de Sydney a Lithgow, Alexander estaba nervioso. Sólo pareció relajarse cuando engancharon su vagón al tren de Kinross, que había retomado su ritmo de cuatro viajes por semana. Lo que Lee no sabía era que Alexander había percibido que él no tenía deseos de volver y se había preparado para que le anunciara repentinamente que lo lamentaba pero que había cambiado de idea y había decidido regresar a Persia. Así que cuando estuvieron en camino a Kinross en un tren que no hacía paradas intermedias, Alexander se sintió mejor, más seguro.
No sólo lo apreciaba, lo amaba como el hijo que nunca había tenido. Era el hijo de Ruby y, además, un lazo que lo unía a Sung. Cuando había arrastrado a Lee a ver a Anna, había tenido la esperanza de que se encendiera una chispa entre él y Nell. Verlos casados habría sido el broche de oro de su vida. Pero no hubo ninguna chispa, ni la más remota atracción. Eran como hermano y hermana. No lograba entenderlo. Nell tan parecida a él, y la madre de Lee lo amaba. ¡Sin duda estaban hechos el uno para el otro! Para colmo, Nell había empezado a hablar de aquel tipo que le había gustado, y después no dijo ni pío, mientras Lee estaba allí sin demostrar el menor interés. Hacía mucho que el tema de los bastardos no lo afectaba. Esa vieja herida era cosa del pasado y ahora consideraba el nacimiento de Lee como la máxima de las ironías. Su único heredero también sería un bastardo. Sin embargo, quería que hubiera algo de su sangre en la herencia de Lee, y eso no iba a suceder. Si es que Lee alguna vez se casaba. Era un nómada. Tal vez por la rama china descendía de algún mongol independiente que sólo era feliz vagando por las estepas. Las mujeres se desmayaban literalmente por él, tratando de contener la respiración dentro de sus apretados corsés. Le lanzaban todo tipo de insinuaciones, algunas más que evidentes y otras diabólicamente astutas, pero Lee no les prestaba la menor atención. Siempre tenía una mujer escondida por alguna parte, tanto en Persia como en las ciudades inglesas. Pero su actitud era puramente orientaclass="underline" un príncipe pequinés que necesitaba una concubina, alguien que jugara y cantara, que hablara sólo cuando se le dirigía la palabra, que se hubiera estudiado el Kama Sutra de arriba abajo y de derecha a izquierda, y, probablemente, que tintineara al caminar.
¿Cómo lo había definido Elizabeth? Una serpiente dorada. En aquella ocasión la metáfora lo había desorientado, pero había valorado el motivo por el cual la había elegido. Era el tipo de animal que se escondía en un agujero durante cuatro años y se mordía su propia cola. ¡Cuánto lo había buscado! Ni siquiera Pinkerton había podido dar con él. Tampoco el Banco de Inglaterra había logrado rastrear la tortuosa ruta que hacían las enormes sumas que retiraba de sus cuentas hasta llegar a su bolsillo. Compañías fantasmas, cuentas fantasmas, bancos suizos… No compraba nada a su nombre. ¿A quién se le hubiera ocurrido vincularlo con algo llamado Peacock Oil? Todo el mundo suponía que pertenecía al sah de Irán.
Afortunadamente, cuando la serpiente había salido de su agujero, él había estado allí para cogerle la cola. Para sostenerla firmemente. Para seducir a la escurridiza criatura y convencerla de que volviera al hogar. Ahora estaban en el camino que llevaba a casa, por fin, empezaba a creer que tenía a su hijo pródigo bien sujeto. El tiempo volaba: él tenía cincuenta y cuatro años, y Lee, treinta y tres. Obviamente, no esperaba morir antes de haber cumplido al menos setenta, pero una interrupción de siete años en el programa de entrenamiento era una desventaja.
Kinross había cambiado muchísimo durante los siete años que había durado su ausencia. La admiración de Lee comenzó al ver la plataforma de la estación del tren, que tenía una sala de espera y baños ubicados en un edificio pequeño pero agradable con acabados de hierro fundido. Había macetas y arriates con flores por todas partes, y una plazoleta detrás de cada uno de los carteles que decían KINROSS en las dos plataformas. El teatro de ópera ahora era un teatro a secas, y del otro lado de la plaza habían construido un teatro de ópera mucho más esplendoroso. Todas las calles estaban arboladas e iluminadas con lámparas eléctricas. Las casas estaban todas equipadas con electricidad y gas. Además del telégrafo, había conexión telefónica con Sydney y con Bathurst. Por todas partes brillaba el orgullo del propietario.