– Es una ciudad modelo -dijo Lee levantando sus maletas.
– Así lo espero. La mina de oro está de nuevo en plena producción, por supuesto, lo que significa que la de carbón también. Estoy empezando a pensar en lo que decía Nelclass="underline" que nos convendría usar corriente alterna, pero todavía quiero esperar hasta que Lo Chee tenga un diseño mejor para el turbogenerador. Es brillante -dijo Alexander. Se dirigió hacia el funicular-. Ruby viene a cenar, así que te dejo la sorpresa toda para ti. Puedes venir con ella más tarde.
Debo recordar, se dijo Lee mientras entraba en el hotel, que tiene cincuenta y seis años. No puedo revelar mi sufrimiento, porque seguramente será doloroso. Alexander no me lo dijo, pero de todas formas, por lo que entendí, debe de haber envejecido más de lo esperado. Y eso, imagino, ha de ser terrible para una mujer hermosa. Especialmente para alguien como mamá, que siempre se valió de su belleza. Además, ella no se ha encerrado en una burbuja de ámbar como Elizabeth.
Sin embargo, estaba tal como la recordaba: atrevida, voluptuosa, exóticamente elegante. Sí, tenía algunas arrugas alrededor de los ojos y de los labios y un poco de papada, pero era la misma Ruby Costevan de siempre, con su espesa mata de pelo cobriza y sus maravillosos ojos verdes. Como esperaba a Alexander, estaba vestida de satén color rojo oscuro y llevaba un collar de rubíes ceñido al cuello para ocultar la piel flácida, y pulseras y pendientes también de rubíes.
Cuando lo vio se le aflojaron las piernas y cayó de rodillas. Se inclinaba hacia el suelo, lloraba y reía.
– ¡Lee, Lee, mi niño!
Le pareció más sencillo bajar hasta su altura, así que se arrodilló, la tomó entre sus brazos, la estrechó con fuerza y le besó la cara y el pelo. Estoy de vuelta en casa. Estoy de nuevo en los primeros brazos que recuerdo, su perfume que se arremolina en mi mente, mi maravillosa madre.
– ¡Cuánto, cuánto te amo! -dijo Lee.
»Me reservo todas las historias para la hora de la cena -dijo después de que Ruby se hubo cambiado de vestido y recompuesto de los estragos que le había causado su inmensa alegría y que él, también, se hubo puesto un traje de etiqueta.
– Entonces, beberemos una copa juntos antes de ponernos en marcha. El funicular bajará dentro de media hora -dijo dirigiéndose hacia donde estaban los licores, el sifón de soda y la cubeta de hielo-. No tengo ni idea de qué acostumbras beber ahora.
– Bourbon de Kentucky, si tienes. Sin soda, sin agua y sin hielo.
– Sí tengo, pero es demasiado fuerte para tomarlo con el estómago vacío.
– Estoy acostumbrado. Es lo que beben mis buscadores de petróleo cuando el que invita es otro. El país es musulmán, por supuesto, pero yo lo importo en secreto y me aseguro de que nadie lo beba fuera del campamento.
Ruby le alcanzó el vaso y se sentó con su jerez.
– Cada vez se vuelve más misterioso el asunto, Lee. ¿Qué país musulmán?
– Persia. Irán, lo llaman ellos. Me dedico a la industria del petróleo allí, en sociedad con el sah.
– ¡Dios mío! Con razón no teníamos ni señales de ti.
Bebieron en silencio durante unos minutos.
– ¿Qué le ha pasado a Alexander, mamá? -dijo entonces Lee.
Ella no intentó evadirlo.
– Sé lo que quieres saber. -Suspiró, estiró las piernas y se quedó mirando fijamente las hebillas color rubí de sus zapatos-. Varias cosas… La pelea contigo, porque sabía que estaba equivocado. Después de que se bajó del caballo, no sabía cómo hacer para arreglar los destrozos que su caballo había hecho. Para cuando había decidido tragarse su orgullo e ir a buscarte, tú habías desaparecido. Te buscó desesperadamente. Entretanto, sucedió lo de Anna con O'Donnell, lo del bebé… y lo de Jade. El vio cómo la colgaban, ¿sabes?, y eso lo afectó mucho. Después Nell, que no quería hacer lo que él deseaba, y Anna, que tuvo que ser separada de su hija. Otro hombre se hubiera endurecido mucho más, pero mi amado Alexander no. Todo eso junto hizo que se detuviera, aunque no de golpe, sino gradualmente. Y, por supuesto, se culpa a sí mismo por haberse casado con Elizabeth. En ese momento, ella no era mucho mayor que Anna. Estaba justo en la edad en que las impresiones se graban como en la piedra. Y así fue, ella se convirtió en una piedra.
– Pero él te tenía a ti, en cambio Elizabeth no tuvo a nadie. ¿Te resulta extraño que se haya convertido en una piedra?
– ¡Gilipolleces! -contestó violentamente. Le había tocado su punto vulnerable. Tenía el vaso vacío, así que se puso de pie y lo llenó nuevamente-. Yo sigo esperando que un día Elizabeth sea feliz. Si conociera a alguien podría divorciarse de Alexander por su perpetuo adulterio conmigo.
– ¿Elizabeth en un tribunal de divorcio ventilando sus trapos al sol?
– Piensas que no lo haría…
– Puedo imaginármela huyendo en secreto con un amante, pero no frente a un juez en una sala llena de periodistas.
– Jamás se escapará en secreto con un amante, Lee, porque tiene que ocuparse de Dolly. La niña ya se ha olvidado por completo de Anna. Piensa que Elizabeth es su madre y Alexander su padre.
– Bueno, eso sólo ya sería una razón más que suficiente para no divorciarse, ¿no crees? Saldría otra vez a la luz todo el tema de Anna y el padre desconocido de la niña, y Dolly tiene… ¿cuántos años? ¿Seis? Ya es bastante mayor para entender.
– Sí, tienes razón. Tendría que haber pensado en eso. ¡Mierda! -Cambió de humor repentinamente como solía hacerlo-. ¿Y tú? -dijo radiante-. ¿Alguna esposa en vista?
– No. -Miró el reloj de pulsera de oro que Alexander le había regalado en Londres y terminó su copa-. Es hora de ir, mamá.
– ¿Elizabeth sabe que estás aquí? -preguntó Ruby poniéndose de pie.
– No.
Cuando llegaron a la plataforma del teleférico, los estaba esperando Sung. Lee se detuvo de golpe, sorprendido. Su padre, que estaba llegando a los setenta, se había transformado en un venerable anciano chino. La fina barba le llegaba hasta el pecho, tenía las uñas de dos centímetros de largo, la piel, aunque avejentada y algo amarillenta, se veía tersa y sus ojos eran sólo dos surcos dentro de los cuales se deslizaban sincrónicamente dos bolitas negras. Mi papá. Sin embargo, yo considero a Alexander como mi verdadero padre. ¡Oh, cuánto camino hemos recorrido en este viaje increíble! ¿Y hacia dónde navegaremos cuando el viento vuelva a soplar?
– Papá -dijo, haciendo una reverencia y besando la mano a Sung.
– Mi querido muchacho, te ves muy bien.
– ¡Vamos, todos a bordo! -dijo Ruby con impaciencia, lista para presionar el timbre eléctrico que accionaba el motor.
Está ansiosa de vernos a todos juntos, pensó Lee mientras ayudaba a Sung a subir al funicular. Mi madre anhela que todos nos queramos y seamos felices. Pero eso es imposible.
Los recibió Elizabeth, y Ruby estaba tan ansiosa por ver su reacción cuando descubriera al invitado inesperado, que empujó a Lee para que entrara delante de Sung y de ella.
¿Cómo es ver a la mujer de tu vida después de tanto tiempo? Para Lee fue muy doloroso. Sus sentimientos se convulsionaron, y transmitieron a su mente una mezcla de agonía, angustia y dolor. Lo que vio fue un fantasma borroso formado por todas esas emociones, no a Elizabeth.
Besó la mano del fantasma con una sonrisa, la felicitó por su apariencia y pasó a la sala para que ella pudiera saludar a Ruby y a Sung. Alexander y Constance Dewy estaban allí. Constance se acercó, lo besó, le estrechó la mano y lo miró con una elocuente simpatía que lo dejó perplejo. En cuanto estuvo a salvo, sentado en su silla, se dio cuenta de que no había visto realmente a Elizabeth.
Tampoco pudo verla durante la cena. Eran seis los que estaban sentados a la mesa. Alexander había decidido no ocupar las cabeceras, así que Lee estaba sentado en un extremo de uno de los lados y Elizabeth en el otro. En el medio estaba Sung. Enfrente de él estaba Alexander, y más allá, Constance y Ruby.